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1 de enero 2026
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OpiniónDamasco JiménezDamasco Jiménez

Lectura y poder: una relación incómoda

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«Lee y conducirás, no leas y serás conducido»- Santa Teresa de Jesús


Todavía no está del todo claro si leer nos hace mejores personas, pero lo que sí es evidente es que la lectura sigue siendo un marcador cultural profundo. En la Grecia clásica, cuna del pensamiento occidental, el acceso a la lectura estaba reservado para las clases privilegiadas. La sociedad se dividía en cinco grupos: aristócratas, ciudadanos libres, metecos, esclavos y mujeres y niños. Saber leer no era un derecho universal, sino una destreza que permitía ascender entre círculos sociales.

Hoy, sin embargo, se nos dice que leer es esencial para crecer, aunque no todos lo practican ni lo valoran por igual. No se trata de imponer la lectura como obligación colectiva, sino de observar cómo se manifiesta en distintos estilos de vida. Algunos leen un libro al año, otros uno al mes, algunos uno por semana, y unos pocos, uno al día. ¿Qué significa eso en términos de cultura y desarrollo? ¿Puede una sociedad prosperar sin leer? ¿Puede alguien ocupar un cargo público sin haber leído más que su propio nombre?

En la cultura pop, leer no es tendencia. Pero en la cosa pública, la lectura debería ser requisito mínimo. El problema es más profundo: confundimos éxito con acumulación. El que lee sabe más, pero también sufre más, porque ve lo que otros no ven. Ese saber otorga poder, aunque no siempre pueda ejercerse. Para acumular, no se necesita leer. Para gobernar bien, sí.

Por eso el Estado necesita políticos que lean, y ciudadanos que no lean, para que sus faltas pasen desapercibidas. ¿No es esa la paradoja más peligrosa de nuestra cultura política? Es un eterno retorno…

Ninguna sociedad, por más culta o bárbara que sea, escapa al culto, o al abandono, del hermoso ejercicio de la lectura.

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