RESUMEN
Hay personajes de ficción que logran explicar el mundo con más claridad que muchos discursos políticos. Uno de ellos es Mafalda, la niña curiosa creada por Quino que, desde los años sesenta, se atrevía a hacer preguntas que los adultos preferían evitar.
En muchas de sus viñetas, Mafalda cuestionaba algo que durante décadas se consideró natural: el papel que la sociedad asignaba a las mujeres. Mientras su amiga Susanita soñaba con el modelo tradicional de casarse, tener hijos y vivir alrededor del hogar. Mafalda por su parte, representaba otra cosa: la duda, la curiosidad y la inconformidad con un destino previamente escrito.
Tal vez por eso esas tiras siguen circulando en redes sociales cada vez que llega el 8 de marzo. No por nostalgia, sino porque muchas de esas preguntas siguen vigentes.
La diferencia es que hoy ya no hablamos solo desde la intuición o la crítica cultural. Hoy tenemos datos.
Y los datos, en el caso de la República Dominicana, cuentan una historia muy clara.
Según el Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología (MESCyT), en las universidades del país más del 66 % de la matrícula estudiantil está compuesta por mujeres, y cerca del 70 % de quienes se gradúan también lo son. La mujer dominicana no solo alcanzó la igualdad educativa: la superó.
Durante décadas se dijo que la clave para avanzar era la preparación. Las mujeres dominicanas respondieron a ese desafío. Estudiaron más, se formaron más y hoy constituyen una de las generaciones femeninas mejor preparadas en la historia del país.
La mujer dominicana ya hizo su parte.
Ahora le toca al sistema hacer la suya.
Sin embargo, cuando termina la graduación y comienza la vida laboral, el panorama cambia. El Banco Mundial reporta que apenas alrededor del 53 % de las mujeres participa activamente en el mercado laboral, una cifra considerablemente menor que la participación masculina. La brecha no tiene que ver con talento ni con capacidad. Tiene que ver con una realidad estructural que pocas veces se reconoce en las discusiones económicas: el peso del trabajo doméstico y de cuidado.
A esta realidad se suma otro dato revelador: incluso cuando participan en el mercado laboral, las mujeres dominicanas ganan en promedio entre un 16 % y un 20 % menos que los hombres, según estimaciones del Banco Central de la República Dominicana, el Banco Mundial y estudios de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
La paradoja es evidente. Las mujeres estudian más, se gradúan más y, en muchos casos, presentan mayores niveles de formación. Sin embargo, el sistema económico todavía no refleja plenamente ese talento.
De acuerdo con ONU Mujeres, en la República Dominicana las mujeres dedican más de cuatro veces más tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. Esa labor sostiene hogares, comunidades y, en muchos sentidos, el equilibrio social del país. Sin embargo, sigue siendo una economía invisible.
Y hay otro dato que revela aún más esa realidad: más del 40 % de los hogares dominicanos están encabezados por mujeres, según estadísticas de la Oficina Nacional de Estadística (ONE). En millones de familias son ellas quienes sostienen la economía del hogar, toman las decisiones y garantizan el bienestar de sus hijos.
Cuando se observa el liderazgo empresarial, aparece otra paradoja. Aunque las mujeres dominicanas dominan la educación superior, solo alrededor del 14 % de las empresas del país están lideradas por mujeres, según estudios citados en informes económicos y reportes empresariales nacionales.
En la política ocurre algo similar. En el Congreso Nacional, las mujeres ocupan cerca del 27 % de los escaños entre ambas cámaras. Y en el Poder Ejecutivo la presencia femenina sigue siendo limitada: actualmente hay solo dos ministras y pocas viceministras, además de algunas directoras. La estructura de poder continúa reflejando un predominio masculino.
La pregunta entonces es inevitable.
Si las mujeres dominicanas estudian más, se gradúan más y, en muchos casos, presentan niveles educativos más altos, ¿por qué el liderazgo del país no refleja esa misma realidad?
Durante mucho tiempo se repitió una fórmula aparentemente simple: estudiar más para llegar más lejos.
Las mujeres dominicanas cumplieron su parte.
Estudiaron.
Se prepararon.
Compitieron.
Hoy están presentes en las universidades, en los emprendimientos, en las organizaciones sociales, en la innovación y en múltiples sectores de la economía.
El talento está.
Lo que todavía enfrenta desafíos son las estructuras que permiten que ese talento se traduzca plenamente en liderazgo.
Los países que avanzan comprenden algo fundamental: el desarrollo no depende únicamente de sus recursos naturales ni de sus indicadores económicos. Depende, sobre todo, de su capacidad para aprovechar todo su capital humano.
Y ese capital humano, en la República Dominicana, tiene también rostro de mujer.
Reconocer el valor de las mujeres es importante. Pero más importante aún es crear las condiciones para que ese valor se traduzca en oportunidades reales de liderazgo, decisión y transformación.
Porque cuando una mujer lidera, no solo cambia su propia historia. Cambia también la de su familia, su comunidad y, muchas veces, la de todo un país.
Quizás por eso las preguntas de Mafalda siguen siendo tan necesarias.
Porque a veces las sociedades no cambian por falta de talento.
Cambian cuando se atreven a cuestionar aquello que siempre han considerado normal.
Y ese momento comienza cuando decidimos, como país, mirar nuestras propias estructuras de poder y preguntarnos si realmente reflejan el talento que existe en nuestra sociedad.
Tal vez ese sea el verdadero desafío de nuestro tiempo: no solo reconocer que las mujeres pueden liderar, sino construir un país donde ese liderazgo sea parte natural de la realidad.
En otras palabras, un país que finalmente decida cambiar el chip y abrir el espacio que el talento de sus mujeres ya se ganó.
El talento femenino está.
Lo que todavía falta es que el sistema lo valore en igualdad de condiciones.
