RESUMEN
En los últimos años, muchos países han presenciado un aumento notorio en la frecuencia de marchas y protestas ciudadanas, incluso frente a situaciones que antes no habrían generado movilizaciones masivas. Este fenómeno, podríamos verlo como un instinto efímero de protestar por todo, plantea interrogantes interesantes sobre el papel actual de las protestas sociales y su evolución dentro de democracias más participativas. Resulta útil analizar varios aspectos. Protestación de la vida cotidiana, la reacción emocional inmediata como motor de movilización, saturación que puede deslegitimar protestas, responsabilidad de las instituciones en este desborde, y los posibles caminos para la recuperación de la fuerza simbólica de la calle. A partir de estas cuestiones pudiésemos analizar no solo lo que esta ocurriendo en el presente, sino considerar las futuras implicaciones futuras para la estabilidad de un país.
En muchas ciudades contemporáneas, la marcha ha dejado de ser un acto excepcional y se ha convertido en un instrumento cotidiano de expresión política. Este es un cambio que refleja un aumento en la participación ciudadana, pero al mismo tiempo tiene un comportamiento diluyente con respecto al impacto de las protestas como herramienta extraordinaria. Cuando convertimos el marchar en una rutina, lo que traemos al tablero es una pérdida de fuerza simbólica, puesto que pasa de volverse extraordinario a algo común. De esta manera, la ciudadanía pudiese comenzar a percibir las manifestaciones como un berrinche constante, y no como una señal de urgencia genuina. Esto, sin duda alguna, altera la manera en que son interpretadas las demandas sociales.
Asimismo, el auge de las redes sociales ha impulsado una reacción emocional inmediata ante cualquier situación percibida como injusta. La indignación se contagia con rapidez, generando movilizaciones espontaneas que muchas veces carecen de una demanda clara o de una estructura organizativa sólida. Esto produce protestas llenas de energía inicial, pero con dificultades en el sostenimiento necesario en el tiempo; no articula resultados concretos. Aunque la velocidad de respuesta puede ser positiva, la falta de claridad en los objetivos puede restar legitimidad al movimiento. La protesta se vuelve expresión momentánea más que ejercicio de construcción colectiva.
La saturación de movilizaciones produce un efecto parecido a la constancia del poder. Y es que, son tendentes a la fatiga social. Cuando la gente observa constancia de marchas, empieza a distinguir menos las causas importantes y las que no lo son tanto. Las instituciones, por su parte, se acostumbran al ruido y dejan de sentir presión política real, lo que reduce la capacidad transformadora de la protesta. El exceso de manifestaciones provoca relativización. Cuando todo es crisis, entonces nada parece crisis. Esto fragmenta la atención pública y debilita la eficacia de la simbología.
Sin embargo, reducir el fenómeno a un problema de gente que protesta por todo sería una simplificación absurda. Detrás de este incremento suelen haber fallas profundas en la representación política y en los mecanismos tradicionales de participación. Cuando los ciudadanos perciben que no existen canales confiables para ser escuchados, recurren a la calle como espacio legitimo para hacerse sentir. La proliferación de marchas entonces puede interpretarse como síntoma de instituciones que no están respondiendo en el tiempo adecuado. La protesta constante es, antes que un exceso ciudadano, un indicador de déficit democrático.
El desafío para las sociedades es recuperar la efectividad de las marchas sin llevar al límite el derecho a la protesta. Implica promover movimientos con objetivos claros, liderazgo responsable y articulación entre diversos grupos sociales. También, requiere el fortalecimiento de los canales institucionales para que la protesta no sea la primera ni la única opción de la ciudadanía. Una protesta es posible si se combina con participación social con instituciones que sepan escuchar. Mejor aún, la protesta es efectiva cuando busca precisamente la inclinación de la gobernanza hacia sus demandas. Lo que se percibe actualmente es el amor a la pasión compartida y el deseo de una sociedad que marcha con justificada razón, pero sin saber por qué lo hace.
Si ese patrón de protesta constante se consolida en un país estable, pueden darse efectos tanto positivos como riesgosos. Por un lado, podría surgir una cultura política más activa, vigilante y dispuesta a exigir rendición de cuentas. Sin embargo, también existe el riesgo de que la inflación de protestas desgaste la legitimidad del derecho a marchar y genere un clima de saturación emocional permanente. En el largo plazo, eso deviene en erosión de la confianza institucional, aumento de la polarización y la obstrucción de los mecanismos de consensos. Una sociedad donde todo se protesta no es más que un colectivo ruidoso que carece de eficacia. El reto es equilibrar el valor de la protesta con la necesidad de mantener nuestro sistema funcional y receptivo.
Por Jabes Ramírez
