RESUMEN
Por momentos, cuando leo a un poeta, me asalta la pregunta: ¿de dónde nace su voz? Algunos, como espectros confesos, dejan entrever sus influencias: Octavio Paz, Lezama Lima, Antonio Machado, Whitman, Rimbaud, Keats, Pessoa, Baudelaire, Verlaine, Borges, Browning, Pound, Cernuda, Eliot, Luis García Montero. Pero con el tiempo he llegado a comprender que la voz poética no es un don aislado ni un capricho del azar; es el fruto de una travesía lenta, paciente. Si algo he aprendido es que no se puede ser poeta sin haber sido primero lector: lector voraz, errante, insaciable. Antes que cualquier cosa, yo soy un lector en trance.
La poesía no brota del silencio absoluto; se nutre del eco, de un diálogo interminable entre voces que se cruzan, se persiguen, se tocan. El acto de escribir no es nunca solitario. Frente a la página, el poeta no está solo: lo acompaña una multitud que habita las sombras del tiempo. Allí está Homero con su Ítaca siempre aplazada; Sor Juana, que hila espejos como laberintos; Baudelaire, conjurando ángeles y cuervos en las esquinas de la ciudad. Cada palabra escrita no es una creación, sino una respuesta: un diálogo que atraviesa el tiempo, un instante suspendido en el que lo vivido y lo leído se funden.
Cuando leo poesía, algo en mí se abre, como una flor que jamás se termina de deshojar. Leer es, en el fondo, un rito de iniciación, un descenso voluntario a lo desconocido. Cada verso es una corriente que no me pertenece, pero que irremediablemente me arrastra. Imagino al joven Vallejo, preso en su celda limeña, devorando los versos de Rubén Darío. En esa lectura, Vallejo encuentra algo más que ritmo o estructura: encuentra una herida abierta, una fisura en el lenguaje que lo llama a fundar su propia palabra. En ese momento febril, Vallejo deja de ser un lector y se convierte en un viajero, en un aprendiz poseído por el linaje poético que lo precede.
Leer poesía no es acumular, sino despojarse. Cada poema que leo no es un objeto, sino un relámpago que me atraviesa y me transforma. Pessoa, perdido en los cafés de Lisboa, encontró en Whitman un universo que nunca habitaría, pero que, paradójicamente, lo habitaba a él. Es en esa lectura desmedida donde el poeta nace: en el instante en que la voz del otro se convierte en espejo, en que el susurro ajeno despierta las raíces ocultas de la propia voz. Porque la poesía no es solo un oficio ni una forma de escritura: es, ante todo, un modo de descubrimiento. Descubrimiento de uno mismo, de lo que no somos, de lo que podríamos llegar a ser.
La tradición poética no es un desfile ordenado de nombres, sino un laberinto, un entramado de pasajes que se cruzan. ¿No fue Neruda quien, al leer a Rimbaud, dijo haber descubierto la lluvia? Y, sin embargo, ¿no la había ya intuido el joven Arthur de Charleville-Méziéres, Francia al proclamarse vidente? Más tarde, Gabriela Mistral redescubriría esa misma lluvia en el silencio abrasador de su desierto. La poesía, en última instancia, es una búsqueda perpetua: un espejo que se rompe y se recompone con cada lectura, con cada verso que late.
Escribir poesía no es más que reescribir los poemas que nos han herido. Mis versos llevan las huellas de otros versos: los surcos que dibuja el viento son tan míos como ajenos. Por eso, un poema nunca me pertenece del todo. Pertenece al lector, a quien lo desentraña, a quien lo transforma. Recuerdo cuando leí a Octavio Paz: no encontré solo una voz; encontré un desierto, un tiempo roto, un eco que me devolvía preguntas que aún no sabía formular. ¿No es eso, en el fondo, la poesía? Una voz que resuena en el vacío, un puente que une lo perdido, un canto que se renueva en el eco del mundo.
Leer no es un acto pasivo: es un incendio. Cuando Benedetti encontró a Lorca, cuando Borges leyó a Quevedo, cuando Cernuda se sumergió en Bécquer, la poesía misma cambió, como cambia el cielo con cada amanecer en mi casa en White Sands, Punta Cana. La tradición no es un legado muerto; es una hoja que se reescribe con cada mirada. Y yo, que leo para escribir, he comprendido que la poesía es la más intensa de las conversaciones: una palabra que, como un eco interminable, atraviesa la historia y se reencarna en cada voz, en cada verso, en cada lector que se deja poseer por ella.
El poema, ahora lo sé, ya existía antes que yo. No lo creo: lo encuentro. Leer poesía es ser poseído por algo que nos precede, por una fuerza que habita en los intersticios del lenguaje, en los silencios entre las palabras, en la cadencia que respira dentro de cada verso. Al final, yo no soy más que un pasajero en la tierra: la poesía es mi brújula, el viento que me empuja hacia lo desconocido.
Soy hijo de este tiempo poético. Me alimento de las conversaciones cotidianas, de los recuerdos, de los detalles que flotan en la memoria. En lo cotidiano, en lo aparentemente vulgar, donde la poesía encuentra su verdad: allí donde el lenguaje se alza y se transforma en arte. Cada humedad en los ojos, cada sonrisa, cada sombra, son el material con el que se forjan los versos. En la poesía, lo efímero y lo eterno se entrelazan. Y en ese viaje perpetuo, el poeta no es más que un pasajero: un viajero que, en su vuelo, se encuentra a sí mismo en el eco de las palabras.
Y así, vuelo. Y mientras vuelo, persigo las palabras, intento descifrar las grietas de la experiencia, y sigo, sigo como ese viajero en camino a su Ítaca, las palabras que, como un faro, iluminan mi sendero. La poesía es mi enigma y mi respuesta, el eco que resuena en el tiempo, la luz que atraviesa las sombras del mundo. En cada verso que leo o escribo, busco, una y otra vez, la posibilidad de reconocerme, de reinventarme, de ser. Aunque se cierren mil espacios, siempre encontraré un lugar donde reencontrarme con las palabras con las que construyo mi poesía.
Hasta el próximo artículo.
Por: Marino Berigüete.
Poeta, escritor.
