RESUMEN
El día 13 de los corrientes, el gobierno presentó con gran despliegue mediático la inauguración de un nuevo almacén de carga courier en el Aeropuerto Internacional Las Américas (AILA), para el manejo de mercancía comprada por internet. En dicho acto inaugural se habló de “una gran obra de la gestión”, de “un ejemplo para el mundo” y de “un hito de la dominicanidad para las próximas décadas”.
Pero, más allá de las palabras y las cintas cortadas, algo no ajusta con la realidad ya que esta infraestructura no es una inversión pública, sino una obra financiada íntegramente por el sector privado, en el marco de la concesión aeroportuaria.
Este almacén, de 4,858 metros cuadrados, cuya inversión asciende a la suma de diez millones de dólares, permitirá procesar más de cuatro millones de paquetes adicionales al año, aumentando en un 186 % la capacidad operativa de paquetería exprés.
Esto es verdad. Lo que no es verdad es son que los fondos provienen del gobierno, sino, que esto es proveniente del sector privado, posiblemente de las empresas concesionaria privada de los aeropuertos —AERODOM, del grupo VINCI Airports— como parte de las obligaciones adquiridas en la renegociación del contrato de concesión, extendido hasta 2060.
Renegociación que ingresó al Estado un pago inicial de 775 millones de dólares, a cambio de décadas adicionales de operación privada, y el compromiso de inversiones cercanas a los 830–850 millones de dólares en las terminales aeroportuarias.
Precisamente, colegimos que de ese marco contractual es que surgen proyectos como este almacén courier. Esto no representa ninguna partida presupuestaria gubernamental para la construcción. Ni la Dirección General de Aduanas invirtió un solo centavo en la obra civil. Su papel, legítimo pero distinto, es el de usar y operar parte de la instalación para agilizar procesos
Las alianzas público-privadas son mecanismos válidos para modernizar infraestructura sin recurrir a recursos fiscales inmediatos. El problema no está en que la obra sea privada. El problema es la forma en que se comunica, se presenta como un logro propio del gobierno, con discursos que invisibilizan al verdadero inversionista y que, en la mente del ciudadano, quedan asociados a “la obra del presidente” o “la inversión de la DGA”. Vendido en una narrativa que, en este caso, se aleja de la transparencia y se acerca peligrosamente a la apropiación política de méritos ajenos.
Peor es aún que, durante se celebran con bombos y platillos un almacén courier, se acumulan los pendientes de inversiones que sí resultarían impactante para el pasajero de forma directa, así como para el comercio exterior, así como mejoras integrales de las terminales, modernización de áreas de embarque, ampliaciones prometidas y mantenimiento de infraestructura crítica.
Suponemos todos en el país que el concesionario que construyó esta nave logística, entregó al Estado una suma extraordinaria por la extensión del contrato; pero la percepción ciudadana es que poco se ha invertido en acondicionar y modernizar los aeropuertos del país.
La transparencia no es opcional en gestión pública ni en política. Si una obra la paga el sector privado, debe decirse con la misma claridad con que se anuncian las cifras de capacidad o de paquetes procesados. Al inaugurar un proyecto como resultado de una concesión, debe informar al país cómo funciona esa concesión, quién pone el dinero, qué compromisos asume, y qué beneficios reales y medibles recibirá la población. De lo contrario, la “gran obra de gobierno” no es más que un acto de relaciones públicas financiado con el esfuerzo de otros.
Estamos totalmente identificados con la modernización logística del país se trata de un objetivo legítimo y necesario. Pero su éxito no dependerá de fanfarrias ni de cintas cortadas, sino de resultados medibles, de cronogramas cumplidos y de una comunicación honesta que no confunda inversión privada con gasto público.
Entiendan de una vez que al final, la credibilidad de una gestión se mide también por su capacidad de reconocer, sin complejos, cuándo un logro no es suyo.
Por: José Peña Santana
