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7 de enero 2026
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OpiniónPablo ValdezPablo Valdez

Los tiburones no se comen a los abogados, porque la universidad es otra cosa

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“Una reflexión sobre ética y percepción profesional”

En la tradición popular, los chistes sobre abogados ocupan un lugar privilegiado entre los más repetidos. Uno de los más conocidos afirma, con mordaz ironía, que los tiburones no se comen a los abogados. ¿La razón? Por cortesía profesional. Aunque se trata de un juego de palabras, la broma encierra una crítica profunda a la manera en que ciertas profesiones, especialmente aquellas vinculadas al poder, son percibidas por la sociedad.

Detrás del humor hay un juicio: los abogados —al menos en su versión más caricaturesca— no están del lado de la justicia, sino del cálculo estratégico, la manipulación del lenguaje y la defensa de intereses particulares, muchas veces cuestionables. Esta imagen se ha formado no solo por exageraciones populares, sino también por casos reales que alimentan la desconfianza y el escepticismo público.

Ética profesional y responsabilidad social

Lo preocupante no es la existencia del chiste, sino lo que revela: una crisis de confianza en las profesiones que debieran ser guardianas del bien común.

El derecho, la medicina, la educación e incluso el periodismo, han sido en algún momento colocados en el banquillo de los acusados. ¿Por qué? Porque cuando se pierde el sentido ético de la profesión, lo que queda es la técnica al servicio del interés personal.

La ética profesional no es un adorno curricular, ni una asignatura menor. Es la columna vertebral que da legitimidad al ejercicio de cualquier profesión. La ausencia de ética convierte al abogado en cómplice de injusticias, al médico en mercader de cuerpos, al educador en repetidor de consignas, y al periodista en vocero de propaganda.

La universidad como formadora de conciencia crítica

Por eso, la universidad no puede limitarse a enseñar procedimientos. Su verdadera tarea es formar conciencia crítica, carácter moral y responsabilidad ciudadana. Si no lo hace, seguirá produciendo profesionales técnicos, pero no seres humanos comprometidos. La formación ética no es un añadido, sino el núcleo desde el cual toda profesión cobra sentido.

Tal vez algún día los tiburones vuelvan a comerse a los abogados. No porque se hayan vuelto menos peligrosos los escualos del mar, sino porque los abogados hayan dejado de parecerse a ellos.

Ese será el día en que la ética profesional haya triunfado sobre el cinismo, y el ejercicio del derecho se haya reconciliado con su esencia: la justicia.

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