RESUMEN
La seguridad vial es un pilar que todos aceptamos como necesario, pero hay una conducta que rara vez se escruta con suficiente seriedad: la de quienes conducen a paso de tortuga sin razón válida. No es un llamado a la velocidad desmedida ni a ignorar la prudencia. Es un llamado a la convivencia y a la empatía.
Las calles existen para conectar puntos, permitir que todos lleguemos a destino de manera fluida. Cuando alguien decide avanzar exageradamente lento sin motivo, no solo ralentiza el tráfico: impone su ritmo a los demás, encarece costos de transporte, y añade estrés innecesario. Al final del mes, esa acumulación de retrasos se traduce en tiempo y dinero perdidos.
¿Por qué sucede esto? Más allá de la falta de fiscalización, hay factores psicológicos. Algunos conductores están dominados por el miedo o la ansiedad, lo que los lleva a una lentitud excesiva. Otros, simplemente, muestran una desconexión con el impacto de sus actos en la colectividad. La empatía al volante no es solo evitar choques, es entender que compartimos el espacio y que nuestras decisiones afectan a los demás.
Conducir con empatía es reconocer que las vías son de todos y que la convivencia vial se basa en el equilibrio entre prudencia y fluidez. No se trata de correr, sino de no olvidar que cada minuto de más que imponemos a otros tiene un costo colectivo. Convivir en la vía también significa saber cuándo es momento de hacerse a un lado.
Por Guaroa Ubiñas
Comunicador dominicano enfocado en análisis automotriz y movilidad, con opinión clara y mirada al impacto en el consumidor.
