RESUMEN

El Estigma del «Gavillero» llega cuando la resistencia fue llamada bandolerismo y los campesinos y obreros decidieron luchar para no ver desaparecer el anhelo de supervivencia en el Este.
La historia, a menudo escrita por las botas del invasor, intentó sepultar bajo el epíteto de «bandoleros» a hombres cuyo único pecado fue defender el surco de tierra que les daba de comer.
La intervención estadounidense de 1916 no vino a «traer orden», sino a pavimentar el camino para el latifundio azucarero, despojando al campesino oriental de su dignidad y su sustento.
La excusa del orden, era la realidad del despojo, para entregar las tierras a los emporios azucareros de la época, especialmente al Central Romana Corporetion.
Los interventores no persiguieron criminales; persiguieron la propiedad privada del dominicano humilde para favorecer a los grandes ingenios, pues para la época el azúcar es como el petroleo de Venezuela hoy.
Antes de la «revolución azucarera» impuesta, había abundancia, al convertir al propietario en jornalero, los yanquis no solo robaron tierra, sino soberanía alimentaria.
Se desataron todos tipos de brutalidad bajo el «desarme preventivo», inventado para proteger intereses económicos específicos.
Bajo la narrativa del «desarme», las fuerzas de ocupación violaron el fuero domiciliario y ultrajaron familias hasta en el lecho conyugal.
¿Qué orden puede nacer de una bayoneta calada que desprende puertas y ventanas?
La proclama del coronel T.P. Kane en 1916 fue el inicio de un asedio que convirtió a las autoridades municipales en títeres y a los ciudadanos en sospechosos dentro de su propio país.
El horror de los desalojos en la sección
El Manchado, donde los hombres de botas cometieron horripilantes atropellos y bañaron de sangre los caminos copiosos de árboles añosos.
Quizás el punto más oscuro de esta crítica radica en los desalojos rurales, pues el caso de El Manchado es una herida abierta.
Allí familias enteras —niños, ancianos y mujeres paridas— fueron arreadas como ganado hacia «pocilgas alambradas, recibiendo torturas y vejamenes incalificales».
El asesinado historiador, Manuel Antonio Sosa Jiménez, reseña en su libro «Hato Mayor del Rey», que mientras los «marines» quemaban casas y fincas para que el campesino «no tuviera ganas de retornar», el capital extranjero florecía sobre las cenizas de los hogares dominicanos.
Antes estos atropellos y vejaciones es que nacieron los Patriotas, o Bandidos, como despetivamente estigmatizaron los invasores a los revolucionarios.
Es hora de reivindicar la figura de aquellos que, como el General Vicentico Evangelista, prefirieron el monte y la guerrilla antes que la humillación del invasor.
Los verdaderos «bandoleros» no eran los que empuñaban un machete para defender su parcela; eran aquellos que, protegidos por un uniforme extranjero, implementaron una política de tierra arrasada para alimentar una industria que nunca perteneció al pueblo.
La resistencia de los Gavilleros no fue un acto de delincuencia, sino el grito desesperado de una región que se negaba a morir bajo el peso de la bota yanqui.
Por Manuel Antonio Vega
