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17 de marzo 2026
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OpiniónAnna HernándezAnna Hernández

Meta RD 2036: El desafío de convertir el crecimiento en desarrollo

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RESUMEN

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La República Dominicana ha puesto sobre la mesa una de las apuestas de desarrollo más ambiciosas de su historia reciente, Meta RD 2036. Una iniciativa que busca convertir al país en una economía plenamente desarrollada en poco más de una década. Como ocurre con muchos grandes planes nacionales, detrás de esta meta existe una promesa implícita: que, si el país crece lo suficiente, el bienestar terminará reflejándose en las condiciones de vida de la población. La experiencia internacional, sin embargo, demuestra que esa relación no siempre es automática.

Meta RD 2036, que aspira a convertir al país en una nación plenamente desarrollada en unos diez años, se inscribe en esa tradición de planes de desarrollo basados en el crecimiento económico. En el caso dominicano, el país ha registrado un dinamismo económico importante en las últimas décadas, pero también enfrenta la necesidad de impulsar reformas estructurales de segunda generación para no quedar atrapado en el estancamiento propio de las economías de ingreso medio. En ese contexto, Meta RD 2036 se presenta a través de un conjunto de metas e indicadores que buscan orientar el rumbo del desarrollo.

Sin embargo, el verdadero reto de Meta RD 2036 no es definir metas macroeconómicas más altas, sino garantizar que ese crecimiento sea socialmente viable, territorialmente equilibrado y resiliente en el tiempo. Ahí es donde el debate se vuelve más complejo y relevante. En términos técnicos, el planteamiento es coherente. En términos políticos, es ambicioso. En términos sociales, todavía es incompleto.

El límite del enfoque macro: crecer no garantiza transformar

El principal riesgo de Meta RD 2036 no es su orientación al crecimiento, sino su dependencia excesiva de promedios nacionales como señal de éxito. Un país puede duplicar su PIB y, aun así:

  • Mantener brechas territoriales persistentes.
  • Reproducir desigualdades intergeneracionales.
  • Mejorar indicadores promedio mientras amplios grupos sociales quedan rezagados.
  • Aumentar ingresos sin mejorar dimensiones clave como la seguridad, los cuidados, la calidad educativa o la salud preventiva.

El desarrollo sostenible e inclusivo no se mide solo en cuánto crece la economía, sino en cómo se distribuyen las oportunidades a lo largo del ciclo de vida.

Meta RD 2036 reconoce resultados sociales importantes (reducción de pobreza, expansión del seguro de salud, avances en educación técnica), pero no termina de responder una pregunta clave:

¿Cómo se transforman las trayectorias reales de las personas para que esas metas sean alcanzables y sostenibles en el tiempo? Ahí aparece una de las brechas más relevantes del plan.

 

La ausencia de un enfoque explícito de ciclo de vida

El documento de Meta RD 2036 menciona el capital humano como eje del crecimiento, pero lo aborda principalmente desde sus determinantes agregados y menos desde las trayectorias sociales que lo configuran a lo largo del tiempo. Lo que falta es un enfoque de ciclo de vida que conecte de manera explícita:

  • La primera infancia y el aprendizaje temprano.
  • Las transiciones educativas y laborales en la juventud.
  • Las trayectorias de empleo, cuidados y productividad en la adultez.
  • El envejecimiento, la dependencia y la protección social en la vejez.

Estos elementos no son accesorios. Constituyen condiciones estructurales para sostener el crecimiento de largo plazo. Por ejemplo, no se alcanzan nueve años efectivos de aprendizaje sin intervenir de forma decisiva en la calidad educativa temprana y secundaria, ni es posible avanzar hacia una formalidad laboral del 60% sin abordar de manera estructural la economía del cuidado, especialmente para las mujeres.

Del mismo modo, el crecimiento difícilmente puede sostenerse sin anticipar el envejecimiento poblacional y la presión que este ejercerá sobre los sistemas de salud y seguridad social. Tampoco es posible reducir la pobreza multidimensional sin garantizar acceso efectivo a servicios básicos, vivienda adecuada y condiciones mínimas de seguridad en el territorio.

El desarrollo sostenible no ocurre por cohortes aisladas, sino por acumulación (o pérdida) de capacidades a lo largo del tiempo.

 

Más allá del promedio: cuando el desarrollo no se vive igual

Meta RD 2036 propone duplicar el tamaño real de la economía y mejorar indicadores clave de bienestar: ingreso per cápita, esperanza de vida, formalidad laboral, reducción de pobreza multidimensional, calidad institucional. En términos agregados, la dirección es la correcta. El problema es que los promedios nacionales dicen poco sobre cómo se vive realmente el desarrollo.

Un país puede alcanzar sus metas de ingreso y, aun así, mantener brechas profundas entre territorios, generaciones y grupos sociales. Puede mejorar su productividad mientras amplios sectores siguen atrapados en informalidad, sobrecarga de cuidados, inseguridad vial o alta vulnerabilidad climática. Puede mostrar avances en indicadores sociales sin modificar las trayectorias de vida que los producen.

Uno de los vacíos más relevantes de Meta RD 2036 es que el capital humano aparece como motor del crecimiento, pero rara vez se analiza como una trayectoria que se forma, se acumula y también puede deteriorarse a lo largo del tiempo. Entender el desarrollo desde esa perspectiva implica observar cómo las oportunidades y restricciones se encadenan a lo largo del ciclo de vida de las personas.

Las grandes metas del plan dependen de decisiones que se toman mucho antes de que los indicadores se muevan:

  • La calidad del aprendizaje temprano condiciona la productividad futura.
  • La disponibilidad de cuidados determina quién puede trabajar y en qué condiciones.
  • La salud preventiva define la sostenibilidad del sistema sanitario y del mercado laboral.
  • El envejecimiento poblacional redefine las presiones fiscales y sociales.
  • La resiliencia frente a choques climáticos determina cuántos avances se pierden en cada evento extremo.

Sin una lectura intergeneracional, el desarrollo corre el riesgo de convertirse en un ejercicio contable más que en una transformación estructural.

 

Brechas críticas para un desarrollo social sostenible

Desde una perspectiva intergeneracional y multidimensional, al menos cinco brechas estructurales condicionan la viabilidad de Meta RD 2036.

  1. Gobernanza y capacidad de ejecución: la distancia entre la ambición y los resultados

Uno de los principales desafíos de Meta RD 2036 no reside en la formulación de sus objetivos, sino en la capacidad real del Estado para ejecutarlos de manera sostenida y coordinada.

La experiencia de países de ingreso medio muestra que las brechas más persistentes del desarrollo no se explican por falta de planes, sino por debilidades estructurales en la gobernanza: fragmentación institucional, superposición de competencias, escasa coordinación intersectorial y una débil vinculación entre presupuesto, resultados y rendición de cuentas.

Meta RD 2036 reconoce la importancia de la calidad institucional y de la efectividad del gobierno. No obstante, mientras estos principios no se traduzcan en mecanismos claros de implementación, seguimiento y continuidad más allá de los ciclos políticos, existe el riesgo de que el plan opere como un marco aspiracional sin capacidad transformadora.

El desarrollo no se acelera únicamente con decisiones estratégicas de alto nivel. Se sostiene con capacidades estatales consistentes, previsibles y alineadas en el tiempo.

 

  1. Calidad del aprendizaje: el cuello de botella silencioso del capital humano

La inclusión de los años efectivos de aprendizaje como indicador central constituye uno de los aciertos conceptuales de Meta RD 2036. Sin embargo, también expone una de las fragilidades estructurales más profundas del modelo de desarrollo.

Las brechas entre escolaridad y aprendizaje real no solo afectan los resultados educativos, sino que condicionan la productividad futura, la movilidad social y la capacidad del país para avanzar hacia actividades económicas de mayor complejidad.

Un sistema educativo que logra ampliar la cobertura sin garantizar aprendizajes sólidos genera una ilusión estadística de progreso, pero no el capital humano necesario para sostener un crecimiento basado en innovación y valor agregado. La calidad del aprendizaje no es un resultado tardío del desarrollo, es una condición inicial de su viabilidad intergeneracional.

  1. La economía del cuidado: el motor invisible del desarrollo

Pocas variables influyen tanto en el desarrollo económico y social como la organización del cuidado, y pocas están tan subrepresentadas en los grandes planes macroeconómicos.

Meta RD 2036 fija como meta una formalidad laboral del 60%. Ese objetivo es difícilmente alcanzable si no se reconoce que una parte significativa de la población, especialmente las mujeres, enfrentan restricciones estructurales para participar plenamente en el mercado laboral debido a responsabilidades de cuidado no remuneradas.

El cuidado no es solo un tema social o familiar, es una condición habilitante del crecimiento, ya que afecta la participación laboral, incide en la productividad, determina la calidad del capital humano e influye en la sostenibilidad del sistema de protección social.

En una sociedad que envejece y donde los hogares nucleares pierden capacidad para absorber estas funciones, la ausencia de una arquitectura clara de cuidados no solo reproduce desigualdades, sino que limita el potencial económico del país. Ignorar esta dimensión no reduce su impacto, solo la desplaza hacia la informalidad y la inequidad.

  1. Territorio y acceso a servicios: la geografía de las oportunidades

Otro límite estructural de los enfoques agregados es su incapacidad para capturar las profundas desigualdades territoriales que condicionan el bienestar.

El acceso efectivo a servicios básicos como agua, saneamiento, vivienda adecuada, transporte, salud y educación siguen siendo altamente desigual entre regiones, zonas rurales, áreas periurbanas y territorios fronterizos. Estas brechas no solo afectan la calidad de vida, sino que inciden directamente en la productividad, la salud y las oportunidades de las personas.

Un plan nacional de desarrollo que no incorpore explícitamente esta heterogeneidad corre el riesgo de diseñar políticas funcionales para algunos territorios, pero ineficaces para otros.

El desarrollo sostenible exige respuestas diferenciadas, ancladas en realidades territoriales concretas. Sin esta mirada, las brechas se consolidan y el crecimiento pierde legitimidad social.

  1. Resiliencia: desarrollo que se pierde con cada choque

Otro punto crítico es la resiliencia social y territorial. Meta RD 2036 reconoce la alta vulnerabilidad del país ante choques climáticos y plantea reducirla de forma significativa hacia 2036. Sin embargo, la resiliencia suele abordarse desde la infraestructura dura, dejando en segundo plano sus componentes sociales.

La experiencia reciente muestra que los eventos climáticos extremos no afectan a todos por igual. Golpean con mayor fuerza a quienes viven en viviendas precarias, dependen de ingresos informales, carecen de redes de protección o residen en territorios con servicios limitados.

La resiliencia no es solo la capacidad de resistir un evento, sino la capacidad de no retroceder socialmente después de él. Cada choque climático que empuja a hogares nuevamente a la pobreza interrumpe trayectorias educativas o deteriora la salud, y erosiona silenciosamente los avances del desarrollo. Sin una mirada social de la resiliencia, el crecimiento logrado se vuelve frágil y reversible.

Una meta ambiciosa frente a un desafío estructural

Meta RD 2036 tiene una virtud innegable: pone sobre la mesa una aspiración nacional clara y transformadora. Pero esa misma claridad puede convertirse en su mayor debilidad si el éxito se mide únicamente por el cumplimiento de cifras agregadas y no por la reducción efectiva de las brechas estructurales que limitan el desarrollo.

El verdadero desafío no es alcanzar los indicadores de 2036, sino asegurar que esos indicadores reflejen transformaciones reales en la vida de las personas, a lo largo del tiempo y en todo el territorio, y que dichas transformaciones no dependan exclusivamente de contextos económicos favorables o de ciclos políticos específicos.

Un país no se convierte en desarrollado cuando duplica su PIB. Lo hace cuando:

  • El crecimiento no depende de sacrificar cohesión social.
  • El bienestar no deja territorios ni realidades sociales fuera de la medición y el seguimiento del desarrollo.
  • Los avances no se pierden con cada crisis.
  • Las personas pueden aprender, trabajar, cuidar y envejecer con dignidad, con independencia de su condición socioeconómica.

La viabilidad de Meta RD 2036 dependerá de incorporar esa lectura intergeneracional, territorial y social. De lo contrario, corre el riesgo de ser recordada como un plan exitoso en cifras, pero insuficiente para transformar de manera duradera las bases sociales del desarrollo.

 

Por: Anna Cristina Hernández R.

Economista | Directora General de AHECO Consulting

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