RESUMEN
Desde los tiempos de nuestros antepasados, el miedo ha sido nuestro más fiel, aunque incómodo, compañero. Es un sistema de alarma primario, grabado a fuego en nuestra biología, que nos empuja a la acción cuando un peligro real acecha. Ese rugido ancestral, que nos alerta de un precipicio o de una amenaza inminente, es la voz de la supervivencia, la herramienta que nos ha traído hasta aquí. Es el centinela que nos dice: «¡Detente! ¡Mira! ¡Actúa!»
Pero, ¿qué sucede cuando ese mismo guardián se convierte en un parásito silencioso? ¿Cuándo su voz resuena en nuestra mente, no ante un tigre al acecho, sino ante sombras que ni siquiera existen? Ahí radica la gran paradoja del miedo en nuestra vida. Nuestro cerebro a menudo no distingue entre el miedo real o imaginario.
Es en este punto donde el miedo deja de ser una brújula útil y se transforma en una «deuda cognitiva», una factura imaginaria que pagamos por adelantado con nuestra paz, nuestra energía y, lo más doloroso, con fragmentos de nuestra propia vida. Nos endeudamos con escenarios catastróficos que rara vez se materializan, hipotecando nuestro presente a un futuro incierto y a menudo inexistente.
Asimismo, la Biblia aborda el miedo de dos maneras principales: como un «espíritu de cobardía» que debe ser vencido por la confianza en Dios, y como el «temor del Señor», un temor saludable que es el principio de la sabiduría y lleva a la obediencia y la reverencia”.
Si hiciéramos un balance de los últimos cinco años, ¿cuántas de esas intensas preocupaciones, de esos «por si acasos» que nos robaron el sueño y nos paralizaron, realmente se concretaron de la manera que temíamos?
Distinguidos lectores, soy fiel testigo de que la mayoría de nuestros miedos son pronósticos fallidos. Son como proyectos que nunca se ejecutaron, pero por los cuales ya pagamos el costo de la ansiedad, el estrés y las oportunidades perdidas.
Conversaba con una amiga que había conocido de cerca esta deuda (miedo), en tiempos atrás, sentía que había dejado de ser. El miedo te roba la espontaneidad, la audacia y la alegría de simplemente ser.
«Vivir con miedo nos aleja de vivir plenamente».
Durante mucho tiempo, el miedo al qué dirán, a qué pensarán, a las críticas, me mantuvo en una jaula invisible. Pero comprendí algo fundamental: ese miedo no es un muro, es una brújula oculta, un dedo que apuntaba directamente hacia dónde está mi verdadera voz, mi verdadero propósito.»
«Entiendo que el miedo más profundo no es a fracasar, sino a ser completamente yo misma. A desplegar nuestras alas y descubrir que podemos volar, lo que inevitablemente nos saca de la zona de confort y desafía las expectativas de otros. Pero lo que sí te puedo asegurar es que vivir con miedo nos aleja de vivir plenamente. Hay que liberarse de esas ataduras que no nos dejan vivir.»
Por Evelin Peguero
@evelinpolin
