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9 de enero 2026
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OpiniónDomingo Núñez PolancoDomingo Núñez Polanco

Las cabañuelas: Sabiduría popular del porvenir climático

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Las cabañuelas son un antiguo método de predicción meteorológica muy popular en el campo dominicano. Aunque desprovisto de validación científica, este sistema se basa en la observación atenta de los primeros días del año para anticipar el comportamiento climático de los meses venideros. En esencia, representa una forma de conocimiento ancestral transmitido de generación en generación, cargado de simbolismo, experiencia práctica y un profundo vínculo con la naturaleza.

El término «cabañuela» se asocia popularmente a la “cábula” o “cábala”. Desde la concepción popular, la cábula es entendida como una suposición o conjetura, una suerte de cálculo supersticioso para adivinar algo. En contraste, la cábala en su sentido académico y religioso hace referencia a un sistema místico y alegórico de interpretación de las escrituras judías, que busca, a través de métodos esotéricos, revelar doctrinas ocultas sobre Dios y el universo. Pese a sus distintas raíces, ambos conceptos coinciden en el deseo humano de desentrañar el porvenir y encontrar orden dentro de lo incierto.

Desde tiempos antiguos, el ser humano ha intentado prever los designios del clima, no solo por curiosidad, sino por una necesidad vital: saber cuándo sembrar, cuándo cosechar, cuándo protegerse. Así surgieron métodos como las cabañuelas, que, aunque carentes de rigor científico, se han consolidado como saberes empíricos profundamente arraigados en la cultura rural.

El procedimiento de las cabañuelas es sencillo en apariencia, pero requiere observación y atención. Según la tradición, los primeros doce días de enero representan los doce meses del año. El 1 de enero corresponde a enero, el 2 a febrero, y así sucesivamente hasta el 12, que representa diciembre. Si en uno de estos días llueve, se interpreta que ese mes será lluvioso; si hay sol, se augura sequía o tiempo seco. Hay quienes amplían este sistema observando también los días del 13 al 24 de enero, en un conteo inverso o complementario que afina la predicción.

Este conocimiento, heredado por vía oral, ha acompañado a las comunidades rurales por generaciones. De hecho, según fuentes históricas, el origen de las cabañuelas podría remontarse a la antigua Babilonia, lo que evidencia su antigüedad y su expansión por diversas culturas del mundo hispano.

En la República Dominicana, las cabañuelas han sido —y aún son en algunos rincones— una guía confiable para campesinos que deben planificar sus labores agrícolas con anticipación. A la llegada de cada nuevo año, muchos agricultores afinan la vista y también el instinto. El saber meteorológico del campo no proviene de satélites ni radares, sino del cielo mismo: sus nubes, vientos, lloviznas o calores, y de la lectura que el hombre hace de ellos desde su experiencia.

Recuerdo, siendo adolescente, las visitas a la casa de mis abuelos, Papá Berto y Mamá Nina, en Sabana del Puerto, sección de Bonao. Me sorprendía la seguridad con la que afirmaban si aquel año sería bueno para la siembra, si vendría seco o lluvioso. Con una mezcla de intuición y sabiduría vivida, consultaban los días iniciales de enero con respeto casi ceremonial. Aquella práctica, para mí entonces misteriosa, era parte esencial de la vida del campo.

Más adelante, por allá por 1987, en la comunidad de Vayacanes, administraba un molino de arroz. Una parte del arroz acopiado lo secábamos en un secadero de cemento al aire libre. Al comenzar el año, las cabañuelas eran nuestra guía principal para decidir si podíamos arriesgarnos a sacar el arroz al sol. Si el día correspondiente a enero o febrero anunciaba lluvias, tomábamos previsiones; si había buen sol, nos animábamos a extender el grano. Esa lectura del cielo, sencilla y poderosa, nos ahorraba pérdidas y preocupaciones. No se trataba solo de fe, sino de confianza en una sabiduría que nos hablaba desde la experiencia.

Un hecho que quedó grabado en la memoria colectiva fue cuando, a finales de diciembre de 1978, el entonces presidente electo Antonio Guzmán expresó su confianza en lo que pronosticaran las cabañuelas para el año 1979. Aquellas palabras pudieron parecer extrañas en los círculos urbanos, pero fueron comprendidas con total claridad por los campesinos, para quienes las cabañuelas eran una forma válida de leer el futuro climático.

Los agricultores creen, por ejemplo, que si el 1 de enero llueve, enero será húmedo; si el 2 está soleado, febrero será seco; y así continúa la lectura, día a día, mes a mes. Cada jornada es una ventana simbólica que anticipa lo que traerá el calendario.

No obstante, con el paso del tiempo, esta tradición ha ido perdiendo fuerza. La emigración del campo a la ciudad, junto al acceso cada vez más generalizado a las predicciones científicas proporcionadas por instituciones como la Oficina Nacional de Meteorología, ha contribuido al debilitamiento de este saber popular. Aún así, en algunas comunidades campesinas, todavía hay quien, con mirada fija al cielo y libreta en mano, lleva su conteo de enero como un rito que honra la herencia de sus mayores.

Las cabañuelas nos recuerdan que el saber popular no es una superstición vacía, sino una forma de lectura del mundo construida a partir de la observación, la necesidad y la memoria colectiva. En tiempos donde todo se mide en algoritmos y pronósticos digitales, vale la pena volver la mirada hacia estos saberes humildes, nacidos de la tierra y el cielo. Las cabañuelas son también un símbolo de lo que hemos sido y de lo que aún somos cuando nos permitimos confiar en el ritmo natural de las cosas.


Por Domingo Nuñez Polanco

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