RESUMEN
No sé cómo definir la indignación y el dolor que siento cuando veo morir niños y adolescentes producto de un accidente de motocicletas, sin importar las circunstancias.
Es que entiendo que aún no tienen la madurez ni experiencia para estar conduciendo vehículos de motor, pero también la irresponsabilidad por parte de las autoridades de tránsito, policías y una sociedad fallida.
Tres jóvenes, entre ellos dos menores de edad, perdieron la vida el pasado domingo a las 2:00 de la mañana, a su salida de un jodido “teteo”, mientras que una cuarta víctima se debate entre la vida y la muerte en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Ney Arias Lora, cuando se supone que a esa hora del fatal accidente debieron estar en sus hogares.
Lamentablemente, entre ellos murió uno de mis alumnos de 5to grado de secundaria, del Liceo Profesor Ana Ilda Pérez Rivas, Distrito Educativo, 15-01, Brandol Campusano, de tan solo 16 años de edad, quien nos deja un sabor amargo y la impotencia de poder hacer nada para devolverlo junto a nosotros.
Vemos a diario en los sectores del Gran Santo Domingo y en pueblos del interior, que desde que un joven tiene un tamañito, las familias le compran una motocicleta o ellos la adquieren, y se entiende que muchas veces lo hacen por la necesidad de transportarse, incluso para ir a las escuelas.
Sin embargo, ya esta situación está fuera de control, porque este es un país que ocupa el mayor índice de muertes por accidentes de tránsito. República Dominicana, con apenas 10 millones de habitantes, lidera el mapa mundial de los accidentes de este tipo, indican las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud y el Banco Mundial.
En una publicación del periódico Hoy se lee que en el período 2013-2018, perdieron la vida 9,429 hombres, y 1,253 mujeres, cifras alarmantes que van en aumento cada día, sin que instituciones como Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre, (DIGESETT) y el Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre (INTRANT), ejecuten un plan estratégico que detenga esta triste realidad.
Nuestro Brandol ya no estará con nosotros ni los demás jovencitos muertos en el accidente, pero por lo menos que este horrendo hecho pueda llamar la atención de una sociedad que ciertamente ha perdido el norte de los valores y el respeto.
Los jóvenes no obedecen, pero tampoco los adultos somos los mejores referentes de comportamientos y reglas para vivir en una sociedad que fomente una cultura de paz.
