RESUMEN
Dicen que la empatía es suave. Que es cosa de idealistas, de almas bondadosas que no entienden el filo de la vida real. Pocos ejemplos demuestran lo contrario tan bien como el de Nelson Mandela.
Mandela pasó casi tres décadas encerrado, condenado por defender la igualdad y por soñar con un país donde nadie valiera más por su color de piel. Detrás de los barrotes, descubrió que los muros más altos no eran los de su celda, sino los que crecían entre las personas. Mientras otros solo alimentaban la rabia como motor, él aprendió a mirar al guardia como ser humano, no solo como carcelero. Con cada gesto, sembró una semilla: algún día tendría que sentarse a la misma mesa con quienes lo habían encerrado.
No fue ternura. Fue cálculo humano. Fue diplomacia profunda. Fue un tipo de empatía que no se encuentra en libros de autoayuda, sino que se forja en la soledad y la paciencia.
Cuando finalmente salió, supo que para unir a Sudáfrica tenía que invitar a sus adversarios a gobernar juntos. Había entendido, con el tiempo, que la violencia solo inventa rejas nuevas. La conexión, en cambio, abre puertas que la fuerza nunca rompe.
Hay algo de este espíritu que extraño en nuestras conversaciones de hoy. Discutimos en casa, en la oficina, en la calle o en redes como si solo hubiera espacio para imponerse o rendirse. Mandela demostró que la verdadera victoria está en invitar al otro a sentarse, a hablar, a ser parte de la solución.
Cuando pienso en diplomacia, no imagino solo una mesa elegante ni un papel timbrado. Pienso en Mandela sirviendo té a su antiguo enemigo. Pienso en el padre que, en lugar de gritar, decide escuchar. Pienso en el líder que baja el tono para subir el impacto.
Después de veinte años firmando acuerdos, representando a mi país y sosteniendo algunas conversaciones incómodas, he confirmado algo sencillo: no hay tratado más duradero que el que primero se firma en la mente y en la vida de a quien tratas.
La empatía, bien entendida, es una estrategia que se camina con los pies firmes. No significa ceder siempre ni dejar que otros abusen. Significa leer lo que el otro calla y usarlo para construir un puente en lugar de cavar un foso.
Mandela nos recuerda que el líder más fuerte no es el que humilla, sino el que invita. El que convierte un puño cerrado en una mano extendida. Y aunque muchos insistan en que la empatía es debilidad, sigo convencido de que es, en realidad, la forma más humana de vencer.
Ojalá cada uno de nosotros recuerde, aunque sea por un instante, que hay un poco de Mandela en cada conversación donde elegimos escuchar antes de imponer.
Ese es, al final, el corazón de lo que defiendo como Sediplomático: entender que nuestro comportamiento puede encerrar o liberar, y que siempre, en toda negociación, familiar o internacional, alguien debe atreverse a hacer el Click primero.
Por Alfredo Stefan
