ENVÍA TUS DENUNCIAS 829-917-7231 / 809-866-3480
23 de marzo 2026
logo
OpiniónElizabeth MenaElizabeth Mena

La sostenibilidad ya no es un lujo, es una estrategia de supervivencia país

COMPARTIR:

RESUMEN

Analizando noticia... por favor espera.

Cuando el presidente Luis Abinader advirtió en la tarde de este 22 de marzo de 2026 que la guerra en Irán tendrá repercusiones directas sobre la economía dominicana debido al inevitable aumento en los precios del petróleo, los combustibles, los fertilizantes y algunos alimentos, no estaba haciendo una advertencia coyuntural. Estaba, más bien, poniendo en palabras una realidad estructural sobre la cual durante años hemos elevado la alerta.

Hemos incentivado una economía abierta que, si bien nos ha rendido frutos, también ha implicado que no nos preparemos adecuadamente para la vulnerabilidad frente a lo que ocurre fuera de nuestras fronteras.

Somos un país que no controla los precios de su energía, que depende de mercados internacionales para insumos críticos y que, aunque ha logrado avances importantes en crecimiento y estabilidad, aún no ha construido plenamente su capacidad de resistencia frente a choques externos. El propio presidente lo reconoció con claridad: importamos la totalidad de los combustibles que consumimos. Es decir, no decidimos; reaccionamos.

Cada guerra, crisis geopolítica, interrupción en las cadenas globales de suministro termina traduciéndose aquí, inevitablemente, en presión sobre el costo de la vida, en tensiones fiscales (en un país que necesita desde hace años una reforma fiscal estructural) y, en consecuencia, en incertidumbre para el aparato productivo y en angustia para las familias.

El mayor riesgo no es la guerra. Es nuestro nivel de vulnerabilidad. Ya lo vivimos durante la pandemia. Y, sin embargo, pareciera que aún no hemos internalizado la lección.

La pandemia nos obligó a detenernos y mirar hacia adentro. Nos mostró, sin filtros, cuán expuestos estábamos. Pero también nos reveló algo importante: que sí contamos con capacidades que pueden sostener al país en momentos críticos. Nuestra industria y sector agropecuario resistió. Logramos mantener niveles de abastecimiento que, en comparación con otros países, fueron incluso destacables, aumentando en ciertos rubros las exportaciones.

Pero no basta con haber resistido una vez. La verdadera pregunta es si estamos preparados para resistir mejor la próxima. Y ahí es donde la conversación sobre sostenibilidad necesita evolucionar.

Durante años, hemos reducido la sostenibilidad a un concepto cómodo, casi decorativo. La hemos asociado a temas ambientales aislados, a prácticas empresariales “responsables”, a iniciativas valiosas pero desconectadas de la estructura real de la economía. Hemos hablado de reciclaje, de reducción de emisiones, de campañas de concienciación.

Todo eso es importante. Pero no es suficiente. Hoy, la sostenibilidad es otra cosa. Es la capacidad de un país de sostenerse en medio de la incertidumbre, de su economía de no colapsar ante una crisis externa y de su gente de no quedar expuesta cuando el mundo cambia.

La sostenibilidad no es un tema ambiental. Es una decisión de supervivencia país y si asumimos esa realidad con honestidad, entonces también debemos asumir que tenemos tareas urgentes.

La primera de ellas es enfrentar con seriedad, nuestra fragilidad energética. Tenemos más de seis decadas sin solucionar la misma. Hoy, la crisis es que dependemos casi totalmente de combustibles importados. Eso significa que cada conflicto internacional, cada tensión en Medio Oriente, cada variación en el precio del petróleo impacta directamente nuestra economía. No se trata solo de electricidad más cara o de combustibles más costosos. Se trata de alimentos más caros, transporte más caro, producción más cara. Se trata de un efecto en cadena que termina afectando la estabilidad económica y social del país.

El Estado interviene, subsidia, amortigua. Pero eso también tiene un costo. Y ese costo al final lo pagamos la sociedad. Por eso, la transición energética no puede seguir siendo vista únicamente como una agenda ambiental. Es, en esencia, una estrategia de seguridad nacional. Se trata de reducir dependencia, de ganar autonomía, de construir una base energética que no esté atada, de forma absoluta, a decisiones que se toman a miles de kilómetros de distancia tomando como base lo que nos ocurre hoy.

La segunda tarea es blindar nuestra seguridad alimentaria. Vivimos en una economía abierta, y eso nos ha permitido crecer, integrarnos y aprovechar oportunidades. Pero esa apertura también nos expone. Cuando suben los precios internacionales, cuando se encarecen los insumos, cuando se interrumpen las cadenas logísticas, el impacto no tarda en llegar.

Uno de los ejemplos más claros es el de los fertilizantes. Dependemos de mercados internacionales para sostener nuestra producción agrícola. Y cada crisis global se traduce, en el mejor de los escenarios, en mayores costos para nuestros productores y, eventualmente, en mayores precios para los consumidores.

Aquí hay una oportunidad que no estamos aprovechando del todo: desarrollar alternativas locales, impulsar bioinsumos, fomentar prácticas agrícolas más resilientes y menos dependientes de insumos externos, y conectar la economía circular con el sector agropecuario.

Porque la seguridad alimentaria no se garantiza importando más; se garantiza produciendo mejor. Y producir mejor implica invertir en tecnología, en agua, en infraestructura, en conocimiento, en financiamiento y en políticas públicas coherentes.

La tercera tarea es asumir, de una vez por todas, la seguridad hídrica como un eje central de desarrollo. El agua atraviesa todo. Es el hilo invisible que conecta la producción de alimentos, la generación de energía, el desarrollo urbano, la salud pública y la estabilidad social. Sin agua no hay país.

Y, sin embargo, seguimos tratándola como un tema técnico, fragmentado y postergado. Nuestros ríos ya no aguantan más la contaminación ni la falta de atención a sus cuencas altas. Y, si bien contamos con un sistema de presas que sostiene múltiples actividades económicas y sociales, muchas de ellas están sedimentadas y seguimos postergando soluciones técnicas urgentes.

Pero más allá de la infraestructura, el verdadero desafío está en la gestión integral del recurso: en cómo lo distribuimos, cómo lo protegemos, cómo lo planificamos y cómo lo proyectamos hacia el futuro.

Tenemos décadas discutiendo el tema. Cuando el agua falla, todo falla. No hacen falta más estudios ni más diagnósticos. Nos falta decisión.

La cuarta tarea es diversificar la economía con una visión real, no declarativa. Diversificar no es añadir sectores a una lista. Es construir un sistema económico menos vulnerable, más equilibrado, más capaz de adaptarse. Es reducir la posibilidad de que un solo shock externo ya sea energético, alimentario, logístico, financiero o incluso por competencia internacional, como en el turismo o las zonas francas que desestabilice todo el país.

Eso implica fortalecer la industria, impulsar la agroindustria, apostar por la minería responsable, desarrollar infraestructura estratégica, potenciar la logística, integrar tecnología e innovación y, sobre todo, construir cadenas de valor más robustas dentro del territorio nacional. Y, aún más importante, invertir realmente en la base: la educación.

Exportar más, sí. Pero también producir con mayor valor agregado. Retener más capacidades aquí. Ese es el verdadero sentido de una economía sostenible.

Hoy, la guerra puede terminar. Los mercados pueden estabilizarse. Y la vida puede dar la sensación de haber vuelto a la normalidad. Pero esa normalidad sería engañosa.

Porque la próxima crisis llegará.
Y la pregunta no es si ocurrirá, sino cuándo. Y cuando ocurra, volveremos a enfrentarnos a la misma disyuntiva: seguir reaccionando o empezar a anticiparnos.

Ese es, en esencia, el cambio de chip que necesitamos. Dejar de pensar en sostenibilidad como un concepto aspiracional y empezar a asumirla como una estrategia estructural. Dejar de actuar en función de lo inmediato y comenzar a construir con visión de largo plazo. Dejar de depender de factores externos y empezar a fortalecer nuestras capacidades internas.

Porque la sostenibilidad no será real si no abordamos, de manera integral, nuestra dependencia energética, nuestra vulnerabilidad alimentaria, la presión sobre nuestros recursos hídricos, la estabilidad de nuestras comunidades, la continuidad de nuestra actividad productiva y la educación.

Sostenibilidad es que podamos mantenernos en el tiempo como país, como nación y para eso necesitamos una estrategia de supervivencia, de competitividad y de paz social.

La República Dominicana no puede controlar las guerras del mundo.
Pero sí puede decidir qué tan expuesta quiere estar frente a ellas. Ahí está el verdadero desafío.
Y ahí también está la verdadera sostenibilidad.

Comenta