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17 de enero 2026
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OpiniónManuel Antonio VegaManuel Antonio Vega

Los 55 años de un crimen sin sepultura en Hato Mayor

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RESUMEN

Analizando noticia... por favor espera.

La historia de los pueblos no solo se escribe con sus triunfos, sino también con sus ausencias.

En Hato Mayor, el calendario se detuvo para muchas familias el 15 de enero de 1970.

Han pasado 55 años desde que el obrero Juan Zorrilla y los hermanos Serafín y Amado Santana Vilorio fueron arrancados de sus hogares por la maquinaria represiva de los «12 años» de Joaquín Balaguer, y todavía hoy, el eco de su desaparición retumba en las calles de una ciudad que se niega a olvidar, aunque el Estado se empeñe en no recordar.

​Lo ocurrido con «Malé», Serafín y Juan no fue solo un asesinato político; fue una exhibición de sadismo que buscaba quebrar el espíritu de toda una generación.

Los detalles que la memoria colectiva ha preservado son estremecedores: el uso de agujas para drenar la sangre de sus cuerpos en un hospital que debió ser de vida y no de muerte, las tablas con clavos y la mutilación de la lengua de Serafín.

​Estos jóvenes no fueron víctimas del azar, sino de una traición orquestada.

La figura de Jhonny Abud (o Pedro Muñoz Escarramán) representa esa sombra del «amigo» infiltrado, el agente parapolicial que usó la confianza y el idealismo como carnada.

El hallazgo de sus cuerpos 29 días después, guiado por el vuelo de las «Lauras» en los matorrales de Sabana de la Mar, confirmó la tragedia, pero inició un misterio aún más cruel: la desaparición definitiva de sus restos.

​El crimen después del crimen

​¿Qué hizo el régimen con los cuerpos? ¿Por qué nunca se entregaron a sus familiares?

Al negar el derecho al luto y a una sepultura digna, el Estado dominicano cometió un crimen continuado que llega hasta nuestros días.

La desaparición forzada es una herida que no cierra mientras no existan huesos que llorar.

​El hecho de que los autores intelectuales y materiales caminaran —y caminen— por Hato Mayor «como perros por su casa» no es una casualidad.

Es el resultado directo de una democracia imperfecta, que en su transición prefirió el pacto del silencio antes que la higiene de la justicia.

Desde 1966 hasta crímenes más recientes como los de los motoconchistas en 2005, la impunidad en Hato Mayor ha sido el caldo de cultivo para que el poder se sienta intocable.

​Una plaza para la memoria

​Como bien propone Manuel del Rosario, sobreviviente de aquel horror, Hato Mayor tiene una deuda pendiente.

No basta con el recuerdo en voz baja. Se hace necesaria la construcción de una plaza con las efigies de Juan, Malé y Serafín.

No para venerar la muerte, sino para reivindicar el sacrificio de quienes soñaron con un país distinto y pagaron el precio más alto.

​La justicia dominicana tiene una cuenta por cobrar con la historia.

Mientras los responsables de vaciar la sangre de estos jóvenes sigan sin enfrentar un juicio oral, público y contradictorio, nuestra libertad será solo un simulacro.

A 55 años, no solo pedimos saber qué pasó; exigimos que sus nombres dejen de ser un sinónimo de horror para convertirse en un símbolo de resistencia.

Porque un pueblo que olvida a sus mártires está condenado a ver cómo sus verdugos siguen paseando por sus calles.

​ «Hato Mayor: Donde la sangre derramada aún no encuentra justicia».

Juan, Malé y Serafín! ¡Ni olvido, ni perdón!

​Por Manuel Antonio Vega

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