RESUMEN
I. EN DICIEMBRE PRÓXIMO SE CUMPLIRÁN 10 AÑOS DE SU FALLECIMIENTO
El nacimiento de Pedro Peix nacimiento tuvo lugar el 20 de marzo de 1952 en la ciudad de Santo Domingo, donde le sorprendió la muerte el sábado 12 de diciembre de 2015, es decir, el día 12 de diciembre próximo se cumplirán 10 de su fallecimiento. Jove, se licenció en Derecho por la Universidad Nacional «Pedro Henríquez Ureña» y ejerció la carrera.
En cada una de las facetas en las que descolló estampó su sello personal, dejando huellas de su autenticidad y estilo propio. Fue cuentista, novelista, ensayista, antólogo, abogado y productor de programas culturales televisivos y radiales.
Si no el mejor, uno de los más sobresalientes cuentistas dominicanos de todos los tiempos.

Obtuvo el Premio Nacional de Cuento «José Ramón López» otorgado por la Secretaría de Estado de Educación de su país en dos ocasiones: en 1977 con Las locas de la Plaza de los Almendros (1978); y en 1987 con El fantasma de la calle El Conde (1988).
Es el narrador más veces premiado en el Concurso Nacional de Cuentos de Casa de Teatro: Primer Premio en 1984, 1988, 1992 y 1994 con «Pormenores de una servidumbre», «Pasión y oprobio en el Hotel Shangai», «La quimera de la muerte» y «Hembras y tormentos», respectivamente. El primero de ellos, aparece en nuestro libro «El fantasma de Trujillo: antología de cuentos y relatos sobre el tirano y su Era» (2005). En 2001 ganó el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos «Virgilio Díaz Grullón» con su texto «22-22».
Otras obras publicadas por Peix son: El placer está en el último piso (novela, 1974); La noche de los buzones blancos (cuento, 1980); La narrativa yugulada (antología, 1981); El brigadier o La fábula del lobo y el sargento (novela, 1981); Los despojos del cóndor (novela, 1983); El paraíso de la memoria (poesía, 1985); Pormenores de una servidumbre (cuento, 1985); El síndrome de Penélope en la poesía dominicana (antología en colaboración con Tony Raful, 1986).
Al lamentar su inesperada muerte, su entrañable amigo Carlos Sangiovanni, destacado artista plástico dominicano, dijo:
La vida es un mar que arroja sorpresas encantadoras, y también, desdichadamente, desagradables noticias. No bien acababa de traspasar el umbral de La Cafetera,* cuando me notifican la muerte fulminante de un ataque al corazón, de mi compadre, amigo y hermano, el gran intelectual y escritor dominicano de alto vuelo literario Pedro Peix.
II. PEIX Y SU FANTASMA DE LA CALLE EL CONDE DEAMBULAN POR MI MEMORIA
Cada vez que releo el relato «El fantasma de la calle El Conde», siento que Pedro Peix camina a mi lado, irónico y lúcido, observando con su mirada de alquimista urbano las sombras que se deslizan por la emblemática calle de Santo Domingo que es parte del título de su fantástico texto narrativo, el cual no es solo la historia de un espectro que ronda el corazón colonial de la ciudad, sino una profunda reflexión sobre el tiempo, la memoria y la identidad.
En esa calle donde la historia parece mezclarse con el ruido contemporáneo, Peix descubre una herida invisible: la pérdida de autenticidad, la nostalgia de lo que fuimos y la desorientación de lo que somos.
El fantasma que aparece en su relato no pertenece a los cementerios, sino al paisaje mental de una nación. Es el símbolo de un pasado que se resiste a morir, una voz que se levanta entre vitrinas, turistas y transeúntes indiferentes. Peix logra que lo fantástico se funda con lo cotidiano, que el misterio se esconda detrás de lo más trivial. Esa capacidad de convertir lo real en un espejismo y viceversa es una de las marcas más distintivas de su narrativa. Él no busca asustar: busca despertar la conciencia dormida del lector, hacerlo cómplice de una revelación íntima y perturbadora.
En ese relato, la calle El Conde se convierte en un escenario simbólico donde se cruzan lo visible y lo invisible. Allí deambula un fantasma, pero también lo hace el propio Peix, ese escritor inconforme, amante del lenguaje como espejo de lo absurdo humano. Su narración, de tono sobrio y a la vez inquietante, parece escrita con el ritmo de los pasos de quien observa la ciudad sin ser visto.
Al volver a leerlo —impulsado por esa pasión mia por la relectura— he sentido, al recordarlo, que ese fantasma sigue caminando junto a Peix; que su célebre y singular autor deambula, con su criatura literaria, por mi memoria como si la literatura pudiera volver a dar vida a lo que la historia ha olvidado. En cada esquina de la calle El Conde, entre el eco de los pasos y el rumor de los vendedores, vibra la voz de Peix, burlona y sabia, invitándonos a mirar más allá de las apariencias. Porque en el fondo, todo lector de sus historias termina siendo también un fantasma que busca sentido entre las ruinas del tiempo.
III. LA OBRA NARRATIVA DE PEIX SIGUE SIENDO INCOMPRENDIDA
Nunca me llevo a ciegas de lo que otros investigadores y antólogos escriben o dicen sobre un autor. Mi método —el de volver siempre al texto original, comprobando cada dato, cada nombre, cada referencia— es, entiendo yo, lo que distingue al investigador serio del mero repetidor de citas. En la literatura dominicana, donde muchos juicios críticos se han transmitido por eco o por descuido, mi rigor es un acto de resistencia intelectual y, también, de respeto hacia los autores, pero, sobre todo, de respeto hacia los lectores.
Pedro Peix es un escritor tan complejo, tan proteico —poseedor de una gran versatilidad expresiva y conceptual— que sólo puede comprenderse a través de la lectura directa de sus textos, no mediante interpretaciones distorsionantes o reduccionistas de la multiplicidad de mensajes que atraviesan sus narraciones. Su obra, marcada por la ironía, la experimentación formal y una visión filosófica de la realidad, rebasa los convencionalismos del cuento dominicano del momento en que, con apenas veinte años de edad, entró al mundo de las letras.
Por eso me atrevo a afirmar que su dimensión como narrador no encajaba en el todavía limitado y mezquino escenario literario de la República Dominicana, donde aún predominan las estructuras lineales y las lecturas realistas. (Resurge, incluso, una decimonónica corriente historicista en la novela de la que, con toda seguridad, Peix se habría burlado). Él construyó un universo propio, híbrido, donde la muerte dialoga con el humor, el absurdo se hermana con la lucidez y lo grotesco se convierte en una forma de conocimiento, pero no fue —ni ha sido— comprendido.
Desde sus primeros textos —como el cuento «Qué bueno bajo tierra», escogido para una antología en la que trabajo actualmente— ya se advierte esa voluntad de ruptura, ese impulso de mirar el mundo desde una perspectiva subterránea, metafórica y crítica.
Definitivamente, Pedro Peix había alcanzado un nivel tal como narrador que, repito, no encajaba en este cada vez más decadente escenario literario dominicano, ahogado en las modas mediáticas y en la sobreexposición de figuras más preocupadas por el reconocimiento público que por la exigencia estética, y caracterizado, además, por la ausencia de una crítica sólida, con rigor académico y sin complacencias ni amiguismos.
IV. ¿POR QUÉ LA CONCIENCIA DESGARRADA?
Llamar a Peix «la conciencia desgarrada» de nuestra narrativa implica verlo como una voz que encarna el conflicto interior del sujeto moderno dominicano, un escritor que no narra desde la superficie social, sino desde la fractura íntima. Su literatura revela una lucidez atormentada, una conciencia que no se conforma con los códigos narrativos convencionales ni con las certezas ideológicas del entorno.
Peix escribe desde el desgarro porque en su obra se enfrentan la razón y el delirio, el deseo y la culpa, la identidad y la disolución del yo. Su narrativa es un laboratorio de la mente: los personajes se desdoblan, se observan, se interrogan, como si el acto de narrar fuera también un modo de desnudar la conciencia.
En un contexto literario donde muchos narradores privilegiaban el costumbrismo o la denuncia social, Peix eligió la exploración de la subjetividad, el malestar de existir, la búsqueda de una verdad interior imposible. Por eso su escritura parece, más que contar historias, pensar el acto mismo de narrar.
Ese «desgarro» no es solo psicológico, sino también estético: su prosa oscila entre el rigor intelectual y la tensión poética, entre la narración y el ensayo, entre la lucidez y el vértigo. Peix parece haber sido consciente de que el escritor dominicano del siglo XX cargaba con una fractura histórica —entre la modernidad deseada y la realidad heredada—, y su obra la traduce en lenguaje.
De ahí que pueda verse en él una conciencia desgarrada: lúcida, reflexiva, crítica, incapaz de callar ante el sinsentido del mundo, pero también consciente de la insuficiencia del lenguaje para captarlo todo.
En síntesis, en la literatura dominicana del siglo XX, la obra de Pedro Peix ocupa un territorio singular: el de la conciencia en conflicto. Su escritura no busca el consuelo de la anécdota ni el artificio del estilo, sino la verdad dolorosa de la introspección. En él, narrar es desnudarse; pensar, desgarrarse. A través de sus relatos, Peix reveló el drama del individuo que intenta sostener su identidad en medio del caos interior y la incomprensión del entorno. Su prosa, intensa y reflexiva, se convierte así en el espejo donde la narrativa dominicana se contempla a sí misma en su fractura más profunda: la del ser que piensa, siente y se duele al narrar.
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*«La Cafetera». Histórica cafetería ubicada en la calle El Conde, frecuentada, desde los años 30 del siglo XX, por artistas, intelectuales y amantes de la cultura. Para conocer un poco de la historia de ese singular punto de encuentro en la zona colonial de la ciudad de Santo Domingo por favor entrar aquí: http://www.touringdominicanrepublic.com/la-cafetera-un-icono-de-la-calle-el-conde/
Por Miguel Collado
