RESUMEN
La Biblia presenta una concepción del cosmos que difiere radicalmente tanto de las cosmologías míticas antiguas como de los reduccionismos materialistas contemporáneos. Desde su primer versículo establece una afirmación fundacional: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”.
El uso del plural en el término hebreo shamayim indica desde el inicio que la realidad creada no se limita a una sola dimensión, sino que comprende diversos ámbitos reales, ordenados y sujetos al gobierno soberano de Dios. Esta afirmación inicial constituye el marco teológico desde el cual debe interpretarse toda la revelación bíblica posterior.
La Escritura afirma de manera consistente que Dios es Señor absoluto de todo lo visible y lo invisible. Nehemías 9:6 declara que Jehová hizo los cielos, los cielos de los cielos y todo su ejército, expresión que indica niveles y órdenes dentro de la creación celestial, todos sostenidos por el aliento divino. No se trata de especulación cosmológica, sino de revelación progresiva que atraviesa todo el canon bíblico. El cielo no es una abstracción espiritual, sino un ámbito real donde se manifiesta la gloria de Dios, se ejerce autoridad y se desarrollan dimensiones espirituales con impacto directo en la historia humana.
Desde una perspectiva teológica resulta imprescindible descartar cualquier asociación de esta doctrina con misticismo, ocultismo o experiencias subjetivas desligadas de la Escritura. Colosenses 2:18 advierte contra quienes se envanecen introduciéndose en lo que no han visto, inflados por una falsa espiritualidad que no procede de Cristo. El conocimiento legítimo de los cielos nace exclusivamente de la Palabra revelada y permanece sometido a ella.
El primer cielo: Es denominado en hebreo Shamáyim ha-Tevaí, el cielo natural o atmosférico. Es el ámbito inmediato que rodea la tierra, donde se producen los fenómenos climáticos y donde vuelan las aves. Génesis 1:20 enseña que Dios creó las aves para que volaran sobre la tierra en la abierta expansión de los cielos, integrando este cielo al orden creado. Teológicamente, este ámbito revela el gobierno de Dios sobre lo cotidiano. Mateo 6:26 recoge las palabras de Jesús cuando afirma que las aves del cielo no siembran ni cosechan, pero son sustentadas por el Padre, enseñando así la providencia divina y la dependencia humana. Este cielo recuerda que la fe bíblica no es evasiva, sino profundamente encarnada en la realidad.
El segundo cielo: Recibe el nombre hebreo de Raqía ha-Shamáyim, la expansión sideral. En este ámbito se encuentran el sol, la luna, las estrellas y el universo observable. Génesis 1:14 declara que Dios puso las lumbreras en la expansión de los cielos para señales, tiempos, días y años, estableciendo un orden objetivo y racional. Salmos 19:1 afirma que los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos, presentando el cosmos como testimonio permanente del Creador. Este cielo también posee relevancia profética, pues Joel 2:30 y Mateo 24:29 aluden a señales celestiales asociadas a momentos decisivos del plan redentor.
Comprender este cielo fortalece una fe intelectualmente responsable y confronta el materialismo.
El tercer cielo: Es denominado Shamáyim Shelishí, el cielo del trono de Dios. En 2 Corintios 12:2–4 el apóstol Pablo declara haber sido arrebatado hasta el tercer cielo, al paraíso, identificándolo como el centro del gobierno divino y de la adoración celestial. Isaías 6 describe este ámbito como el lugar donde los serafines proclaman incesantemente la santidad de Dios.
Aquí no hay conflicto ni corrupción, sino perfección, orden y gloria. Aunque el creyente no accede operativamente a este cielo en el presente, Efesios 2:6 enseña que ha sido sentado juntamente con Cristo en los lugares celestiales, una realidad posicional, jurídica y espiritual establecida por la obra redentora.
El cuarto cielo: Es conocido como Meqóm ha-Sarím, el ámbito del gobierno espiritual. Efesios 6:12 afirma que la lucha del creyente no es contra sangre y carne, sino contra principados, potestades y huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Daniel 10 revela que la oración humana incide directamente en este ámbito, donde se libran conflictos espirituales que afectan el desarrollo de los acontecimientos históricos. Una comprensión bíblica de este cielo evita tanto la pasividad espiritual como el misticismo exagerado.
El quinto cielo: Recibe el nombre de Meqóm ha-Neshamót, el lugar de las almas. Apocalipsis 6:9 describe las almas de los mártires conscientes delante de Dios, clamando por justicia, mientras Lucas 16:22 muestra a los justos en un estado de consuelo tras la muerte. Este cielo no constituye el destino final, pero sí un estado real de espera segura para quienes mueren en el Señor. Su comprensión aporta consuelo pastoral y claridad doctrinal respecto a la esperanza cristiana frente a la muerte.
El sexto cielo: Es identificado como Shamáyim ha-Gillúy, el cielo de la revelación y del juicio. Apocalipsis 6:12–17 describe conmociones cósmicas asociadas a la apertura del sexto sello, mientras Hebreos 12:26 afirma que Dios conmoverá no solo la tierra, sino también los cielos. Romanos 8:22 enseña que toda la creación gime esperando la redención final, mostrando que incluso el orden cósmico participa del proceso escatológico.
El séptimo cielo: Es llamado Shamáyim Jadashím, los cielos nuevos y la tierra nueva. Apocalipsis 21 declara que Dios hará nuevas todas las cosas y morará con los hombres, eliminando definitivamente la muerte, el dolor y el pecado. Apocalipsis 22:5 afirma que los redimidos reinarán con Cristo por los siglos de los siglos. Este es el destino eterno del pueblo de Dios y la culminación plena del plan redentor.
La Escritura enseña que el creyente tiene acceso espiritual y posicional al tercer cielo por medio de Cristo, ejerce autoridad que impacta el cuarto cielo mediante la oración, descansa en el quinto cielo al morir y tiene como destino final el séptimo cielo. Hebreos 10:19 afirma que por la sangre de Jesucristo tenemos plena libertad para entrar a la presencia de Dios, no por méritos humanos, sino por gracia.
En conclusión, la doctrina bíblica de los siete cielos ofrece una visión sobria, coherente y profundamente esperanzadora de la realidad. Afirma que Dios gobierna desde el ámbito más alto hasta los detalles más concretos de la existencia humana. Comprender esta verdad no conduce al escapismo, sino a una fe intelectualmente sólida, bíblicamente fundamentada y orientada a la esperanza eterna. Como declara Apocalipsis 3:21, al que venciere se le concede sentarse con Cristo en su trono, resumen final de la esperanza cristiana.
Por: Javier Dotel.
El autor es Doctor en Teología.
