RESUMEN
Del domingo nos preocupa el lunes porque termina el descanso; del lunes, levantarnos temprano; del martes, lo que dejamos pendiente el día anterior; del miércoles, que falta mucho para el domingo; del jueves, que llega el fin de semana sin dinero; del viernes, que toca trabajar el sábado; y del sábado, que el lunes vuelve a comenzar.
Así viven muchos jóvenes en nuestra sociedad: encadenados a preocupaciones repetitivas, atrapados en un ciclo estéril que no transforma su realidad ni construye futuro. Se preocupan por lo que no pueden cambiar y descuidan aquello de lo que sí pueden ocuparse.
Cuando no asumimos las responsabilidades propias de cada etapa de la vida, el tiempo pasa sin avisar. Los años transcurren tan rápido como esa semana llena de angustias inútiles, y un día nos sorprende la vida reclamándonos lo que no hicimos.
Cuando nos enfocamos, no hay preocupación, sino ocupación en aquello que realmente queremos alcanzar. El enfoque ordena la mente, da dirección al esfuerzo y convierte el tiempo en un aliado, no en un enemigo.
De ahí la urgencia de que nuestros jóvenes aprendan a ocuparse: de estudiar, de formarse, de crear hábitos, de organizar su tiempo y de construir metas alcanzables que les permitan avanzar de manera progresiva y sostenible.
Lamentablemente, hoy se exaltan modelos de éxito basados en el dinero rápido y la fama temprana. Pocos se detienen a observar que muchos de quienes eligieron caminos fáciles y no lícitos han terminado presos, excluidos o, en no pocos casos, enterrados prematuramente.
Qué distinto y esperanzador es ver a un joven que estudia, se prepara, entra a la universidad y comienza a trabajar en aquello para lo que se formó. Aunque al inicio sus ingresos sean modestos, la constancia, la disciplina y el trabajo honesto abren puertas y permiten vivir con dignidad.
Aun en medio de injusticias sociales y de una corrupción que antes se denunciaba cada cuatro años y hoy se percibe casi mensualmente, debemos tener claro que ese no es el camino. La vía correcta sigue siendo hacer lo que corresponde, aunque tome más tiempo.
La Biblia está llena de ejemplos que nos recuerdan que nada verdaderamente valioso se alcanza sin proceso.
Abraham caminó y esperó para recibir la tierra y el hijo prometido. Noé y su familia no fueron salvados sin más: construyeron un arca. El pueblo hebreo tuvo que esperar y luchar para llegar a la tierra prometida. David no fue coronado rey de inmediato; antes fue perseguido y probado.
Dios pudo haberles dado todo sin esfuerzo alguno, pero no lo hizo. Porque lo bueno, lo que permanece, lo que edifica al ser humano, requiere ponerse en camino. Como bien dijo el poeta Antonio Machado:
“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar»
Preocuparse desgasta;
ocuparse construye.
Por Félix Correa
