RESUMEN
• Porque la universidad es otra cosa
¿Cuántas veces nos hemos quejado del caos vehicular en nuestras ciudades? ¿Cuántas horas perdemos entre bocinazos, dobles filas, tapones eternos y esquinas sin ley? Lo que parecía una costumbre nacional está comenzando a ser replanteado por las autoridades responsables del tránsito terrestre en la República Dominicana, y esta vez merece nuestro respaldo.
En ocasiones anteriores, y a través de este medio, hemos manifestado que ningún país con un tránsito terrestre en desorden puede controlar la delincuencia, y mucho menos avanzar en su desarrollo.
Por eso, y por muchos motivos más, saludamos que los organismos encargados de regular la circulación vial estén implementando un plan de organización y ordenamiento del tránsito que busca algo más que corregir el desorden diario: se trata de una apuesta por la modernidad, la seguridad y la dignidad urbana. Aplaudirlo no es solo reconocer el esfuerzo gubernamental, sino también asumir una corresponsabilidad ciudadana para que funcione.
Este plan se inscribe en una lógica necesaria y urgente. Las calles del país —especialmente en los grandes centros urbanos como Santo Domingo, Santiago o San Cristóbal— han sido testigo de un crecimiento vehicular que no ha sido acompañado por la debida planificación. Calles angostas, transporte público desorganizado, escasa educación vial y la normalización de infracciones menores han ido generando un ecosistema de tránsito insostenible. Por eso, organizar el tránsito no es solo deseable: es impostergable.
Entre las medidas que se están aplicando se incluyen nuevas rutas para vehículos de transporte público, señalización reforzada, control de parqueos indebidos, eliminación de giros conflictivos, mejora en la semaforización y, lo más relevante, una estrategia de concienciación ciudadana. Esto último no debe subestimarse: sin el cambio de actitud de conductores, peatones y autoridades locales, cualquier medida puede naufragar.
Es alentador, además, que este esfuerzo se esté realizando con una visión integral. No se trata únicamente de sancionar, sino de educar, reordenar, escuchar a los sectores involucrados y construir soluciones colectivas. La lógica punitiva por sí sola es insuficiente si no se acompaña de opciones claras, como carriles preferenciales bien definidos, paradas dignas, pasos peatonales accesibles y espacios para movilidad alternativa como bicicletas o scooters.
El beneficio de este plan no se limita a lo visual o funcional. Una ciudad con tránsito ordenado es una ciudad más productiva, más segura y con mejor calidad de vida. El impacto económico de la movilidad caótica se traduce en pérdidas millonarias por retrasos, accidentes, combustible desperdiciado y estrés ciudadano. Por eso, cada acción que contribuya al orden merece no solo ser celebrada, sino también sostenida y replicada.
Por supuesto, los cambios generan resistencias. Habrá quienes rechacen las nuevas restricciones o se incomoden con los operativos, pero eso forma parte de la transición hacia un modelo de ciudad más amable y racional. El desorden no puede seguir siendo la norma; es tiempo de que el respeto a las reglas viales sea una expresión del respeto a la vida.
Este plan no es perfecto, pero es un paso valiente en la dirección correcta. No podemos exigir modernidad y seguridad si no estamos dispuestos a ceder la costumbre del desorden por la disciplina colectiva. La transformación de nuestro tránsito comienza por la voluntad, y esta vez la voluntad existe. Que no le falte el respaldo de la ciudadanía.
Por Dr. Pablo Valdez
