Pedofilia, pederastia y complicidades

Por Rolando Robles jueves 18 de abril, 2019

Vamos a suponer, sólo a suponer, que, la predilección del género humano por los hijos es un sentimiento de carácter instintivo, que existe en función de que los consideramos como parte de nosotros mismos, como si fuesen una extensión de nuestro cuerpo y luego de nuestras vidas. Es así como las personas, generalmente, nacemos predispuestas a amar a los niños, indistintamente del sexo que tengan.

Con muy pocas excepciones, los padres nos solazamos con verlos sonreír, gatear, dar los primeros pasos. Si los sentimos tristes les hacemos gracias, tratando de que sonrían y si acusan alguna molestia o dolor, nos desvivimos para corregir la causa de la incomodidad.

Hasta este punto, creo que estoy hablando de la gran mayoría de gente, como tú y como yo. Hay algunos a los que nos gustan, en especial, los bebés de cuna. Ellos son los que nos hacen decir, palabras tan insólitas como: ¡cualquiera se lo come, mi bombón!, mientras los acariciamos y les hacemos cosquillas, hasta sacarles un intento de lo que suponemos es una carcajada.

Todo este amorío por los niños, se multiplica por cien cuando llegan los nietos y podemos repetir esos ritos que ya casi habíamos olvidado, con el crecimiento de los hijos. La diferencia es que, con los nietos pequeñines, somos mas precavidos, pues no en balde hemos aprendido algo de la vida y ahora hacemos menos contacto físico, sabedores de que portamos un sin número de virus y que podemos enfermarlos, “queriéndolos tanto”.

Ya caminado este tramo, quiero empalmarlo con esa aberración que lleva los adultos a ver los niños como objetos sexuales. Imagino que arrastran tal anomalía mental desde que tienen uso de razón, pero, por lo general, no lo advertimos, porque no tenemos formación especializada y porque, además, tendemos a ser indulgentes con los muchachos. Por suerte, esos deformados mentales son una pequeña minoría.

La verdad es que yo no veo relación con el comportamiento familiar y la desviación mental denominada “pedofilia” y que se manifiesta después de cierta edad y de manera muy disimulada, solapada, encubierta. Espero que, si estoy equivocado, algún amigo especialista me corrija.

Digamos ahora -como padre, abuelo y bisabuelo, sin estudios sobre la conducta humana que soy- que de pedófilo se pasa a pederasta, cuando a ese desorden mental, se le agrega la conducta criminal de un pervertido. El depredador, que ya pasó de la etapa pasiva, de simulación y sueños aberrantes, entra en la fase de agresivos planes.

¿Cómo opera este cambio en el cerebro humano? confieso que no lo sé. Y si es cierto que, de “pedófilo se pasa a pederasta”, tampoco lo puedo asegurar con certeza. Mas bien creo que, los pedófilos pueden sufrir esta desviación en silencio, sin dar señales de su perturbación y supongo que ha de ser por el peso social que su descubrimiento implica.

Pero la necesidad de dar riendas sueltas a las bajas pasiones que su cerebro acaricia, probablemente genere la gota que derramará la copa. Y a partir de ese momento, el individuo taciturno, inexpresivo y vacilante que luchaba en su interior con esos demonios que aguijoneaban sus entrañas, se convierte en un criminal en potencia.

Empezará a planificar el escenario que lo pueda acercar a los niños. A lo mejor decide ser payaso, instructor deportivo, Robert Scout, profesor de primaria, caza talentos, sacerdote, pastor o catequista, empleado de una juguetería, vendedor de helados o cualquier otra profesión u ocupación, que lo pueda mantener alrededor de sus futuras presas.

Reconozco que, hasta este momento, mi narrativa se basa únicamente en suposiciones mías, un anciano bisabuelo que no se puede quedar callado ante esta escalada de crímenes contra niños y adolescentes. Pero muy bien pudiera ser que, no es que hayan aumentado las violaciones sino, que ahora las estamos descubriendo mas rápidamente.

Antes solo escuchábamos algunos que otros secretos a voces, un run run sobre un famoso portero de un Oratorio, uno que otro instructor de boxeo o lucha libre o un amable tipo que alquilaba y enseñaba a montar bicicleta a la muchachada. Pero todo era cubierto por el velo de la vergüenza y el miedo. Que yo recuerde, nunca se denunciaron a esos malvados.

Hoy es mas fácil detectar los atropellos, que muchas veces han terminado en monstruosos asesinatos; pero sólo cuando el caso es escandaloso en demasía, ya sea por la prestancia de las víctimas o el victimario y/o por la eventualidad de que se descubre la aberración, es que el público se entera de la atrocidad cometida.

Infiero que, para mantener entre cortinas este tinglado de degeneración, se hace inminente la presencia del elemento mas avieso que ha desarrollado la sociedad nuestra, “la complicidad”. Solamente con el apoyo, y a veces respaldo de ciertas personas, ya sea en el entorno de las víctimas o en los alrededores del victimario, es posible que los crímenes se repitieran una y otra vez. La connivencia conduce a la impunidad.

El caso mas vergonzoso, es el de la iglesia católica, mi iglesia. Durante siglos se han estado encubriendo estas barbaridades, que se contraponen directamente con el espíritu de la institución. La casa de Dios, sirvió de morada a los hijos del Diablo; y solamente cuando esos ritos malditos se convirtieron en pérdidas económicas, fue posible empezar a desvelar las atrocidades y a implementar los supuestos y tardíos correctivos.

Para llegar al nivel de hacer público el horrendo crimen que contra seres indefensos cometen esos desgraciados de la vida, fue necesario que se combinaran una serie de factores. Primero, que fueran cada vez mas repugnantes y perversos; segundo, que la periodicidad se hiciera un tanto mas corta y finalmente, que tocara a personalidades públicas.

Antes de concluir esta primera parte de mis preocupaciones, quiero dejar claro que no tengo conocimiento formal sobre la conducta de los hombres, que sólo me llevo de mi instinto de bisabuelo y que recibiré de buena gana la opinión de los expertos sobre el tema, siempre que ayuden a aclarar el camino y a buscar soluciones reales al problema.

¡Vivimos, seguiremos disparando!

 

Por ROLANDO ROBLES

 

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