RESUMEN
(Por una República que maquilla los síntomas, pero nunca cura la enfermedad)
Anunciaron la nueva cédula dominicana con una sonrisa de orgullo, como si cambiar el plástico fuera sinónimo de progreso. Como si el verdadero problema del país fuera la foto borrosa del documento, y no la borrosidad moral de quienes lo dirigen. Porque una nación no se moderniza imprimiendo chips, sino limpiando las instituciones que los programan.
Nos venden modernidad, pero seguimos arrastrando los mismos vicios. Hablan de innovación, pero los sistemas siguen cayéndose. Muestran un diseño nuevo, pero la vieja costumbre de la “ayudita” sigue viva. En los barrios, en los campos, en las colas infinitas frente a las oficinas de la Junta, hay gente que existe pero no figura. Gente que trabaja, que vota, que respira… pero que oficialmente no está.
El chip puede ser nuevo, pero el trato es el mismo: lento, indiferente, burocrático. El país presume tecnología, pero todavía gobierna a punta de favores. Gastan millones en rediseñar una cédula, pero no invierten en hacerle la vida más fácil a quien apenas puede conseguir una.
Nos dicen que “ahora somos un país moderno”. ¿Moderno? Moderno sería no tener que hacer una fila de cuatro horas bajo el sol para renovar un documento. Moderno sería que el sistema no se caiga justo cuando te toca. Moderno sería no tener que pagarle a nadie para que “te ayude a resolver”.
La nueva cédula no representa un cambio, representa un disfraz. Una ilusión de progreso para un país que sigue sin corregir la raíz del problema. Porque mientras no haya dignidad en el trato al ciudadano, ningún chip servirá de nada.
Modernizar no es cambiar el plástico, es cambiar la mentalidad. Y mientras el cerebro institucional siga desconectado, no importa cuántos códigos de seguridad tenga el documento: seguirá siendo el mismo reflejo de un sistema que no sabe reconocer a su propia gente.
La nueva cédula es una casa recién pintada sobre cimientos podridos. Brilla por fuera, pero por dentro sigue igual.
Por Ann Santiago
