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3 de febrero 2026
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OpiniónManuel Antonio VegaManuel Antonio Vega

Los Gavilleros» (5 de 10)

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RESUMEN

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El drama de Los Gavilleros con las armas en 1916 es de contar en varias entregas, pues los sublevados enfrentaron al invasor casi a «manos peladas»; lo hicieron con el alma y la conciencia pura de salvaguardar sus vidas y sus bienes que fueron arrebatado para entregar a los latifundistas de la caña que querían tener el dominio absoluto de la tierra en el Este.

Cuentan los abuelos, con la voz todavía bajita como si las paredes de la historia aún vigilaran, que hubo un tiempo en que el campo dominicano no solo olía a tierra mojada, sino a la pólvora rancia de los «Pata de Mulo».

No eran armas de gala; eran trozos de hierro viejo, reliquias de la Restauración que los campesinos del Este empuñaban con más fe que técnica para enfrentar al gigante que pisoteaba sus predios.

​El hierro contra el alma

​En la lista de pertrechos de la ocupación de 1916 es asomarse a una batalla entre dos mundos, desigual.

Por un lado, el invasor tenía en su inventario impecable, con sus pistolas Colt .45 y binoculares que «robaban la distancia», permitiéndoles ver el miedo en los ojos de nuestros hombres antes de que estos supieran que estaban siendo observados.

Por el otro, el » gavillero», un hombre de tierra y sol, cargando revólveres pesados que, cuando se quedaban sin balas (esas que ellos mismos fabricaban con plomo y lienzo), se convertían en mazos para dar el «maquinazo» desesperado.

​Es ahí, en ese golpe seco del cañón contra el casco del enemigo, donde se resume la tragedia: la lucha del ingenio contra la industria, del habitante contra el visitante.

Incluso nuestro lenguaje se transformó bajo esa bota; el «Stop» del oficial extranjero se quedó enredado en las bridas de nuestros caballos como un «¡Cito!», una cicatriz lingüística que todavía usamos hoy sin saber que nació de una orden de detención, con amenaza criminal.

​La tierra robada

​Pero el dolor más agudo no vino de las balas; el arma más cruel fue el desalojo.

Bajo el pretexto de «limpiar» el terreno para cazar a los rebeldes, miles de familias fueron arrancadas de sus bohíos.

Les prometieron que serían unos días; les devolverían la tierra, que nunca volvieron a ponerla a parir.

Al regresar, los campesinos encontraron sus cercas movidas y sus tierras en manos de nuevos dueños protegidos por el poder.

​Esa es la herida que la historia oficial no siempre cuenta: el nacimiento de grandes fortunas sobre el sudor y el llanto de los que fueron llamados «bandoleros» para justificar su despojo.

El movimiento de resistencia campesina contra la ocupación estadounidense (1916-1924), operaron activamente en la región Este, incluyendo zonas cercanas a Higüey.

Combatieron a las tropas de EE.UU. en la zona oriental, siendo parte central del movimiento armado contra la intervención extranjera en ese periodo.

Es de significar que la resistencia más fuerte la encontró el Yankee Invasor en las zonas boscosas de Higüey, El Seibo y Hato Mayor, ya que la planicie o llanura oriental estaba cultivadas del palo dulce, para ser arrimada a los ingenios.

Muchos, como el abuelo de Manuel Antonio Vega, prefirieron el exilio interno a la humillación de ver su herencia convertida en propiedad ajena.

​Durante años, hablar de los gavilleros era invocar al peligro.

«¡Muchacho, cállate!» era la oración que cerraba las puertas; pues primero por los marines, luego por la sombra alargada de Trujillo, quien aprendió sus tácticas bajo el ala del ocupante.

El miedo se enterró en los campos junto con las bayonetas oxidadas y las espuelas de metal criollo.

​Hoy, rescatar estos relatos es un acto de justicia poética.

Es entender que el machete «Colín» que cuelga en la enramada de un campesino no es solo una herramienta, sino un sobreviviente.

Escribir sobre esto es, por fin, permitir que aquellos que murieron en silencio, o que se fueron a la tumba con el secreto de la resistencia, descansen en paz.

Como en los tiempos bíblicos, el malvado rey ya no está; ahora nos toca a nosotros contar la historia, para que el eco de los «Pata de Mulo» nunca deje de recordarnos quiénes somos.

Por Manuel Antonio Vega

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