RESUMEN
Daniel Fortuna, es un ‘tajalán’ de cinco pies y once pulgadas, con cara de “yo no fui” y de charlatán, que ha recurrido a toda clase de trucos para tratar de andar con sus llaves sin ningún éxito. Hasta hace poco tiempo, aunque ustedes no lo crean, este muchacho, de tamaño monumental, no se avergonzaba de andar con uno de esos peluches que usan los niños de cuna, para que su llavero no se le perdiera, pero entonces dejaba el peluche, porque no se acordaba que unido al mismo estaban las llaves.
Despistado, y casi sin aliento, ha recurrido a la medida extrema de dormir en galerías de vecinos, de su propia casa, y hasta de amigos; porque desde el más pequeño hasta el más grande de su vivienda, simplemente ya “no le quieren abrir la puerta”. Están cansados de escuchar sus historias que rayan en lo quijotesco, sobre la forma en que perdió por última vez su llavero.
Han pasado los meses y cada vez que el papá de Daniel se acuerda que ese barbarazo durmió en la galería como un lirón, le echa su boche, aunque esté delante de la novia o de persona desconocida.
Cuando le tocan el tema, siempre tiene presente a su amada progenitora, quien le ha dicho en su cara que es un desaplicado, desordenado, y que “le tiene amor a pocas cosas en este mundo”. Pero Daniel no se inmuta, trata de simplificarse la vida andando con menor cantidad de cosas.
A lo primero que recurrió fue a usar llavero gigante, para no pasarlo desapercibido; luego optó por dejarlas guardadas en su casa, es decir, no salir con ellas, e inclusive, llegó a averiguar si determinados días habría gente en la casa, para cuando él llegara no tener que preocuparse por ellas.
Confiesa que el método que más le ha dado resultado es usar una cadenita como la que usaban los viejos de mitad del siglo 20, amarradas al pantalón, o una especie de collar o cordón alrededor del cuello para tenerla siempre segura y presente.
Tampoco ha funcionado el tener varios llaveros. Está convencido de que su mal no tiene cura, visitando psicólogos ni tampoco a un psiquiatra, tampoco le ha dado resultado usar llaveros de tamaño gigantesco como si fuera un anormal.
Recuerda, y todavía se ríe, que la última vez que se le perdió fue buscando la forma de andar con ella sin que se le escapara. En esos afanes la sacó del llavero, la guardó en la cartera y por unos días le funcionó, pero luego tampoco logró encontrarla cuando se le perdió la cartera.
No sabe decir el número de llaves que ha perdido en los últimos nueve años, pero tiene presente que luego de haber sacado la última copia, un día buscando no sabe qué, encontró la copia en la cartera justo en el escondrijo en que la había colocado, y así cerró la cartera convencido de que ese mal no tiene cura…
Por Víctor Elías Aquino
