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14 de febrero 2026
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OpiniónYSAÍAS JOSÉ TAMAREZYSAÍAS JOSÉ TAMAREZ

Nullum Crimen Perfectum vs. ADN

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RESUMEN

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Este artículo estará dedicado a una de las frases más utilizadas en el ecosistema de la seguridad pública, “nullum crimen perfectum”, es decir, “no hay crimen perfecto”.

La expresión forma parte del imaginario colectivo de los distintos actores o mejor dicho, del lenguaje policial de los investigadores y de alguna narrativa judicial. Aunque suele citarse como una máxima moderna su esencia está directamente vinculada al pensamiento criminológico.

Más que una simple expresión, representa un principio fundamental toda actividad criminal deja siempre un rastro, pudiendo ser este material, biológico o tecnológico, también pudiendo estar visible o latente.

Académicamente, algunos autores han utilizado el latinismo nullum crimen perfectum no como una fórmula investigativa clásica, sino como una construcción doctrinal destinada a enfatizar que la perfección delictiva dependerá siempre de la formación profesional de los actores de la investigación criminal, y del nivel de desarrollo con el que cuenten las áreas auxiliares, como son los laboratorios científicos, criminalísticos, biológicos y tecnológicos.

Su fundamento histórico puede rastrearse hasta el siglo XIX, cuando la criminología comenzaba a dar sus primeros pasos para desmontar la idea romántica del delito impecable. En este contexto, resulta imprescindible citar a Edmond Locard, pionero de la criminalística moderna, quien formuló el célebre principio de intercambio, según el cual “todo contacto deja una huella”.

Esta afirmación científica se convirtió en la base empírica de la frase. Ya no se trataba de intuición moral, sino de evidencia física (fibras, huellas dactilares, residuos, marcas y patrones).

En ese mismo siglo, paralelamente, se desarrollaba la criminología positivista, con protagonistas académicos de la talla de Cesare Lombroso, Enrico Ferri y Raffaele Garofalo, quienes consolidaron la idea de que el delito podía estudiarse de forma sistemática. El crimen dejó de concebirse como un acto aislado para convertirse en un fenómeno observable, medible y explicable. Bajo esta mirada científica, la perfección absoluta del delito comenzaba a resquebrajarse, y la impunidad dejó de interpretarse como una consecuencia inevitable dentro de las sociedades.

Así miso, durante el desarrollo del siglo XX, la expresión “no hay crimen perfecto” se vinculó directamente a la evidencia material o criminalística de campo, punto de partida de la investigación criminal, sustentada en huellas, documentos, armas, trayectorias balísticas y demás indicios físicos. Sin embargo, la evolución tecnológica produjo una transición decisiva en el significado del rastro o trazabilidad.

Con la irrupción de la informática y las telecomunicaciones, el crimen comenzó a dejar huellas digitales (metadatos, registros de conexión, patrones algorítmicos y trazabilidad financiera), la evidencia dejó de limitarse a lo tangible. En la actualidad, un delito ejecutado en entornos virtuales produce vestigios persistentes en servidores, dispositivos, redes y sistemas de almacenamiento distribuido.

Esta transformación amplió el alcance del no hay crimen perfecto, porque no hay interacción sin registro. La invisibilidad del acto no implica ausencia de evidencia, sino mayor complejidad en su detección.

La criminología contemporánea ha añadido otra dimensión esencial dirigida al comportamiento humano. Todo delito implica decisiones, emociones, improvisaciones y niveles cognitivos. Incluso cuando el autor cree controlar la escena, su conducta revela patrones (tiempos, errores, repeticiones, e inconsistencias).

Desde esta perspectiva, el crimen perfecto fracasa no solo frente a la ciencia forense, sino ante la propia naturaleza humana del infractor. El error, la sobre confianza, la presión emocional o la necesidad de reconocimiento terminan introduciendo fisuras en el plan más calculado.

Este recorrido científico permite comprender que pueden existir investigaciones abiertas o sin esclarecer durante años o incluso décadas, pero sin embargo, la falta de resolución no equivale a perfección delictiva, esto responde a limitaciones técnicas, deficiencias estructurales o ausencia de recursos científicos y tecnológicos en determinados sistemas investigativos.

El desarrollo de la ciencia ha demostrado que supuestos crímenes perfectos han sido resueltos décadas después gracias a avances científicos y tecnológicos que hoy tienen como protagonista al ADN, la genética forense y el análisis digital retrospectivo.

Porque, al final, la ciencia confirma lo que la criminología anticipó hace más de un siglo el delito puede ocultarse, pero rara vez desaparece.

 

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