El acoso y la discriminación escolar son problemas frecuentes que, a pesar de ser ampliamente conocidos, muchas veces pasan desapercibidos, ignorados y/o son minimizados por adultos, docentes, compañeros e incluso padres.
Sin embargo, ignorar estas situaciones pueden generar consecuencias profundas, duraderas y hasta devastadoras para la vida de un niño. Comprender la gravedad del problema es el primer paso para actuar y prevenir daños que pueden marcar a una persona por años y/o terminar en tragedia.
Lo que nos lleva al caso de la muerte de la niña de la niña de 11 años, Stephora Joseph, en una excursión organizada por el colegio, Instituto Leonardo Da Vinci de Santiago de los Caballeros, donde estudiaba.
Hasta el momento, las autoridades correspondientes no han emitido un comunicado informando sobre las circunstancias en las que la menor perdió la vida, pero circulan rumores de que la menor era “discriminada” y sufría “bullying” por parte de sus compañeros de escuela, lo que ha desatado diversas teorías “conspirativas”.
Si bien las autoridades, el colegio y quienes estaban en la “actividad” donde murió Stephora deben de dar las explicaciones de lugar, el Ministerio de Educación debería de prestar mayores atenciones a situaciones de acoso y discriminación escolar en todo el territorio nacional.
No prestar atención al acoso escolar no solo permite que este continue, sino que lo legitima. Cuando un niño denuncia una situación y no se actúa, se envía un mensaje de que su sufrimiento no importa.
Bajo ninguna circunstancia debe de ser así.
La intervención inmediata de los padres, docentes y autoridades escolares es clave para detectar señales, proteger a la víctima, corregir conductas agresivas y educar en valores de respeto e inclusión.
Un ambiente escolar seguro se construye con programas de convivencia, resolución de conflictos, espacios de escucha para los estudiantes, políticas claras contra la discriminación y el racismo, el fomento del respeto a la diversidad y la no tolerancia a los abusos.
Prevenir el bullying es una responsabilidad colectiva que nos beneficia a todos.
Ignorar el acoso escolar y la discriminación en las escuelas, simplemente, no es una opción.
Las burlas y las humillaciones repetidas afectan la percepción que cualquier niño tiene de sí mismo, causando problemas de identidad. Cuando un niño es discriminado por origen, apariencia, capacidades y/o identidad pueden hacer que sienta vergüenza de quien es y del lugar donde viene, lo que afectará su autoestima y desarrollo integral.
Efectos que pueden continuar incluso en la vida adulta, influyendo en la salud mental, desarrollo emocional, social, académico y físico, e impactar grandemente en las relaciones interpersonales del individuo.
Cuando un niño sufre acoso y/o discriminación y no recibe apoyo, puede desarrollar ansiedad y estrés, dado que la anticipación constante de agresiones genera miedo persistente, y depresión, que le hace sentirse aislado y sin valor, lo que puede llevar a un profundo estado de tristeza.
Además, la discriminación y el acoso escolar pueden influir en el rendimiento académico del estudiante, pues si bien el ambiente escolar debería de ser un espacio seguro para aprender.
Estudios han confirmado que el bullying disminuye la concentración, aumenta la desmotivación, e incluso puede causar predisposición, irritabilidad y bajas calificaciones.
Un niño acosado, burlado, y/o discriminado evita participar en clase por miedo al rechazo y/o a la burla.
Las víctimas de bullying suelen alejarse de sus compañeros y actividades sociales, y con el tiempo, desarrollan temor a interactuar con otros, sentir desconfianza generalizada, incapacidad para crear relaciones saludables y en general, no sentirse cómodo en un ambiente al que tiene que asistir, y en el que debe de interactuar obligatoriamente con otros.
No nos equivoquemos, el aislamiento no es una elección, es un mecanismo de defensa ante un entorno que se percibe como hostil.
Incluso, el estrés constante que provoca el bullying puede manifestarse en el cuerpo, con dolores de cabeza y estómago, trastornos del sueño, cambios en la alimentación, fatiga y debilidad física.
Y es que, la salud completa del niño se ve amenazada cuando se normaliza el acoso.
En los casos más graves, ignorar el bullying puede llevar al niño a sentirse completamente solo y fuera de lugar, lo que aumenta el riesgo de conductas peligrosas, auto lastimarse, y/o pensamientos suicidas.
Por eso es fundamental intervenir a tiempo y ofrecer ayuda profesional cuando sea necesario.
Actuar a tiempo, escuchar, acompañar y educar son acciones esenciales para garantizar que las escuelas sean lugares seguros donde nuestros hijos puedan asistir, interactuar, participar, crecer, y aprender sin miedo.
Por Carolina Saddler
@saddlerucarolina carolinasaddler@gmail.com
