RESUMEN
Con esa fustigadora expresión, cargada de indignación, reaccionó mi maestra de sintaxis, ante el recibimiento de mi parte, de una imagen de un certificado que acababa de recibir, fruto de un taller de Ortografía y Redacción que realicé recientemente en una institución pública de renombre de este país.
Esa imagen llevaba consigo la siguiente inscripción: ¡Qué paradoja! ese es mi certificado, fruto de un taller de Ortografía en INFOTEP. A lo que la experta en lingüística respondió con esa expresión que sirve de título a esta cuasi alerta ortográfica. Y no es para menos, ya que el susodicho certificado vergonzosamente está plagado de faltas tipográficas, gramaticales y ortográficas.
Por consiguiente, resulta penoso que, tanto los descuidos como el desprecio, diría yo, hacia la escritura adecuada de nuestra lengua española, se vean reflejados –y cuasi legitimados– no solo en los medios de comunicación dominicanos, especialmente en la mayoría de los periódicos –en su formato digital– sino, además, en las páginas web de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, (UASD); y en la del Ministerio de Educación de la República Dominicana (MINERD); por solo citar dos ejemplos.
Pero lo más preocupante emana de los certificados que emiten estas instituciones –agreguemos en esta parte al Ministerio de Educación Superior Ciencia y Tecnología MESCyT), y, por qué no, también al Instituto de Formación Técnico-Profesional (INFOTEP), donde el criterio de «normas ortográficas» brilla por su ausencia. Es penoso y hasta vergonzoso, observar tantas faltas a la ortografía en un documento, que en el mayor de los casos no excede las cincuenta palabras.
En ese sentido, conceptos elementales como, por ejemplo, *«EDUCACION»; *«ORTOGRAFIA»; *«REDACCION»; *«BASICA»; y nombres comunes y cotidianos como *«JOSE»; *«RAMON»; *«RODRIGUEZ»; entre otros, aparecen escritos a diario de esta forma en documentos y certificados de estas instituciones que acabo de mencionar, sin que nadie en particular muestre la más mínima preocupación por solucionar esta situación, que degrada de plano la imagen de esas academias, principalmente la de la universidad estatal.
Lo que se puede deducir a simple vista, haciendo un análisis deductivo escueto, es que quienes laboran en las áreas de registro de esas instituciones, no poseen ni siquiera el conocimiento básico o elemental de las normas gramaticales, ortográficas ni sintácticas de su lengua materna. Es lo que en términos filosóficos se conoce como «analfabetos o analfabetas funcionales». Parece paradójico, finalmente, que una institución educativa ponga en peligro su prestigio de esa forma; no obstante, lo más preocupante aun, es que no exista nadie en particular a quien le preocupe tan vergonzosa situación, en pleno siglo XXI.
Por José Santana
