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25 de marzo 2026
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OpiniónDarío VargasDarío Vargas

Otro grito al mundo por la justicia en la isla

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RESUMEN

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Para los interesados en entender un complejo y trascendental problema con responsabilidad ciudadana y compromiso profético con el futuro de la Iglesia dominicana y el Plan de Salvación.

Nuestra historia comenzó con la llegada del Evangelio a nuestro territorio, cuando se descubrió el Continente Americano, hecho que cambió el Mundo y su historia en todos los órdenes. Así, con la propagación del Evangelio, América se convirtió en la casa de la mitad de los cristianos del planeta. Y es aquí, en territorio DOMINICANO —nombre dado por los frailes dominicos—, donde se enraíza el término y es motor principal de nuestra independencia como Nación Dominicana —entre otras razones culturales e históricas bien establecidas—, por la cual nace la idea de la dominicanidad, con una raíz multirracial, para separarnos de otras culturas, creencias y estilos de vida.

Hoy muchas cosas están en riesgo en nuestra Nación, y es mucho lo que los cristianos podemos hacer. Se han confundido y manipulado muchas verdades. Tantas veces se confunde la caridad con la flojera, y se contrapone la misericordia con la verdad y la justicia con la ignorancia de los auténticos valores enseñados por Jesús. Es como si el Dios de la misericordia no fuera el mismo Dios de la Justicia y el orden. Y ya es hora de que VEAMOS hacia dónde vamos como país y como pueblo de Dios, donde se traiciona y se mata, o se lleva al suicidio colectivo, sin que defendamos la VERDAD y LA CARIDAD PARA TODOS, no solo para una parte.

Vale recordar que la Historia de Salvación de los Pueblos se va escribiendo en medio de la historia general de cada uno, de la misma manera que se va expresando, en la vida de cada persona, una Revelación en la propia historia acompañando a las Sagradas Escrituras.

No olvido cómo San Juan Pablo II asimilaba nuestra obligación de honrar la Patria como parte del 4.º mandamiento: Honrar padre y madre. Y no olvido cómo nuestra Iglesia perdió su gran influencia evangelizadora sobre el pueblo cubano cuando dejó de apoyar la Independencia Cubana. Y hoy, pese a muchos intentos y a las visitas reiteradas de varios Papas, es un pueblo con una fe cristiana pobre, en el que predomina el ateísmo, la santería y otros cultos.

Hoy, como Pueblo de Dios, estamos trillando un camino similar, pese a que el Magisterio de la Iglesia Dominicana (CED) ha establecido los límites para la preservación de la República Dominicana sin faltar a la Caridad verdadera. Muchas veces parece que no fijamos posición en algunas contradicciones y enfrentamientos para evitar ser juzgados. Y, ciertamente, resulta muy difícil definir límites cuando hay que establecer prioridades en lo que defendemos y cuando la caridad con unos entra en conflicto con la caridad con otros.

Sin embargo, el Magisterio dominicano (CED) está muy claro. Leamos su mensaje de 2005: «Ante la creciente inmigración haitiana», y el de 2019: «Realidades que merecen nuestra atención», acápite C, páginas 16 y 17 (parte), sobre la inmigración haitiana: “El Estado está obligado a asumir sin demora y con seriedad el fortalecimiento en la aplicación de las leyes migratorias en el país, tomando muy en cuenta las irregularidades que se viven en la frontera dominico haitiana. La Iglesia, fiel a su misión pastoral dada por Cristo, se debe al ser humano en general llevando la buena nueva de la salvación”. Y agrega: “Con relación a Haití, y respondiendo a voces que vienen de fuera, asumimos el ideario de Juan Pablo Duarte donde explica que no es posible la fusión de las dos naciones. Es necesario que el mundo sea consciente de esa realidad, sobre todo las naciones que desean que nosotros asumamos la solución de Haití.

Es indiscutible la ayuda que como dominicanos hemos dado y seguiremos dando a Haití, pero ella reclama la solidaridad de la comunidad internacional, sobre todo de las naciones ricas y poderosas, que le ayuden a salir de su situación; y es necesario que Haití asuma su responsabilidad”.

Aunque en los tiempos presentes no importa mucho lo que se escribe o se dice —y fácilmente se cambia al día siguiente—, el Papa Francisco ha dicho que la inmigración procede solo cuando es ACOGIDA por el país de destino y cuando puede ser INTEGRADA a la Nación de ese país.

Pero, en la práctica, como sucede con otros documentos desde el Concilio Vaticano hasta hoy, son letras del tiempo que no cobran vida, y son sustituidos por intuiciones puramente ideológicas, puramente personales, influidas por las grandes manipulaciones del poder imperial, con ceguera absoluta del futuro, que matan el don profético, actuando para acomodar el presente a nuestra temporalidad. *¿Por qué esas sabias e inspiradas conclusiones y demandas de la Iglesia Dominicana no son asumidas por algunos Obispos, sacerdotes, diáconos y laicos? Y, peor aun: ¿por qué la Iglesia Universal no se pronuncia en defensa REAL de Haití en Haití, y en la defensa REAL de la República Dominicana, cuna de la civilización cristiana en América?*
Comparar la inmigración haitiana en nuestro país con la que sucede a los países ricos y de grandes poblaciones es un verdadero acto de ignorancia. Hoy tenemos una verdadera ocupación del territorio, con una población invasora calculada en no menos de 3.5 millones de nacionales haitianos, con más de 500 poblaciones identificadas, con una gran parte en vagancia. Otra parte ocupa el lugar de trabajo de los dominicanos pobres, y limita el acceso de estos a los servicios de educación y salud, recargando la situación de la clase media dominicana —principal sostenedora Estado Dominicano—, ante la posición indiferente o cómplice del ¡“entren tó” y quédense aquí!, del ¡que viva la frontera abierta! y de la corrupción militar fronteriza y de los organismos e instituciones ligados a la Inmigración. La situación es y será creciente porque ni hay solución mínima para Haití, NI NADIE LA BUSCA.

La situación no es para que nadie se gane el premio Nobel de la misericordia, protegiendo las grandes riquezas y las grandes culpas de ambos lados de la Isla y de los grandes países intervinientes.

¿Puede ser verdadera caridad para unos pobres lo que se hace a costa de la caridad para los otros pobres que, además, están en su casa?

No se trata de migración en masa a EE. UU., a Francia, a Canadá, a Inglaterra, sino de la migración de un Estado destruido por los haitianos y su cultura, por su oligarquía y los imperios interventores sin propósitos restauradores, hacia un país pequeño, de 11 millones de habitantes —similar al del país invasor—, con instituciones muy débiles y una enorme deuda impagable —mucha malgastada—, con la sumisión de las voluntades de los negociantes del poder político para mantenerse el poder, en un mercado laboral pequeño y una gran masa de pobres y desempleados. Y peor aun, la Nación invasora —que busca quedarse, ejerciendo y usufructuando los derechos de los dominicanos— es aquella de la cual nos independizamos para nacer como República al amparo del Juramento Trinitario de la Santísima Trinidad. Por las dos razones fundamentales citadas, es elemental entender —sin ser un gran profeta— que el desenlace trágico será el de llegar a ser dos naciones destruidas, anarquizadas, con grandes flujos de dominicanos hacia el exterior, y en camino a una intervención militar extranjera para establecer un nuevo orden para la Isla.

Veríamos cómo quedaría toda la Iglesia dominicana si se llegara a ello, sobre todo si ha sido parte del proceso en vez de iluminarlo e impedirlo. Desde luego, hay grandes sectores comerciales que aumentarán sus riquezas, tal como pasó en Haití; y habrá aliados nativos poderosos o beneficiados con el proceso.

Y díganme, si un país pequeño —hipotecado por deudas impagables, con un mercado laboral pequeño y una gran masa de pobres y desempleados, con graves carencias en salud y educación— puede cargar con una migración masiva, irregular, no aceptada ni integrada, que está en vagancia o desplaza la clase trabajadora nacional y recarga a una clase media que ya no puede más. Díganme si puede con una migración que tiene intenciones de nunca regresar a su país y de servir a un propósito imperial de quitarse un problema de encima, aunque se hunda la Isla, en vez de que se restaure el Estado vecino mediante un plan de reconstrucción de sus bases mínimas (explotación de riquezas naturales, hospitales, escuelas, régimen de tenencia de tierras, incentivos a la creación de empresas, sistema de cocción de los alimentos, reforestación y soluciones sanitarias, registro civil para todos, régimen electoral y demás cuestiones básicas), a cargo de las grandes potencias y otros países de las Naciones Unidas, con un organismo multinacional de administración y dirección capacitado, al mismo tiempo que las grandes potencias asuman porciones de la población haitiana y nosotros asumamos lo que establecen la Constitución y las leyes rectamente.

Yo no escucho a nadie con influencia mundial que pida auxilio del poder internacional, que auxilie a Haití, en Haití y en las naciones con grandes recursos.

Mucha gente calla para no ser acusada de inmisericorde, pero habría que saber cuál es la auténtica misericordia EN EL CASO. No me refiero a la misericordia con cada persona, que es algo diferente. Me refiero a la misericordia de la verdad integral, la verdad del conjunto, como apuntan las palabras citadas de la CED.

Asimismo, no dicen la verdad sobre algunos puntos para no ser acusados de odio, racismo, xenofobia, ulltraderechismo, al pensar y actuar justamente como Duarte, y que son chantajes que usa el Enemigo para progresar en su plan del silencio mientras él avanza y la denuncia del mal es apagada.

La República Dominicana se ha quedado sola, acorralada por una conspiración contra su existencia, un crimen de lesa humanidad con un final inevitablemente infernal del cual se culparía a la República Dominicana como victimaria, pagando las culpas y responsabilidades ajenas, mientras los verdaderos culpables se lavan las manos. Todo esto es absolutamente anticristiano, pero la esperanza es que la justicia divina no tardará en hacerse visible.

Cumplo con la misión de advertir sobre la realidad de la situación en medio de la Iglesia y de la Nación y sus instituciones. Se podrá decir que nadie lo dijo dentro de la Iglesia-Pueblo de Dios. Todo lo que he dicho es justo y profético respecto a la migración masiva incontrolada, con propósitos de Ocupación, porque los haitianos no quieren ser dominicanos. Ellos quieren seguir siendo haitianos, pero con los derechos de los dominicanos; y volver a la situación previa a nuestra Independencia, pues el liderazgo histórico de Haití considera que República Dominicana es Haití. Solo un ciego no ve que este es un caso único, muy diferente a cualquier otro.

¿Habrá que aumentar la lupa para VER? ¿CUÁL ES LA CARIDAD EN LA VERDAD?
¿Por qué no se realiza una Misión de la Verdad por todo el Mundo? ¿Por qué no se defiende la existencia de la República Dominicana, libre, independiente y justa, que debiera ser un tesoro para la Humanidad como lo es para Dios? ¿Por qué los que tiene el gran poder espiritual y moral no salen en defensa de nuestro país y del auxilio real para Haití en Haití y en los países que tienen grandes riquezas y territorios? ¿Por qué actuamos como esclavos del mundo en nombre de Dios?

¿Estamos asumiendo, como individuos y como Iglesia, la posición que esperaríamos de Jesucristo? ¿O acaso estamos escurriéndonos por comodidad o por ambigüedades contrarias a la fe, ignorando la justicia y el futuro de los pueblos encomendados para ser pastoreados?
La Verdad sea dicha, porque en ella se fundamentan la Caridad y la Misericordia.

Por Cristo, con Él y en Él,


Por Diác. Darío Vargas
(Servidor, a los pies del Señor).

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