RESUMEN
Sin entrar en mayores consideraciones macroeconómicas es imperativo reconocer que la nación atraviesa por un período de crisis económica. Como botón de muestra baste indicar que el déficit de nuestro intercambio comercial que el año pasado anduvo sobre los 400 millones de dólares se proyecta con un incremento del 50 por ciento para este 1981.
Los datos publicados indican que en el primer trimestre de este año ese déficit alcanzó a 167 millones de dólares, un ritmo que nos llevará sobre los 650 millones al finalizar el año, si es que no se producen milagros.
El problema no radica solamente en el aumento de las importaciones, sino también en la caída de los precios de nuestros productos de exportación, aún de aquellos que el año pasado fueron una bendición, como el oro y el azúcar, además de otros renglones fuertes de la economía nacional, como el café y el cacao, la bauxita y el ferroníquel, deprimidos en los últimos dos años.
Aparte de los necesarios correctivos estructurales y a mediano plazo, la situación económica determina una racionalización al máximo posible para evitar la progresiva desvalorización de nuestro signo monetario, presionado por una prima del 28 por ciento prevaleciente en el mercado paralelo de divisas.
Ya la solución no es simplemente seguir pasando productos de importación al mercado paralelo de divisas. Se precisa una austeridad al máximo nivel.
De ahí que resulte contraproducente que en estos precisos momentos se esté debatiendo en el Congreso Nacional un proyecto de ley, ya aprobado por la Cámara de Diputados, que disminuye los impuestos a los licores importados, lo que se traducirá de inmediato en un aumento del consumo de productos extranjeros, en desmedro de la industria nacional de bebidas alcohólicas.
Ese proyecto no sólo debe ser desestimado, sino que se hace imperativo adoptar otras medidas proteccionistas de la industria nacional, que a la vez se traduzcan en economía de importaciones.
Los importadores de bebidas alcohólicas tienen razón en algo fundamental, y es que los altos impuestos a los licores importados estimularon el contrabando, perjudicándolos a ellos, al fisco y disminuyendo el efecto bienhechor para la industria nacional de la restricción.
Pero la solución más racional al contrabando no radica en eliminar la restricción impositiva, sino en incrementar al máximo los controles para reducirlo o eliminarlo.
Probablemente la situación de la balanza comercial del país requiera otras restricciones, pero por lo menos resultaría grave que se le minaran las ya existentes.
Así mismo, es urgente que se desate una campaña encaminada a inducir al consumidor a ingerir los alimentos que ahora mismo estamos produciendo con excedentes.
Resulta contraproducente que se estén perdiendo los víveres, especialmente plátanos y guineos, y que no sepamos qué hacer con el pollo, los huevos y la leche, mientras seguimos importando alimentos sustitutos, como harina, carne de cerdo, pescados procesados y otros.
Alguien podrá decir que con restringir esas importaciones no se resuelve el problema. Y es posible que tenga razón. Pero por alguna parte hay que comenzar a racionalizar y a imponer austeridad.
Lo cierto es que amplios sectores nacionales viven con el cinturón apretado, careciendo de recursos para comprar siquiera los plátanos, y los pollos que tenemos en excedente para desgracia de la producción. Impóngase austeridad a las clases altas y medias, restringiendo importaciones y forzándolos a consumir lo que producimos.
¿O es que seremos tan insensatos para introducir correctivos cuando ya la enfermedad haya consumido gran parte del cuerpo económico de la nación, dejándolo sin energías para caminar?
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