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13 de febrero 2026
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OpiniónJoaquín F. TaverasJoaquín F. Taveras

Lidice, la ciudad que el tiempo no olvidó

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RESUMEN

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El viejo Tatra 603, gris muerte y alquilado, tocó su claxon repetidamente. La Amiga nos esperaba con un entusiasmo que transformaba su rostro de adolescente distraída. Llevábamos apenas unos días en Praga cuando
aceptamos su inesperada invitación. El motor del vehículo, fatigado y torpe, avanzaba por la carretera checa, flanqueada por vigorosos campos de herbáceas perennes e hileras de lúpulos que abrazaban el susurro mecánico de aquel auto soviético.

La Amiga, de ojos encendidos, a la vez tan ajenos y profundamente suyos, extrajo de su mochila tres copias de pasaportes con nombres idénticos, repetidamente dispersos en una geografía incomprensible. Nos anunció que nos dirigíamos a un lugar especial, un sitio que, según decía, estaba impregnado de una energía distinta. Así emprendimos el viaje hacia ese destino sin nombre.

Al llegar, una quietud densa y un aire pesado dificultaban la respiración; en la ciudad gravitaban
recuerdos que, ondulando, se depositaban sobre nosotros. “¡Llegamos! ¡Es aquí!”, exclamó emocionada La Amiga. El
auto se detuvo en una plaza vacía, rodeada de edificios atrapados en un tiempo melancólico. Pero ella no; La Amiga miraba el horizonte con una alegría infantil, indescifrable, que la hacía pertenecer a esas sombras y a sus muros abandonados.

Sin entender del todo su entusiasmo, seguimos caminando, mientras comprendíamos que no éramos solo aventureros viajeros dominicanos. Éramos, sin saberlo, portadores de su memoria. A cada paso, el pasado nos observaba desde las ventanas de casas vacías. El nombre vibró pesado entre los labios de La Amiga y en el entorno: “Lidice”, como un trueno, como un río de vidas, símbolo de ausencias escondidas en el polvo de sus arterias, en el secreto de las ventanas, esperando ser escuchadas. “Lidice”, ese nombre tenía el sabor del dolor del pasado, del plomo y la pólvora, el olor de la esperanza, del futuro.

La Amiga relató su historia, y al hacerlo, se tornó universal. Nos confesó que traía en su pecho un hilo
entretejido a un escapulario de una Virgen arrodillada, casi etéreo, que trenzaba océanos y tiempos. Su abuela
era una de las niñas que escaparon de allí antes de la tragedia nazi que desvaneció la ciudad de los mapas,
encontrando refugio en una isla caribeña. Nunca habló de su origen; vivió en silencio, con el olvido y el escapulario como su único amparo.

De pronto, convocadas por un llamado ancestral, otras mujeres salieron de sus puertas y de sus sombras. La
población se llenó de abrazos, de una alegría tenue pero fértil que resonaba en las esquinas. Las fotos que llevaba La Amiga fueron reconocidas, honrando la memoria de sus imágenes, que eran sus tías, hijas de las hijas que habían emigrado a Ciudad Trujillo, huyendo de una guerra despiadada, que masticaron ilusiones mientras cargaban maletas de promesa y comienzos. Eran sus historias los hilos blancos, de escapularios y fronteras.

La Amiga caminó por las calles que ahora le pertenecían, arrancando de la urbe sus memorias, desenterrando el
tiempo con su machete caribeño. “Lidice", la palabra llevaba el peso de los años. La ciudad reducida a cenizas. Su nombre debía ser pronunciado por generaciones, para ensordecer a los incrédulos, que no
quedara un solo rincón en la Tierra donde no se conociera.

Lidice, La Amiga, subió y bajó las vías de aquél lugar consumido por el fuego mortecino; en sus cenizas,
brotaban la yerba, el lúpulo y la vida. Al regresar al viejo Tatra 603, sentimos que habíamos dejado una parte de nosotros en esas calles. El recuerdo de Lidice se hacía vivo, como el hilo invisible que ahora nos unía al lugar y al latido de todas las generaciones que, en su peregrinaje, habían resistido.

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