RESUMEN
En América Latina y el Caribe, la tragedia social se traduce en estadísticas, y las estadísticas en planes de capacitación. La noticia reciente de que la Organización Panamericana de la Salud (OPS) formó a miles de profesionales en el abordaje de la violencia hacia niñas, niños y adolescentes, parece, a primera vista, una acción loable. Pero cuando se mira desde el sur y con ojo crítico, la pregunta inevitable es: ¿a qué tipo de salud sirve esta pedagogía?
Desde hace años, la OPS despliega en la región un modelo formativo centrado en competencias técnicas, esquemas estandarizados y protocolos exportados desde el norte global. Bajo el lenguaje de la cooperación, lo que se promueve es una pedagogía del consentimiento: formar cuadros sanitarios dóciles, eficientes y políticamente correctos, pero sin cuestionamiento a las raíces estructurales del sufrimiento social. La violencia que debería escandalizar, se convierte en una categoría de riesgo; las vidas desgarradas por sistemas de exclusión, en cifras para reportes de impacto.
Esta forma de enseñar no es casual ni neutral. Responde a una lógica de poder más profunda, que no solo decide qué se enseña, sino desde dónde y para qué. Como han advertido muchas voces críticas en nuestra región, las grandes instituciones internacionales no solo ofrecen ayuda: también construyen una manera de pensar el mundo que mantiene el orden tal como está.
Desde hace años, muchas voces latinoamericanas vienen levantando la misma bandera: la salud no se puede reducir a técnicas ni manuales. No basta con saber qué hacer si no se entiende por qué ocurre lo que ocurre. Porque detrás de cada caso de violencia hay historias de pobreza, de racismo, de abandono institucional. La formación, entonces, no debería ser solo para aplicar protocolos, sino para despertar conciencia, para encender preguntas, para sembrar la rebeldía de cuidar con dignidad.
En el caso de la violencia contra niños y niñas, esto se expresa con crudeza. Los entrenamientos se enfocan en rutas de atención, clasificación de casos, guías clínicas, pero poco o nada se dice sobre la economía del despojo, la destrucción de lo comunitario o la ruptura simbólica de los vínculos de cuidado. Se entrena para contener los síntomas, no para desmontar las causas. Se capacita para gestionar lo inevitable, no para imaginar lo imposible.
Frente a la violencia estructural que devasta a nuestras infancias, no basta con sumar horas de capacitación. Necesitamos desobediencia pedagógica, salud que cuestione, formación que incomode. Porque si seguimos formando para encajar en el modelo, seremos parte de la maquinaria que lo reproduce.
La salud, para sanar, necesita romper el consentimiento.
El autor es miembro del Núcleo República Dominicana – GT Salud Internacional y Soberanía Sanitaria CLACSO, profesor universitario y exdirector de hospitales.
Por. Roberto Lafontaine
