El universo observable no es solo grande; es descomunal. Su escala no desafía únicamente a la imaginación, sino también a nuestro sentido de importancia. En la Vía Láctea —una galaxia absolutamente ordinaria— existen aproximadamente 3.2 billones de planetas. Nuestro Sol, al que instintivamente concedemos un rol central, es apenas una estrella promedio entre más de 200 mil millones. Y la Vía Láctea, lejos de ser excepcional, es solo una entre dos billones de galaxias en el universo observable.
En ese escenario colosal, la Tierra ocupa una posición casi insignificante: un pequeño planeta azul orbitando una estrella común, ubicado en un brazo periférico de una galaxia cualquiera. Desde una perspectiva cósmica, no somos visibles, no somos centrales y no somos necesarios.
Y sin embargo, el ser humano insiste en comportarse como si lo fuera todo.
Aquí es donde la célebre reflexión de Carl Sagan sobre el “Pálido Punto Azul” se vuelve incómodamente reveladora. Cuando la sonda Voyager 1, desde miles de millones de kilómetros de distancia, captó aquella imagen de la Tierra como un diminuto punto suspendido en un rayo de sol, Sagan escribió:
“Miren ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros.”
En ese punto casi invisible han ocurrido todas las guerras, todas las religiones, todos los imperios, todos los amores, todos los miedos y todas las esperanzas. Cada rey y cada campesino, cada héroe y cada cobarde, cada civilización que creyó ser eterna, vivió y desapareció allí. No hay privilegios cósmicos. No hay excepciones.
Esta perspectiva cósmica revela una verdad dolorosa pero liberadora: no somos el centro del universo.
Poder, ego y caída: el caso de Nicolás Maduro
Un ejemplo contemporáneo de cómo el ego desproporcionado y la acumulación de poder pueden corroer no solo sociedades enteras, sino también a quienes los ejercen, es el caso de Nicolás Maduro, expresidente de Venezuela. Tras años en el poder, caracterizados por la acumulación de autoridad, riqueza y control político absoluto, Maduro fue capturado por fuerzas estadounidenses en Caracas y trasladado a Nueva York para enfrentar cargos federales por narcotráfico, conspiración y otros delitos graves.
Durante décadas, Maduro consolidó su poder político y económico en Venezuela mediante un ejercicio autoritario del Estado, reprimiendo disidencia, debilitando instituciones y acumulando control sobre recursos estratégicos. En el proceso, la crisis humanitaria, la emigración masiva y el sufrimiento de millones de venezolanos se convirtieron en realidades cotidianas. – Finalmente, tras ser acusado de participar en redes de narcotráfico internacional y vínculos con grupos criminales, su caída fue tan abrupta como su mandato había sido inapelable.
Este desenlace —quien fuera símbolo de poder absoluto hoy respondiendo ante un tribunal extranjero— constituye una metáfora contemporánea de la fragilidad humana ante el ego desmedido. No importa cuán alto se ascienda, la historia muestra que los excesos —especialmente cuando se ejercen en detrimento de otros— a menudo terminan en consecuencias profundas y, en algunos casos, humillantes.
Aceptar nuestra pequeñez no debería humillarnos; debería liberarnos. Nos libera de la necesidad de competir constantemente por relevancia, de creernos indispensables, de imponer nuestra voluntad como si fuera ley universal. Nos devuelve a una verdad esencial: no somos dueños del planeta, somos huéspedes temporales. Nuestra existencia es breve, frágil y compartida.
La verdadera expansión humana no proviene de inflar el ego, sino de reducirlo. Solo cuando entendemos que somos una parte diminuta de una totalidad inmensa, comenzamos a actuar con mayor responsabilidad, compasión y humildad. No estamos solos en este instante cósmico: coexistimos con otros seres humanos que sienten, aman, temen y buscan sentido exactamente igual que nosotros.
No somos “la gran cosa” en términos cósmicos. Pero somos algo extraordinario: conciencia en medio del vacío, pensamiento en medio de la materia, asombro en medio del silencio.
Como también dijo Carl Sagan, en una frase que resume esta paradoja con elegancia:
“Somos una forma en la que el universo se conoce a sí mismo.”
El autor es catedrático y consultor empresarial.
Por: Andres Rojas, MBA
