En pleno siglo XXI, vivimos bajo la constante sensación de no tener tiempo. El trabajo nos consume, las notificaciones en nuestros dispositivos electrónicos no cesan, el algoritmo nos atrapa y la agenda está siempre llena. Sin embargo, hace más de dos mil años, el filósofo estoico Séneca ya advertía: “No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho”. Hoy, esa advertencia resuena con una urgencia nueva. No vivimos una escasez de tiempo real, sino una crisis de enfoque, propósito y dirección.
Vivimos en un sistema que premia la productividad por encima del bienestar, la inmediatez sobre la profundidad, y la conexión constante sobre la presencia real. Las redes sociales, los correos electrónicos, las series interminables y la cultura de la multitarea han convertido nuestra atención en un recurso fragmentado. La economía de la atención, como la han llamado algunos autores, se nutre de nuestra incapacidad para estar presentes.
Las grandes plataformas tecnológicas invierten millones en mantenernos enganchados, no porque se preocupen por nuestro bienestar, sino porque somos el producto. Mientras más tiempo pasamos desplazándonos por pantallas, menos tiempo invertimos en nuestras relaciones, en el autoconocimiento o en el desarrollo de un propósito de vida. Frente a este escenario, la solución no es “tener más tiempo”, sino usar mejor el que ya tenemos. Y para eso, necesitamos recuperar el sentido del propósito.
¿Por qué hacemos lo que hacemos cada día? ¿A dónde estamos yendo con nuestras decisiones? ¿Vivimos la vida que realmente queremos, o simplemente respondemos a las urgencias que otros nos imponen? Un propósito claro actúa como brújula. Nos ayuda a decir no a lo irrelevante, a enfocarnos en lo esencial y a encontrar sentido incluso en las tareas más simples.
Ante un panorama tan lúgubre y poco prometedor, muchas personas han encontrado un propósito para vivir con equilibrio y plenitud a pesar de la vorágine que impone el sistema moderno. Han decidido resistir las tentadoras ofertas del entretenimiento abundante y banal para ir en búsqueda de una existencia con sentido y que trascienda su paso por el plano terrenal, y no estamos proponiendo vivir un estilo de vida ermitaño o asceta, sino mas bien conscientes del privilegio de la vida y sus infinitas posibilidades.
A continuación quiero compartirles algunas aplicaciones practicas que cualquier persona con legitimo deseo puede asumir para alcanzar el fin supremo; una vida con sentido.
- Practica la planificación consciente
Comienza cada día con intención. Define las tres cosas más importantes que deseas lograr y asegúrate de que estén alineadas con tus valores personales. Pregúntate: ¿esto me acerca o me aleja de mi propósito de vida? - Desconéctate para reconectar
Establece momentos sin tecnología: al despertar, durante las comidas y antes de dormir. Usa ese tiempo para leer, reflexionar, escribir, conversar o simplemente estar presente. - Haz una auditoría de tu atención
Durante una semana, anota en qué ocupas tu tiempo. Te sorprenderá ver cuántas horas se van en actividades sin sentido. Reemplaza el scroll (desplazarse por la pantalla de algún dispositivo inteligente) infinito por lectura intencional, conversaciones significativas o silencio reflexivo. - Cultiva relaciones profundas
La vida no se mide por likes (me gusta) sino por vínculos reales. Invierte tiempo en personas que te inspiran, que te aman y a quienes puedes aportar. Las relaciones auténticas nos enraízan en lo verdaderamente importante. - Alimenta tu mente y espíritu
La filosofía, la literatura, la espiritualidad o el arte no son lujos, sino necesidades del alma. Dedica tiempo semanalmente para nutrirte con contenido que te eleve y te haga pensar en el largo plazo. - Aprende a decir NO
Cada vez que dices sí a algo que no importa, estás diciendo no a algo valioso. Séneca ya advertía que quienes no tienen un rumbo claro terminan siendo esclavos de los deseos y agendas de otros. - Redefine el éxito
¿Qué es el éxito para ti? El sistema te dirá que es tener, ganar, mostrar. Pero tal vez para ti sea ser, vivir y amar. No hay nada más revolucionario que definir tu propio camino.
Séneca no hablaba desde el resentimiento del que ha perdido tiempo, sino desde la sabiduría del que ha aprendido a valorarlo. En un mundo que nos invita a correr sin dirección, a consumir sin medida y a distraernos sin descanso, su mensaje es más vigente que nunca. No se trata de eliminar todas las distracciones, ni de vivir en un retiro permanente, sino de recuperar el timón de nuestra existencia.
No dejes que el sistema moderno viva por ti. Toma conciencia, haz pausas, elige con intención y construye una vida que valga la pena ser vivida. Porque el problema no es el poco tiempo. Es lo mucho que lo dejamos escapar sin darnos cuenta.
El autor es catedrático y consultor empresarial.
Por: Andrés Rojas, MBA.
