RESUMEN
Por Borja Medina Mateo
Se cumple una semana del apabullante triunfo de Donald J. Trump en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos de América. En ningún momento del proceso de escrutinio se dieron las tensiones pronosticadas por diferentes medios y personalidades. El presidente electo impuso su victoria sin dejar el menor espacio a la duda o a cuestionamiento alguno. Su elección se da rebosante de legitimidad.
Me encontraba en Washington D.C. el día de las elecciones, pude ver como se desplazaban los ciudadanos a ejercer el derecho al voto, como operaron las autoridades y las misiones de observación electoral. El ambiente era tenso. Le preguntaba a las personas cuál era su preferencia o decisión y la mayoría, u ocultaba o rehuía, en afirmar que iban a votar o habían votado por Donald Trump.
¿Cómo se llega ahí? ¿Cómo es posible que gane alguien que las personas temen decir que lo prefieren? Más aún, cuando mediáticamente se pretendió construir la idea de que iba a perder por estrecho margen. Es decir, casi todos los medios e influenciadores cerraron filas a favor de la candidata del Partido Demócrata.
Desde nuesta óptica, luego de conversar con decenas de estadounidenses, fue una cadena de hechos que colocó al presidente Trump en el imaginario colectivo como una “necesidad” para afrontar la crisis que vive ese país.
Todo inició dos años atrás, cuando antes de abrirse la campaña electoral el presidente electo comenzaba a enfrentar acusaciones por diferentes causas. Desde ahí se podía inferir que tanta “persecusión” proseguía un fin ulterior: detener el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Se aumentaron estas tensiones cuando se debatía si comparecería ante el tribunal de Nueva York o no, si sería detenido, apresado o no, en fin, una buena parte del tiempo preelectoral se concentró en el destino del expresidente. Así transcurrió hasta el final.
Un momento estelar de primer orden es cuando finalmente fue detenido y fotografiado, su imagen se hizo viral en segundos. Con cara de “tipo malo”, bien vestido y acicalado, lucía como los típicos personajes de Hollywood que, a pesar de sus travesuras, su audiencia lo admira. Evidentemente, su campaña le sacó provecho a ese episodio para pontenciar la figura ya construída de alguien que siempre se sale con la suya, o sea, que tiene éxito en sus pretensiones.
Mientras tanto, desde la acera demócrata, se proyectaba la imagen de un presidente decaído, desmemoriado y que cada vez más se mostraba no apto para continuar al frente de tan importante cargo. Esto unido, a su vez, a que al interior del Partido Demócrata todos hablaban lo mismo, pero nadie se atrevió a sacar la cabeza. Tal vez, en cumplimiento de una máxima de la vieja política.
Aquello quedó sentenciado ante la población en otro momento trascendental: el debate de junio, Trump Vs. Biden, donde el actual presidente tuvo un desempeño lastimoso. A tal punto, que el pueril argumento sobre que la edad avanzada del presidente era una desventaja, pasó a otro plano y lo que quedó en el ambiente fue la evidencia de un presidente prácticamente incapaz de dirigir dicha nación. No podía hilvanar las ideas y la defensa de sus propias ejecutorias de gobierno fue pobre. En fin, como resultado de eso, con más dignidad que vergüenza, Joe Biden se retira de la contienda.
Su nueva contrincante generó expectativas de triunfo. Se hablaba de que se convertiría en la primera mujer presidente de Estados Unidos. Pero, aparentemente, el único recurso de que disponía en su estrategia de campaña era el ataque.
En una campaña es importante atacar al contrario, más aún, si lo que se pretende es crecer. Sin embargo, es una herramienta que se agota, y más rápido, cuando estar bajo ataque es el habitat natural del adversario. Por tanto, en 107 días de campaña, la candidata demócrata no supo redirigir la estrategia hacia un enfoque de esperanza y unidad, pues, al final, cuando sobreatacas en una campaña electoral haces la publicidad gratuita del contrario y este, en consecuencia, se convierte en la víctima.
Así ocurrió en el debate. La vicepresidenta se concentró en aprovechar la ocasión para demostrar que era lo suficientemente fuerte para enfrentar al “tipo malo”. Y éste, al mismo tiempo, usó ese escenario para decir que en Springfield “los inmigrantes se están comiendo los perros y los gatos”. Una forma sardónica pero atractiva de colocar los temas de interés colectivo como: inmigración ilegal, inseguridad, carestía de alimentos, etc. Eso lo convirtió en un momento estelar de la pasada campaña.
Ha de suponerse por el título que este artículo incluiría el atentado en el que resultó herido el presidente electo. Más que de un momento estelar, se trata de un hecho insólito. En esa ocasión, 13 de julio de 2024, también me encontraba en Estados Unidos y recuerdo que le dije a dos amigos: acaba de ganar Donald Trump.
Lo creí así porque en una campaña en la que los expectadores, seguidores, militantes, fanáticos o simples votantes recurren a la violencia y hasta atentar contra la vida de un candidato, generalmente, la víctima ha salido triunfante. Esto así porque la ciudadanía actúa como reflejo de sus líderes, si se muestran desesperados así actuarán los seguidores, igualmente, si tienen expresiones de odio, quienes observan actuarán con violencia. Además, es bien sabido que las campañas despiertan emociones, al margen del personaje, quien resulte víctima de un atentado de muerte va a mover a la solidaridad y a la compasión de las personas.
En todo caso, Donald Trump aplicó la misma estrategia de su primera campaña: subir al cuadrilatero electoral, mantenerse en movimiento y siempre responder más duro el golpe del adversario. Le tocó reír de último y ganó. Esto es lo que casi siempre ocurre cuando, en política, lo natural es ser atacado con saña, sin clemencia y sin parar. Uno se acostumbra a responder con más fuerza.
El presidente Trump es un candidato atípico, astuto y ágil en aplicar su personaje al momento. En la pasada campaña supo colocarse como un experto en generar riquezas y prosperidad; en esta contienda adaptó su imagen al “chico rudo con el que las potencias en conflicto temen pelear” y que, por consiguiente, puede proteger y/o dar la seguridad que el pueblo estadounidense exige en la actualidad sobre diversos temas. En las campañas de hoy, más cuando se trata de un figura repetida, vale más una estrategia de comunicación actualizada que mil desplazamientos en el territorio. Donald Trump lo entendió y vuelve al despacho oval.
Al final, un presidente hábil que no adapta su imagen a las circunstancias, por más idóneo que sea, es dificíl que pueda volver.
