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20 de enero 2026
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OpiniónMiguel ColladoMiguel Collado

Las historias fugaces (Relato)

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RESUMEN

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Rengifo sintió nuevamente el impulso avasallador por escribir un cuento. Una multiplicidad de temas y asuntos bullían en su cabeza, pero en una especie de ansiedad inexplicable no lograba detenerse en ninguno y su mente, bloqueada por un imaginario muro oscuro y frío, la sentía seca, incapaz de producir ideas.

A base de un insólito esfuerzo intelectual, Rengifo sorteó varios títulos posibles, una extensa lista que tachaba y rehacía bajo un estado emocional no experimentado nunca antes. No podía pensar. También ensayó distintas estructuras narrativas, modos de abordar la construcción de las historias. ¿Breves o muy breves? Tampoco en esto pudo arribar a un punto definitivo, razón por la que quizá haya narraciones extrañas, muy disímiles unas de otras, con temáticas diversas, en su nuevo libro de narraciones cortas y no muy cortas.

Cada historia iniciada quedaba inconclusa. El embotamiento; siempre el mismo embotamiento. Probó escribir una serie de relatos rosa en torno a una misma historia de amor, pero hacer eso le pareció tan cursi, tan Corín Tellado, que desistió de la idea. Fue en el otoño de 1988, durante una breve estancia en la ciudad norteamericana de Rochester, al noroeste del Estado de New York.

El bloqueo del escritor según, por Leonid Pasternak (1862-1945)

Insatisfecho con lo que escribía, cada historia concluida a Rengifo le parecía trunca. Ninguno de los relatos ―ni los breves, ni los menos breves― le complacía; ninguno lograba dejar satisfechas sus ilimitadas ansias de escribir un cuento. Se le notaba tenso, molesto. Rompía cuartillas y garabateaba aquí y allá, tachando y encerrando palabras, frases y también párrafos enteros que luego reescribía.

Se levantaba temprano, a veces muy de madrugada, y se dirigía a su estudio. Buscaba afanosamente la fórmula más eficaz para escribir ese cuento ideal que solamente estaba en su mente, prisionero, pero que se le escapaba cuando comenzaba a escribirlo. La historia ―en una actitud rebelde ante la posibilidad de ser liberada por su creador― se le desvanecía y los personajes se burlaban de él, por lo que siempre retornaba al punto de partida y, con energías renovadas, empezaba a escribir nuevamente ese cuento anhelado. En este punto siempre recordaba frases lapidarias estimulantes como la del cantautor argentino León Gieco: «Para poder seguir tengo que empezar todo de nuevo».

Para Rengifo todo estaba por hacer. Hasta las historias ya contadas. Desconocía aún la mejor forma de abordar la historia o de concluirla felizmente y, por ello, optó por dejar en simples notas, en toscos apuntes narrativos, los inútiles intentos por escribir un cuento. Ahora son sólo historias fugaces.

Por: Miguel Collado

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