ENVÍA TUS DENUNCIAS 829-917-7231 / 809-866-3480
2 de enero 2026
logo
OpiniónAnn SantiagoAnn Santiago

Las botellas no son agua. Son veneno. Y nos lo estamos bebiendo todos

COMPARTIR:

En este país, tú puedes ser el mejor médico, el ingeniero más preparado, la maestra más entregada, el abogado más brillante…
Y aún así, nadie te garantiza nada.

Aquí no te miden por lo que sabes.
Te miden por a quién conoces.
Por el apellido que llevas.
Por cuánta rodilla te arrodillas.
O, peor aún, por cuánto estás dispuesto a pagar para que te nombren.

Porque sí, ahora para conseguir un puesto público hay que pagar.
Como si uno no hubiera sudado años de universidad, sacrificios, madrugadas, trabajos mal pagados, como si eso no valiera nada.
Como si ser decente fuera una maldita desventaja.

Y mientras tú buscas trabajo honesto,
otros llenan las nóminas con “botellas”.
Gente que no da un golpe.
Gente que no aparece.
Gente que está ahí por un favor político, por ser primo de fulano, amiga de mengano, o por haberle hecho un encargo “extraoficial” a alguien con poder.

Y lo peor no es solo que no trabajen.
Es que cobran.
Y muchas veces, no todo para ellos… sino para quien los puso. Porque hay toda una mafia montada donde a las “botellas” se les descuenta una parte “por debajo”, como si los jefes fueran dueños del Estado y no empleados del pueblo.

¿Y tú sabes qué es lo peor de todo esto?
Que yo también lo pensé.
Sí, yo también me dije un día:
«¿Y si consigo una botella? Total, todos lo hacen. Todos los gobiernos lo hacen.»
Porque uno se harta. Se cansa. Se siente idiota por querer hacer las cosas bien en un país donde lo que menos vale es la honestidad.

Pero me frené.
Porque entendí que si todos los gobiernos lo hacen,
entonces alguien tiene que ser el que diga que no.
Alguien tiene que romper el ciclo.
Alguien tiene que decir: yo no vendo mi dignidad por un cheque que no me gané.

Porque mientras esta práctica siga,
mientras se sigan premiando favores y no méritos,
el país no va a cambiar.
La desigualdad va a seguir.
El desempleo va a crecer.
La inseguridad va a reventarnos las puertas.

Queremos “cero corrupción”, pero se nos olvida exigirlo cuando nos dan migajas.
Cuando nos tiran un nombramiento vacío.
Cuando nos dicen: “mira, te voy a ayudar”, como si lo justo fuera un favor, no un derecho.

Este gobierno —y sí, lo digo claro—
es el que más ha alimentado esta mafia de botellas.
Y mientras no haya una voluntad real de limpiar las nóminas, de nombrar por mérito, de pagarle a quien trabaja y sacarle la teta a quien solo chupa…
seguiremos igual o peor.

Porque las botellas no son solo corrupción.
Son una forma de esclavitud moderna.
Son la prueba de que el sistema está podrido.
Y de que muchos prefieren robar en silencio que luchar en voz alta.

Pero yo no.
Yo no quiero callarme.
Yo no quiero ser cómplice.
Y tú, que estás leyendo esto, tampoco deberías.

Este país no necesita más botellas.
Necesita más gente con sed de justicia.
De la real. De la que no se vende.

Comenta