RESUMEN
A pocos días de cumplirse cinco años de la actual gestión de gobierno, la Presidencia de la República ha anunciado con entusiasmo un hito en el sistema nacional de salud: récord de cirugías realizadas y la tasa más baja de mortalidad materna y neonatal de los últimos quince años. Son cifras que, sin duda, deben ser reconocidas. Salvar vidas nunca será un dato menor. Pero también es cierto que los números pueden encubrir silencios más elocuentes que cualquier gráfico.
El discurso gubernamental se presenta como el de una maquinaria que avanza: 70 hospitales remozados, más de 600 centros de primer nivel equipados, emergencias fortalecidas y producción de servicios quirúrgicos y ambulatorios en aumento. En este relato, los logros técnicos son equivalentes a bienestar poblacional. La gestión, medida en dashboards.
Sin embargo, mientras se celebran récords quirúrgicos, las salas de espera están llenas de pacientes con hipertensión, diabetes, insuficiencia renal o cánceres detectados tarde. A pesar de que las enfermedades no transmisibles —según la Organización Panamericana de la Salud— provocan el 80 % de las muertes en la región, República Dominicana no ha construido una trama institucional anclada en los territorios, capaz de articular comunidad, ambiente y cuidado. Hace falta una estrategia que no se limite a ofrecer servicios, sino que se involucre en las dinámicas destructivas que deterioran el medio ambiente, fragmentan la vida cotidiana y erosionan la salud de las personas.
No se trata de sumar consultorios ni multiplicar operativos. Se trata de reconfigurar el sentido mismo del cuidado: pasar de una arquitectura fragmentada y vertical a una trama viva, popular y situada, que convoque saberes, vínculos y resistencias frente a los procesos que enferman y excluyen.
Mientras la OPS sirve de brazo técnico a los organismos financieros multilaterales, impulsando modelos sanitarios subordinados a sus intereses, como el dominicano, anclado en una lógica reactiva, hospitalocéntrica y orientada al evento agudo, las enfermedades crónicas —epidemia silenciosa de nuestra época— quedan fuera del foco estratégico. Se promueven intervenciones puntuales, pero se omite la transformación de fondo: interrumpir las dinámicas estructurales que enferman y precarizan la vida cotidiana.
En este contexto, resulta pertinente recordar que, al asumir el poder en agosto de 2020, el presidente Abinader prometió dotar al país del sistema de salud más moderno y eficiente de la región. Faltando pocos días para que se cumpla el primer año de su segundo cuatrienio, esa promesa adquiere un peso mayor, no solo como balance político, sino como interpelación ética. ¿Puede hablarse de modernización en salud cuando persisten los mismos vacíos estructurales, la misma fragmentación institucional y la misma exclusión silenciosa de miles de personas?
Porque lo que vivimos no es simplemente una desigualdad en el acceso: es una distribución profundamente desigual de recursos, condicionantes y adversidades. Mientras algunos celebran avances, otros caminan kilómetros para obtener una cita o se endeudan para comprar un medicamento. No hablamos de cifras. Hablamos de cuerpos: los de los pacientes que, día tras día, enfrentan la enfermedad con miedo, incertidumbre, abandono. Hablamos de madres que no pueden controlar su presión, de abuelos que pierden la vista por una diabetes mal cuidada, de jóvenes con diagnósticos terminales evitables.
Esas vidas no caben en un boletín de prensa.
A cinco años de gobierno, ya no basta con cortar cintas ni inaugurar edificios. La promesa debe ser honrada desde su raíz: reorientar el sistema hacia una lógica territorial, comunitaria y centrada en la vida concreta de las personas, no en los indicadores ni en los listados de productividad. Si de verdad aspiramos a ser referentes regionales en salud, el desafío no está en las cifras, sino en la ética: una ética del cuidado, de la dignidad, de lo común.
El autor es miembro del Núcleo República Dominicana – GT Salud Internacional y Soberanía Sanitaria CLACSO, profesor universitario y exdirector de hospitales.
Por Roberto Lafontaine
