RESUMEN
La milicia es la profesión más parecida a la diplomacia. Carreras donde el honor, la disciplina y a preparación trillan el camino del éxito. Pero también, es relevante comprender la dinámica de su operatividad, para su desempeño óptimo. Por esa razón, la combinación en trabajos cotidianos de militares y diplomáticos encajan con certeza.
En cambio, en ocasiones, difieren en las formas. Los diplomáticos contamos con planes, ideas y flexibilidad de tales. Por su parte, los militares observan objetivos, ejecutan y la flexibilidad puede ser escaza. Sin embargo, ambos convergen en el respeto a cabalidad de los niveles jerárquicos.
Los militares son conocidos por hablar poco. Los diplomáticos por decir mucho en escuetas palabras. De ser de carrera, los militares tienen alto sentido de la prudencia. Los diplomáticos, al ser de carrera hacen del tacto su escudo por excelencia.
En efecto, sería fácil para un diplomático o militar intercambiar funciones. Eso, simplemente, por la calidad intelectual que alcanzan a lo largo de sus estudios que les provee de experiencias definidas para diseñar estrategias idóneas. Un ejemplo por excelencia de esto es el coronel español Pedro Baños, quien ha sido un referente mundial en geopolítica.
Los militares son garantes del mantenimiento de la paz. Los diplomáticos promueven un diálogo que evita confrontaciones innecesarias. De manera que, un gobierno con militares fuertes pudiera tener una diplomacia frutífera. Pero, un gobierno con frágil diplomacia y una milicia débil generaría un caos; por tanto, sería importante impulsar un balance entre ambas profesiones.
Indiscutiblemente, para concebir la milicia hay que vivirla en la práctica. Por el contrario, la diplomacia, para su comprensión, hay que sufrirla a pesar del dulce sabor que produce el deber complido satisfactoriamente durante cualquier reunión de trabajo. Cada cual, desde su perspectiva alejada en teoría, pero a la misma vez, tan cerca respecto a los valores compartidos.
En sus estructuras, la verticalidad actúa como si fuese un elemento indispensable. Y aquellos que desconozcan este principio esencial como pilar fundamental para su desenvolvimiento, sencillamente tiene pocas posibilidades de prolongar una carrera digna en el tiempo. Esto, porque en la escala de mando, la insubordinación paga un precio bastante elevado.
A los militares y diplomáticos lo condecoran como fruto del encomiable esfuerzo ante sus respectivas misiones. Pero ese reconocimiento, es un reflejo del sacrificio realizado con la única finalidad de mantener intacta la integridad y soberanía del Estado al que representan. Y, solamente el coraje y el firme compromiso personal viabilizan tal posibilidad.
En definitiva, ante un mundo complejo como el actual, si bien es cierto que una diplomacia proactiva incrementa la influencia de un Estado, no menos cierto es que, una milicia altamente adiestrada y orientada a resultados palpables defiende integralmente los intereses generados en virtud de tal influencia; por consiguiente, la mezcolanza de estas profesiones combinará casi a la perfección en los momentos que la ocasión lo amerite.
Finalmente, diplomacia sin conocimiento militar sería como la milicia sin vocación de servir. Sencillamente algo impensable.
Por Nelson J. Medina
