RESUMEN
EL NUEVO DIARIO, SANTO DOMINGO.– Mientras generaciones enteras crecieron consumiendo contenido impulsivo, inmediato y efímero en redes sociales, una corriente creciente propone algo distinto: el movimiento desinfluencer. Se trata de una tendencia que ha cobrado fuerza, principalmente en plataformas con alta actividad juvenil, donde no se busca acumular seguidores a toda costa ni explotar cada tendencia viral, sino repensar el propósito detrás de cada publicación y cuestionar la lógica tradicional de “crecimiento a cualquier precio”.
Lejos de ser un simple juego estético o una reacción puntual, esta corriente plantea una reflexión más profunda: ¿qué impacto real dejan los contenidos que se consumen diariamente? A diferencia de los influencers convencionales, que suelen montar cada ola de popularidad, el desinfluencer propone espacios de calma, crítica o incluso abstención digital, como respuesta a la saturación de estímulos.
Para el creador de contenido Francisco Doglio, entender este movimiento no es solo una moda pasajera. “Hay un cansancio evidente en algunas audiencias”, dice. “La gente está cuestionando qué le aporta cada pieza de contenido a su vida real, y eso está transformando la manera en que se produce y se consume información en internet”. Su lectura no se limita a una crítica superficial, sino que busca analizar cómo distintas comunidades digitales empiezan a medir impacto más allá del alcance o las métricas de vanidad (visitas, likes, comentarios).
El fenómeno del desinfluencer no se concentra únicamente en cerrar cuentas o disminuir la actividad. Su expresión más común es una redefinición de prioridades: publicaciones con menos frecuencia pero con mayor profundidad, mensajes que apuestan a la reflexión más que a la urgencia de la viralidad, e interacciones en las que el creador busca generar valor más allá del simple entretenimiento. Este enfoque, aunque minoritario frente al volumen dominante de contenidos, ha ganado tracción entre segmentos que priorizan bienestar digital y significado sobre notoriedad efímera.
Aunque el término desinfluencer puede sonar contradictorio, la categoría no niega la creación de contenido; más bien la reordena. En lugar de centrarse en la maximización de audiencia, quienes se identifican con esta corriente buscan modelos alternativos de impacto: conexión profunda y real con la audiencia, comunidades que comparten valores comunes y contenido altamente intencional.
Francisco Doglio señala que la aparición de este movimiento también lleva a replantear ciertas prácticas de monetización vinculadas a la atención masiva. Si la comunidad empieza a valorar contenido más crítico o introspectivo, entonces las estrategias tradicionales de colaboración y publicidad deben adaptarse. No se trata de eliminar la publicidad o las alianzas de marca, sino de reconsiderar cómo se alinean con los valores de las audiencias que ya no responden únicamente a estímulos inmediatos.
Doglio considera que este cambio, aunque todavía emergente, es un indicador de la madurez del ecosistema digital: las audiencias ya no solo cuentan seguidores o visualizaciones, sino que buscan respuestas más útiles, críticas más profundas y mensajes que puedan aplicar en su vida cotidiana. Para muchos creadores, eso representa no solo un desafío, sino una oportunidad para pensar estrategias que integren impacto real con presencia digital.




