La muerte del papa Francisco a los 88 años marca el cierre de un pontificado singular, pero también el inicio de un proceso profundamente simbólico donde se entrelazan liturgia, diplomacia, sucesión y comunicación estratégica. El duelo colectivo activa una narrativa histórica que toca fibras personales y colectivas, y proyecta preguntas cruciales sobre el futuro de la Iglesia y su rol en el mundo.
Aunque no profeso la fe católica, soy miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, guardo un profundo respeto por todas las religiones. En particular, la Iglesia Católica me ha permitido forjar lazos entrañables con personas que viven el discipulado de Jesucristo con admirable coherencia. Esa cercanía espiritual y humana me lleva a observar este momento con empatía, curiosidad y un enfoque comunicacional.
Más allá de ser jefe de Estado del Vaticano, el papa es líder espiritual de 1,400 millones de personas y una figura de autoridad moral con influencia global. Su muerte no es solo una pérdida para los fieles, sino también una pausa institucional que redefine el rumbo de una de las organizaciones más antiguas y complejas del planeta.
Fiel a su estilo sencillo, Francisco eligió una despedida coherente con su visión pastoral: ataúd de madera con zinc, sin catafalco, y entierro fuera del Vaticano, en la Basílica de Santa María la Mayor. Son gestos que, más allá de lo ceremonial, transmiten un mensaje claro sobre humildad y propósito.
La elección del nuevo pontífice recae en el Colegio Cardenalicio, conformado por 252 miembros, de los cuales solo 138 tienen derecho a voto por ser menores de 80 años. Todos son hombres designados por papas anteriores. El cónclave se celebra a puerta cerrada en la Capilla Sixtina y las votaciones pueden durar días. El único signo visible para el mundo exterior es el humo que surge: negro si no hay consenso, blanco si ya lo hay.
Aunque cualquier hombre católico bautizado puede ser elegido, en la práctica, el escogido suele ser uno de los cardenales. De los 266 papas de la historia, 217 han sido italianos. Francisco rompió el molde al convertirse en el primer papa latinoamericano, un gesto que amplió la mirada de la Iglesia hacia otras geografías y sensibilidades.
Cada transición papal redefine más que una figura. Reconfigura el tono pastoral, las prioridades doctrinales y la manera en que la Iglesia dialoga con el mundo contemporáneo. ¿Será un papa de continuidad o de cambio? ¿Más político o más espiritual? ¿Más doctrinal o más pastoral?
Porque no solo muere un papa. Se reinicia una narrativa. Y aunque el humo blanco pueda anunciar cuándo hay un nuevo pontífice, solo el tiempo dirá qué tipo de liderazgo encarnará.
Por: Lasey Batista Díaz.
