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14 de marzo 2026
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OpiniónPadre Manuel Antonio García SalcedoPadre Manuel Antonio García Salcedo

Los 4 días que marcan todo el resto del año por comenzar

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RESUMEN

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En búsqueda de la salud integral

4 días, desde el 31 de diciembre y los 3 primeros días de enero pueden pasar muy desapercibidos No es una falta de la gente. No han encontrado quien se lo digan, quién les haga caer en razón. Quien les celebra ha de hacer un mea culpa.

El 31 de diciembre, celebramos en la Iglesia una conmemoración en el séptimo día de la Octava de la del nacimiento del Señor, entonando, como indica el calendario litúrgico de la Conferencia de los Obispos Dominicanos, el Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus bonae voluntatis (Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad), el canto de gloria de Los Ángeles a los Pastores anunciándoles una buena noticia de gozo: hoy en la ciudad que de Belén ha nacido el Salvador, Cristo Jesús. Se trata del Papa San Silvestre I.

Para quienes no conocen al Papa del siglo IV DC, San Silvestre. Primero hemos de recordar que aconteció durante su papado, en el año 325 DC se celebró el I Concilio Ecuménico de Nicea. En este año 2025, año jubilar, estamos celebrando un nuevo aniversario del primer Concilio universal de la Iglesia. El mismo fue conducido por los delegados del Papa, entre ellos, el famoso obispo Osio de Córdoba, torturado durante la última persecución en todo el imperio romano contra la Iglesia, cuya paz no llega hasta el año 313 DC.

El papa San Silvestre I aprueba los decretos conciliares por la autoridad que le compete como obispo de Roma, sucesor de San Pedro y San Pablo, recordemos que del Concilio de Nicea I nace el Credo de Nicea que rezamos con un gesto litúrgico especial en la Santa Misa el día de Navidad, día de precepto.

A dicho credo se le agregan las cláusulas doctrinales del I Concilio Ecuménico de Constantinopla del año 381 DC al Credo del Concilio de Nicea. En la Misa de Navidad recordemos ese signo tan hermoso, nos arrodillamos en la parte de la Encarnación al decir: por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre. El que no puede arrodillarse hace una reverencia profunda, gesto de humildad unido a un momento de silencio eucarístico, tal como el silencio de la Virgen María y el silencio de San José ante el Niño recién nacido que nos ha sido dado.

La única otra ocasión en el año que hacemos esto es el 25 de marzo, pero si en Semana Santa se traslada esta solemnidad de la Anunciación o la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo, así lo hicieron los obispos en todo el Mundo, después de la Octava de Pascua de resurrección. En Cuaresma cuando se celebra esta solemnidad con el Gloria, se canta el Aleluya, se usan vestiduras blancas, igual que el día de San José y el día de la Cátedra de San Pedro. Con las vestiduras blancas el Papá San Silvestre I, además de aprobar el Concilio de Nicea y su credo en el que declaramos que Cristo de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho, bajó del cielo por nuestra salvación al encarnarse por el Hágase de la Virgen María, por su Fiat, concibiendo por obra y gracia del Espíritu Santo sin concurso de varón, ha marcado en lo adelante la historia de todos los concilios de la Iglesia Católica. También este papa tiene en su haber pastoral de santidad el hacer consagrado la basílica a San Juan de Letrán.

Mucha gente tiene la impresión de que la basílica de San Pedro Apóstol en la colina del Vaticano, lugar en que fue crucificado boca abajo San Pedro es la Iglesia sede papal principal. En Roma hay cuatro basílicas papales: la Basílica de San Pedro Apóstol, la Basílica de San Pablo extramuros donde fue San Pablo Apóstol decapitado por ser ciudadano romano, a diferencia de San Pedro martirizado crucificado, a San Pablo le tocó el martirio de los ciudadanos romanos que cometían alta traición contra el emperador ser decapitado, porque San Pablo solamente llamaba Señor su Dios a Cristo Jesús y nunca al emperador que se adjudicaba los títulos de hijo de Dios, del amado, del Rey de Reyes y otros que en la Iglesia solamente le pertenecen al hijo de María, Nuestro Señor Jesucristo. Tercero, está la Basílica mayor de Santa María, Madre de Dios, templo en el cual el papa Francisco, como buen jesuita sumamente mariano, al inicio y a la vuelta de sus viajes apostólicos, siempre va a visitar a la Virgen y llevarle ofrenda sencilla de flores por los frutos esperados de su misión. Pero la Iglesia sede del obispo de Roma, de la que es titular es San Juan de Letrán. Aquella basílica que vio los 5 Concilios Ecuménicos reformadores de la Edad Media.

El nombre de San Juan hace referencia a la profesión de fe del Concilio de Nicea con nuestro credo que declara la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, quien no es un hombre más y es semejante a todos nosotros, menos en el pecado, como reza la Plegaria Eucarística IV. Tan importante es el Concilio de Nicea porque condenó la herejía de Arrio, un sacerdote con mucho carisma, que a la gente conquistaba, pero enseñaba por esa tierra de Egipto que Jesucristo no era divino del todo, sino un hombre que había alcanzado la perfección, y por tanto podía participar de la esfera de Dios utilizando una filosofía platónica fuera del contexto en que la Iglesia Católica enseñaba por medio de la razón las verdades de fe, según la expresión clásica: creo para entender y entiendo para creer, máxima famosa de San Anselmo que nos recuerda la necesidad de la filosofía, pero enseñada de acuerdo a la Divina Revelación.

La enseñanza errada de Arrio cundió como pólvora enseñando por todas partes. La iglesia condenó esta herejía en el Concilio de Nicea con el Papa Silvestre a la Cabeza quien ya lo había hecho previamente. De ahí la importantísima misión del Papa en el plano de la fe, y de la tradición de la Iglesia romana cuya sede lleva el patrocinio de San Juan Apóstol, como indica el Evangelio en prólogo ese prólogo que se proclama en la Misa del día de Navidad, también se proclama el segundo domingo de Navidad y por supuesto que el día 31 de diciembre, día de San silvestre I: En el principio era la Palabra, el Verbo, y el Verbo estaba con Dios y junto a Dios, y el Verbo es Dios… Y el Verbo se ha hecho carne y habitó entre nosotros, de la carne Inmaculada de María Santísima por obra del Espíritu Santo para la salvación del mundo.

1 de enero, primer día del año, conclusión de la Octava de Navidad celebramos la Maternidad Divina de la siempre Virgen María, Madre de Señor Jesucristo, Madre de la Iglesia, Madre nuestra y Madre de todos los hombres.

María de Nazaret es la Theotokos, título únicamente dado, y a nadie más se le puede dar que no sea a la Virgen Madre de Dios. No se dejen confundir. Quienes no confiesan la fe en la Theotokos niegan la divinidad de Jesús. La Iglesia desde sus orígenes confesó a María de manera solemne y vinculante desde sus orígenes. Para clarificar la fe de todo cristiano, en el Concilio Ecuménico de Éfeso del año 431 DC ratificó para María Virgen, el título Madre verdadera de Dios.

Las letanías del Santo Rosario o Lauretanas lo confirman: María, hija del Padre.. ruega por nosotros. María Madre de Dios Hijo, Dios y hombre verdadero… ruega por nosotros, María, esposa del Espíritu Santo, ruega por nosotros.

El día 2 de enero, como cada año, celebramos la Memoria Obligatoria de los Santos Padres, Obispos o Patriarcas y Doctores de la Iglesia: San Basilio y San Gregorio Nacianceno.

El papa San Pío V, el primero que en usar la vestidura toda blanca, su hábito dominico, el papa del Concilio de Trento de la reforma de la Iglesia Católica que reafirmo nuestra identidad católica dada en los sacramentos, en la moral, en la doctrina y en el accionar declaró a San Basilio y San Gregorio nacianceno doctores de la Iglesia, especializado en el Espíritu Santo del Padre y del Hijo.

Estos Santos Obispos, San Basilio de Cesarea y San Gregorio de Nacianzo, el primero compuso ese maravilloso primer tratado acerca del Espíritu Santo, combatiendo a quienes negaban la divinidad del Espíritu de Dios. Si en Nicea se combatió a los arrianos que negaban la divinidad de Jesús, San Basilio y San Gregorio Nacianceno, Padres Capadocios, junto con todos los obispos de su tiempo fieles a la Iglesia Católica y al papa afirmaron la divinidad propia del Espíritu Santo en el Concilio Ecuménico de Constantinopla I que fue conducido por el mismo San Gregorio Nacianceno. De este Concilio se completa el credo que rezamos los domingos en Misa, el Credo de Nicea Constantinopla del año 381 DC en el cual declaramos: Creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, que procediendo del Padre por el Hijo, recibe una misma adoración y gloria y que habló por los profetas. Todo lo que continúa acerca de la Iglesia en el credo, la Comunión de los Santos, es decir, la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica, donde el Espíritu Santo habló por los profetas, es decir, la enseñanza del papa y de nuestros obispos, el perdón de los pecados, es decir, un solo bautismo y su renovación en los Sacramentos de la Iglesia, la resurrección de la carne o de los difuntos, de los muertos y la vida eterna, ese reino que no tendrá fin, es obra del Espíritu Santo del Padre y del Hijo.

Damos gracias porque al comulgar del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el mayor milagro que existe, se realiza la obra del Espíritu Santo que es la tranquilidad, la paz a la hora del servicio que se lleva en una vida de sencillez y humildad, especialmente en la comunidad eclesial, en la Iglesia. Es el mismo Espíritu Santo que nos da valentía, respeto hacia los demás, especialmente a las autoridades de la Iglesia, nos da la templanza, nos conduce directo a la solidaridad con los desfavorecidos, a la adhesión a la verdadera Fe de los Santos Padres de los primeros siglos de la Iglesia, que nos da solidaridad con los desafortunados en lugar de estar haciendo cosas mágicas o llamativas o adjudicándole al Espíritu Santo milagros que no provienen de la fuente de vida que es el mismo.

Por último, el día 3 que este año nuevo es viernes primero de mes celebrando el Santísimo Nombre de Jesús nuestra confesión de que Jesucristo, Dios y hombre verdadero, como lo confiesa la Iglesia en el IV Concilio de la Iglesia celebrado en Calcedonia en el año 451 DC.

La Navidad continúa. San José por el anuncio que recibe en sueños del Ángel impone el nombre al recién nacido de Jesús que significa solo Dios salva o solo Dios es la salvación. A la Virgen María se le anuncia que se llamará Jesús el niño nacido por obra del Espíritu Santo. Yeshúa o Jesús, en hebreo Josué porque salvará al pueblo de todos sus pecados.

Recapitulemos en orden cronológico. Por el Concilio de Nicea evocamos al Papa San Silvestre I cuya memoria es cada 31 de diciembre celebrado con la fe de Nicea del año 325 DC con la confesión de la divinidad del Hijo de María, la Virgen Santísima. En el año 381 DC por el San Damaso I se celebró el Concilio Ecuménico de Constantinopla I con figuras importantísimas, sobre todo por quien condujo el Concilio, el Patriarca de Constantinopla, el obispo de la capital imperial del mundo cristiano, San Gregorio Nacianceno, afirmando la divinidad del Espíritu Santo del Padre y del Hijo,. El III Concilio Ecuménico bajo la guía del Papa San Celestino I fue celebrado en Éfeso en el 431 DC, lugar de los últimos días en la tierra de la Virgen María, declarándola Theotokos, la Madre de Dios hijo, y el IV Concilio Ecuménico de Calcedonia del año 451 DC, con el pastoreo y ratificación del Papa San León magno se declara a Cristo Jesús, Dios y hombre verdadero, cuyo nombre es el Santísimo. Esto celebramos en la Iglesia en los primeros días del año civil. Hay que darlo a conocer, por la razón del año jubilar, el aniversario de Nicea y los 60 años de la clausura del Concilio Ecuménico Vaticano II, la voz del Espíritu Santo para nuestro tiempo. Este es el sentido de estos primeros días del 2025 y de todos los años. No otro.

Por: Padre Manuel Antonio García Salcedo, PhD.

Arquidiócesis de Santo Domingo.

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