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31 de enero 2026
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OpiniónPablo ValdezPablo Valdez

Los tecnócratas de las políticas domésticas

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RESUMEN

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Precisiones de dignidad

En la contemporaneidad política se ha consolidado una figura que, aunque no siempre visible para el ciudadano común, ejerce una influencia decisiva en la orientación de los asuntos públicos: el tecnócrata.

Formado en la lógica de la eficiencia, la planificación, la estadística y la administración racional de los recursos, el tecnócrata se presenta como garante de objetividad y eficacia. Sin embargo, cuando su racionalidad instrumental se impone sobre la dimensión ética, social y humana de la política, surge una tensión que merece ser analizada con rigor académico.

Las políticas domésticas —educación, salud, seguridad social, empleo, vivienda, universidad— constituyen el núcleo vital de la relación entre el Estado y la ciudadanía. No son simples áreas administrativas; son escenarios donde se expresa la dignidad humana, la justicia social y el sentido histórico de una nación. Por ello, cuando estas políticas quedan exclusivamente bajo el dominio de una visión tecnocrática, el riesgo no es solo político, sino profundamente humano.

El tecnócrata no es, en sí mismo, una figura negativa. La planificación, el uso de datos, la evaluación de resultados y la optimización de recursos son indispensables en la gestión moderna. El problema surge cuando la técnica desplaza a la política en su sentido más noble: la construcción colectiva del bien común. Entonces, gobernar deja de ser un acto ético y social para convertirse en un ejercicio meramente administrativo.

En ese contexto, el ciudadano corre el peligro de ser reducido a una cifra, a un indicador de rendimiento, a una variable estadística. La pobreza se convierte en un porcentaje, la educación en una tasa de cobertura, la salud en un promedio de atención, y la universidad en un centro de producción de métricas. Se pierde así la dimensión humana de la política pública: el rostro, la historia y la dignidad de cada persona.

Los tecnócratas de políticas domésticas suelen hablar un lenguaje hermético, plagado de términos técnicos, gráficos y modelos predictivos. Este lenguaje, aunque científicamente legítimo, tiende a excluir el debate social amplio. La política se aleja del pueblo y se encierra en oficinas, consultorías y despachos donde la realidad social es interpretada a distancia. Se crea entonces una élite decisoria que, sin proponérselo necesariamente, sustituye la voluntad colectiva por la lógica del cálculo.

Este fenómeno es especialmente delicado en el ámbito educativo y universitario. La universidad no puede ser tratada como una empresa más, ni la educación como un simple producto. La universidad es conciencia crítica de la nación, espacio de pensamiento libre, formación ética y compromiso social. Cuando la gestión universitaria se reduce a parámetros exclusivamente tecnocráticos, se desnaturaliza su misión histórica.

Porque la universidad es otra cosa.

Es formación de ciudadanos, no solo de profesionales. Es cultivo del pensamiento crítico, no solo de competencias técnicas. Es compromiso con la verdad, no solo con la eficiencia administrativa.

En el ámbito de las políticas domésticas, la tecnocracia sin humanismo corre el riesgo de vaciar de contenido moral a la gestión pública. Una política puede ser técnicamente correcta y éticamente injusta. Puede cumplir con los estándares internacionales y, al mismo tiempo, ignorar las realidades locales. Puede exhibir eficiencia contable y provocar exclusión social.

La historia demuestra que las grandes transformaciones sociales no nacieron de modelos matemáticos, sino de principios éticos: justicia, igualdad, dignidad, libertad.

La técnica es instrumento; la ética es fundamento. Cuando el instrumento sustituye al fundamento, la política se deshumaniza.

Por eso, no se trata de oponerse a la tecnocracia, sino de subordinarla a la política en su sentido más alto. El tecnócrata debe servir al proyecto social, no sustituirlo. Debe acompañar la visión humanista del Estado, no reemplazarla por una lógica fría.

En sociedades como la nuestra, donde la desigualdad histórica aún pesa, las políticas domésticas no pueden diseñarse solo desde la eficiencia técnica. Deben construirse desde la justicia social, la sensibilidad humana y la comprensión de la realidad concreta. La técnica debe ser el puente, no el destino.

El peligro mayor de los tecnócratas de políticas domésticas no es su conocimiento, sino su posible desconexión con la vida real de los pueblos. Cuando la política se convierte en un laboratorio de cifras, el sufrimiento humano se vuelve invisible. Y una política que no ve el sufrimiento, termina por justificarlo.

La universidad tiene aquí una responsabilidad insustituible: formar profesionales con alta capacidad técnica, pero también con profunda conciencia ética. Formar tecnócratas con alma social, con sentido histórico, con sensibilidad humana. Formar servidores públicos, no solo administradores de sistemas.

Porque la universidad es otra cosa: es conciencia moral de la nación, es espacio de resistencia al vaciamiento ético, Lo es recordatorio permanente de que la política no es solo gestión, sino destino humano compartido.

En definitiva, los tecnócratas de políticas domésticas solo serán verdaderos constructores del desarrollo cuando comprendan que la técnica sin ética es poder vacío, y que la política sin humanidad es mera administración del silencio social.

La historia no juzga cifras; juzga decisiones. Y las decisiones, para ser justas, deben nacer del corazón humano tanto como de la razón técnica.


Por Dr. Pablo Valdez

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