RESUMEN
Una práctica cuasi generalizada en la comunidad hispanohablante, por generaciones, ha sido siempre que, en la mayor parte de los contextos, el masculino es el término «no marcado» que abarca e incluye, no solo a los hombres sino también a las mujeres. Sin embargo, esta visión machista y segregadora de la lengua es secundada en gran medida, por la Real Academia Española (RAE).
Al efecto, algunos expertos en filosofía del lenguaje, como es el caso del doctor García Molina (2019), consideran que lo femenino subordinado a lo masculino, muchas veces desaparece del discurso «cuando se dice hombre se dice mujer», pero no viceversa. Asimismo, argumenta el autor que, tal vez en el ámbito religioso es donde se ha sido más injusto con la feminidad. Lo femenino como atributo de lo masculino se ha manifestado no solo en las representaciones religiosas, la cultura también se ha visto permeada por esa concepción. Asegura que, desde esos litorales discursivos la mujer se asocia a los niños, a las personas con discapacidades, y a otros grupos desfavorecidos que los hombres deben «proteger» y por supuesto dirigir. (Molina: 2019, 251).
En cuanto a la diferencia entre género y sexo, Molina (2019), plantea que el sexo es una realidad extralingüística y que afecta solo a los sustantivos referidos a animales (racionales o no). Mientras que el sexo da origen al género natural (macho-hembra). Por tanto, este género natural, prosigue el autor, afecta regularmente al plano paradigmático o virtual. En ese orden, considera que el género gramatical es una manera morfemática que se manifiesta en el plano sintagmático del signo lingüístico. (Molina: 2019, 251).
Para el propio autor, las diferencias entre el género natural (basado en el sexo) y género gramatical (basado en la concordancia), y entre sexo (perteneciente al plano general o fáctico) y género (perteneciente al plano virtual), en español se asocian íntimamente género y sexo: masculino, al hombre o varón; y el femenino, la idea de mujer o hembra. Por eso, en español, el género gramatical recoge, en parte la visión que históricamente se ha tenido de la mujer como sinónimo de lo femenino. (Molina: 2019, 252).
Para explicar mejor, y, por qué no, para hacer más comprensible nuestra propuesta, trataré de mostrar a modo de ejemplos, algunos argumentos, utilizando como base de sustentación los pronombres relativos quien y quienes, seguido de una breve explicación sobre el problema que representa el mal uso que se le pretende asignar en la actualidad, a los gramemas de género, de lo cual el doctor García Molina (2019: 254), considera que la lengua como fiel testiga y como medio de construcción discursiva, recogió el papel secundario que se le reservó a la mujer, y que en el caso de la lengua española, la situación se manifiesta fundamentalmente en el léxico y en los gramemas de género, tal y como veremos a continuación al final de este tratado.
Los pronombres relativos
Aunque por definición, los pronombres relativos suelen llamarse como aquellas categorías gramaticales (letras), que se utilizan para aludir a una persona que fue mencionada previamente dentro de una oración, con la finalidad de evitar caer en la redundancia. Además, los pronombres, con frecuencia siempre van a poseer un referente que los antecede, por ejemplo: La joven que me acaba de saludar, fue mi alumna.
Pero hay que resaltar, además, de las funciones anteriores, que los pronombres relativos también se pueden utilizar como sustantivos de pronombres personales, como él, ella, ellos, ellas, entre otros, según vayan a fungir dentro de la oración, frase o enunciado, desde el punto de vista del número (singular o plural). Además, estas categorías gramaticales, poseen la facultad de neutralizar el género, esto es, pueden hacer alusión, tanto al masculino como al femenino. Veamos unos cuantos ejemplos:
1 «El que nació para martillo, del cielo le caen los clavos»
–Quién nació para martillo, del cielo le caen los clavos.
2- «El que venga atrás que arree.»
–Quien venga atrás que arree.
3- «Los que piensan de esa forma están equivocados.»
–Quienes piensan de esa manera se equivocan.
4– «Los que no tengan la autorización, deberán permanecer en el aula.»
–Quiénes no tengan la autorización, deberán permanecer en el aula.
5- «El que quiera más helado que me avise.»
–Quien quiera más helado que me avise.
En la actualidad, vemos como muchos grupos sociales tratan de implementar el susodicho «lenguaje inclusivo», el cual, no hace otra cosa más que desvirtuar una causa justa, lógica y científica, como la desmasculinización de la lengua, lo cual, evidentemente, redunda en la equidad e igualdad de género, sin caer en algunos excesos, tales como:
La sustitución del gramema (a) x (x) al final de términos femeninos *(todxs) o el signo arroba *(tod@s).
Además, se pretende utilizar la errática grafía que inserta el gramema (e) para marcar el género neutro *(todes). Por consiguiente, considero que, quienes se hacen eco de esas aberraciones lingüísticas desde los círculos profesionales y hasta docente, inclusive, no poseen los conocimientos básicos sobre filosofía del lenguaje, que les permitan poder discriminar entre lo adecuado y lo no, sobre el uso de la lengua en cuanto a estos asuntos.
Fuente: García Molina, Bartolo. 2019. EL DISCURSO: Categorías y estrategias. Segunda edición. Surco. Santo Domingo.
