RESUMEN
Hay un cansancio que se está metiendo en la sangre de este país. No es físico. No es por falta de sueño. Es ese agotamiento que se siente cuando uno vive rodeado de tragedias y aun así tiene que seguir fingiendo normalidad. Como si el dolor fuera parte del clima. Como si no estuviéramos viendo —de frente— que algo aquí se está desmoronando sin pedir permiso.
Hace unos días, en Santiago de los Caballeros, asesinaron a Jennifer Altagracia Rodríguez, 36 años, madre de tres. Había regresado de Estados Unidos hacía una semana. Salió con su esposo a una plaza y nunca volvió. Una bala. Un asalto. Tres niños huérfanos. Un país que sigue su vida como si la muerte no tuviera peso.
Mientras esa noticia daba vueltas, en Brisas del Este, Santo Domingo, otro horror golpeó a la gente: María Morillo Morillo, de 45 años, y su hija Elisabeth, de apenas 17, fueron asesinadas dentro de su casa. El presunto responsable fue arrestado. Dos vidas truncadas en un espacio que se supone seguro: el hogar.
Y no pasó mucho tiempo antes de que otro nombre apareciera: Luciano Custodio Figueroa, asesinado durante un asalto en El Cachón de La Rubia. Un joven cuya vida se terminó en cuestión de segundos. Dos imputados, tres meses de prisión preventiva. Un expediente que avanza. Un muchacho que no vuelve.
Todo eso es de este mes. De la última semana. De ayer. De hoy.
Sin embargo, la reacción colectiva no cambia: dolor breve, indignación pasajera, un suspiro, un comentario, un scroll. Y seguimos.
El país está entrando en una fase peligrosa: la fase de la costumbre. Esa etapa en la que la violencia deja de estremecer, deja de doler como debe, deja de sacudir conciencias. Un territorio emocional donde los muertos llenan titulares, pero no conversaciones; donde las madres entierran a sus hijos sin que la sociedad se detenga; donde la muerte ajena se vuelve paisaje.
No debería ser así.
No podemos permitir que sea así.
La República Dominicana está registrando más de 80 homicidios por mes. Los feminicidios siguen ocurriendo a un ritmo que muestra que la intimidad, para muchas mujeres, es una zona de guerra. Las familias están siendo atravesadas por balas, por machetes, por asaltos torpes, por violencia que no tiene freno. Y nosotros estamos aprendiendo a convivir con eso como si fuera parte de nuestra identidad.
Este texto no es para sumar otra opinión al ruido.
Es una alarma. Un sacudón. Un golpe en la mesa.
Porque cada nombre que aparece en un titular es una vida que se apagó en un país que se acostumbró a mirar para otro lado. Cada cuerpo que cae es una señal de que algo falló: el sistema, la comunidad, la autoridad, la conciencia.
No podemos seguir caminando como si nada.
No podemos seguir creyendo que basta con tener suerte.
No podemos seguir llamando “normal” a lo que nos está destruyendo.
Mientras tú lees esto, en algún lado alguien más está cayendo.
Y eso debería importarnos mucho más de lo que nos está importando.
Por Ann Santiago
