RESUMEN
La caravana presidencial de siete vehículos, tres delante y tres detrás de la limusina Lincoln negra de 1963, va al aeropuerto internacional Francoise Duvalier, a las afueras de Puerto Príncipe.
El primero de los haitianos quiere despedir a la hija, que junto al marido abordará el vuelo de Air France, con destino final a París, si bien hace una parada de una hora en Guadalupe, para recoger a los turistas europeos, ávidos del sol caribe.
Pocas horas atrás, se había recibido en Cancillería el placet que le permite al esposo de la muchacha ejercer de Embajador en la capital europea. Es una sensación de cierta emotividad. Poca gente habría entendido que el gobierno galo, a cuya cabeza estaba el héroe de la Segunda Guerra Charles de Gaulle, haya cedido a los deseos del presidente, otorgándole al muchacho el visto bueno para ocupar la legación haitiana.
Contaba mucho, tal vez, el aire de intelectualidad y de oposición a los Estados Unidos que desde siempre había profesado el líder caribeño. Por hecho y derecho, y contra cualquier apariencia, el presidente viene de los círculos de la intelectualidad más supina, si bien es un negro nacido en la pobreza indecible de la etnia en 1907.
En el interior del vehículo presidencial la atmósfera era grata, inclusive cuando la matrona Simone Ovide, mulata ella, que le había dado los dos únicos hijos al presidente, por momentos cedía a la tristeza y se les escurrían llantos tibios y fugaces, que Papa Doc, en un gesto de ternura impensable, les secaba con el pañuelo del bolsillo trasero.
Al chofer no había que decirle como proceder en tales casos. Estaba habituado a bajar la temperatura de las frecuentes escaramuzas a bordo, metiendo en la urna musical el cassette de los hermanos Sicot, creadores del ritmo <cadence> o el de Nemorus Jean Batiste, quienes, fusionados, son considerados los padres del <compa> de hoy día, ese merengue suave, con perfume de vallenato y cumbia, salpicado además de reggae, calipso y blues, que hace delirar a multitudes de haitianos. No había pique , tristeza o desilusión, que los tres músicos no pudiesen diluir al interior de la limusina.
La distancia entre la ciudad y el aeropuerto no es gran cosa, pero la velocidad de la caravana, que por razones de seguridad viaja a una media de 150 kilómetros por hora, la hace todavía menor, vadeando la curva de aquí, o el desnivel topográfico de allí.
Eso sí, en ningún minuto el presidente se permite ceder a la tentación de soltar el fusil automático Fal, calibre 7.62 mm, de fabricación belga, que se le tenía como la novedad de la época, pues apenas la industria le había tenido disponible desde 1950. El médico solía decir que era el primero de sus hombres de seguridad, con lo que socarronamente, dejaba por sentado que no se fiaba de nadie.
-Papa Doc es el jefe de seguridad de Papa Doc- decía, ahogado en risas, mientras fulguraban los rayos de la plata incrustada en el lateral izquierdo de la dentadura.
Evidentemente, le sobraban razones para creerlo. En Haití las emboscadas eran cosa de día a día. Y ya no era noticia la muerte de mandos civiles o militares, sorprendidos en caminos y vías.
Las fotos de la reviste Life, para asombro de millones de lectores en el mundo, recogen el regreso del presidente a la mansión presidencial, con el arma belga a la derecha, y la primera dama a la izquierda, como compañeras de las que no era sensato prescindir.
Las imágenes recogen por igual a la pareja de hija y yerno subiendo las escalerillas del águila de titanium, acero y aluminio. En cosa de 12 horas, habrían de hospedarse en el castillo de la familia, en la capital de las luces. No quiera nadie imaginar lo que susurraba la prensa francesa sobre la propiedad, sobre su adquisición de parte de un hombre nacido en la indigencia de Haití, en el seno de una familia de campesinos martiniqueños.
De su parte, la primera familia, en este viaje de pocos minutos de regreso a la mansión presidencial, llega a la salvo. Papa Doc y Simone Duvalier, gracias a los luases, siguen a buen resguardo.
Por Marcelino Ozuna
