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16 de marzo 2026
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OpiniónPadre Manuel Antonio García SalcedoPadre Manuel Antonio García Salcedo

Levantarse, caminar y emprender todo nuevo

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RESUMEN

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En búsqueda de la salud integral

En la Aventura de Vivir, libro del Padre Gregorio Mateu, él mismo hace citación de su obra: La poesía es el alma de todas las cosas, solo la pueden ver los que tienen iluminados los ojos de la imaginación.

Es una determinación personal, un mandato de la propia existencia dejar la cárcel del desconsuelo y adentrarse en la belleza. Cuando ella nos arropa, comienza nuestro viaje.

La belleza es una infinita gama de senderos que siempre nos sugieren cosas hermosas.

Queremos paisajes que sean muy amplios, totalmente diferentes a todo lo que ha sido opaco, sin color alguno y a largo plazo.

Hemos sido creados con alma para vivir del alma motivada por un encantamiento que la conduzca día con día hoy. Aprovechemos la mirada que nace de ella. Son tantas las ocasiones en que el alma sufre de quedarse en la tristeza, en el color gris. Su mirada tiende a divagar, se posa en lo decadente, en lo que está agonizando, se anida en la debilidad de ser subyugada. Más su razón de ser es entrever la magia, mirar con alegría el atardecer, y todo lo que vaya concluyendo. Ha de saber que todo lo que se enmarca en sí mismo claridad. Lo demás debe dar paso a cosas mejores.

La luz es para despertar al alma que se encuentre reflejada en todas las cosas, pequeña huella de lo infinita del alma humana. La finalidad de todo lo creado es valorarlo como un medio para alcanzar la comunión. ¿Por qué hay que vivir avergonzado de todo lo noble, de las aspiraciones sanas, de los proyectos generosos que nos ilusionan, de recibir plenamente todos los piropos que te mereces, del dejarse abrazar por los rayos del sol, de desplegar la luminosidad que piensas compartir con este mundo creado por Dios, que despide para ti olor a infinito y quiere alcanzar al cosmos?

Enamorarse de la vida. No repudiarla, ni rechazarla, y abandonar todas las borracheras, los excesos y los desatinos. Todos los anteriores pueden ser curados cuando se divisa la luz aun estando en la caverna más profunda. Hay luz en la noche más solitaria. Pero hay que avanzar, tener la convicción de que en la tranquilidad brotará el misterio, surgirá de la nada la caricia, nacerá la flor, lo árido se tornará en exuberante, lo tímido dará paso a un lugar muy importante. Muestra de ello es el rocío de la mañana, allí en el lugar donde los árboles reinan y no han sido destruidos por la mano codiciosa y acaparadora de los que han vendido su alma al diablo mismo. No sabemos de dónde vienen los pájaros, millares para posarse en los árboles, centinelas del equilibrio y del orden en la tierra. Sus ramas son dormitorios en los que se colocan nidos de fragilidad y de alto vuelo en el futuro.

Fidelidad a los sueños. Ellos tienen que ser desvergonzados. Se parecen tanto a los arroyuelos y su calidez. Del encuentro entre el hombre y la naturaleza se vencen las muchas vigilias tantas inundadas de monotonía, sus presiones a través de sus sombras que se van alargando con el tiempo y con los años.

Dormimos menos. Esto no nos exime de que avancemos, aunque sea lentamente y de forma sosegada. Todos somos monjes solitarios, buscadores de Dios. La luna nos persigue. Ella nos grita que tengamos calma, que alcancemos la placidez porque son muchos los secretos de nuestra vida que tenemos que escudriñar. Y siempre escuchar su clamor: ¡levántate!.

Ten avidez. Abandona ese sueño mal sano qué te mantiene dormido ante la belleza de la creación. Acepta los sueños que solo te dejan saborear la oscuridad como paso obligado a la luz. Pongamos en el canasto de la noche y su oscuridad a al silencio y a su paz. Y guardalos para la próxima ocasión. De inmediato la Aurora despierta luminosa siempre. Ella trae presagios de novedad cada mañana. Escuchar al pregonero que dispara los resortes internos.

El alma tiene hambre de resurrección cada día que trae pureza, se perfila en la inmensidad. Son tantos los derechos qué tenemos, y aunque nos corresponden, hay que sudar para ejercerlos. Además de ponerlos por escrito, hay que extraerlos de lo esencial de nuestro propio ser y poner manos a la obra, lo que hay que hacer.

Reconocer a tantos que se dejan atrapar por el anonimato, pero no pueden estar sometidos por sus soledades. En estos casos han soltado un grito inmenso ante las angustias feroces y proferir un gran eco que resonar. Han roto la zozobra del dolor que tiene que expresarse con un crujir. La razón es que duelen las relaciones humanas cuando están disfrazadas de competencia y de ganancia. Pero no valen la pena.

Vamos a extraer las fuerzas del amor que nos apasiona. Los dardos y los clavos que han sido martillados en nuestra vida pueden ser extirpados con una gozosa quietud que deja en los dinteles de la puerta la tristeza y la monotonía. Se buscan los colores de la belleza.

Los sueños son vehículos en movimiento, en ocasiones con asientos duros, pero sin desaprovechar los paisajes, aunque sea de noche, aunque haya bruma. A los paisajes no se les puede captar del todo en una sola mirada y en el mismo ángulo. Uno de los problemas más grandes durante toda marcha es la indiferencia ante las dificultades ajenas, un dolor punzante, una tranquilidad asfixiante hasta morir. algodones con espinas en los que se recuesta el cuerpo en una feria de apariencias que impide calmar nuestra sed de consuelo.

Las oportunidades son para los peregrinos de la esperanza. Para ello hay que descalzarse de los viejos zapatos, hay que vestirse con muchas ilusiones, hay que desconectarse de esa máxima velocidad con la cual navegamos en viejos miedos. Los horizontes están abiertos. La vegetación es profunda. Se puede saborear un entusiasmo cada vez más amplio, no estar parados, sino edificar nuestra morada definitiva.

Abandonemos la prisa de este mundo. Descartemos todo aquello en que no hay tiempo para ser seres humanos. Decidimos ahora tornar nuestra mirada hacia nuestra alma, a sus profundidades infinitas, hacia esa explosión de luz y de gozo. Hemos de acudir a los rincones del alma, lo más interior de cada ser humano.

El dolor ha de llevar a sobrepasar limitaciones tremendas. Paisajes que nos permiten valorar flores que antes no mirábamos, la perfección de todos los seres que vuelan, caminan, nadan a lo largo y ancho de la faz en toda la tierra.

Vivamos en felicidad al recoger tanto que hemos sembrado, e ir sacando cuentas de que lo que pensábamos perdido o no fue valorado. Lo que hemos trabajado y dedicado alma, vida y corazón tienen para Dios valor de premio y de eternidad. Las buenas obras enorgullecen a nuestros seres queridos que ya han partido. Lo más bello que no podemos expresar de esta vida e incluso aquellos que todavía no hemos llegado y tenemos que sentir que nos espera. *Doctor en Teología Católica…

Por: Padre Manuel Antonio García Salcedo.

Arquidiócesis de Santo Domingo

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