RESUMEN
En el tablero de ajedrez de la vida pública, la reputación se ha convertido en la reina: poderosa, estratégica y, cuando se descuida, vulnerable al jaque mate. Hoy más que nunca, figuras públicas, empresarios y políticos navegan un entorno donde la percepción pesa tanto como la realidad, y donde un desliz, por mínimo que parezca, puede detonar una crisis de proporciones virales.
Nuestra campaña de julio se propone hacer una pausa reflexiva sobre este activo intangible pero determinante, a la luz de episodios recientes que han ocupado titulares y alimentado debates. Desde los escándalos que envuelven a Puff Daddy, pasando por el gesto espontáneo —y polémico— de Brigitte Macron hacia el presidente, hasta las fiestas privadas que han puesto a atletas bajo lupa, y el ya infame caso Koldo, todos tienen un denominador común: la delgada línea entre lo privado y lo público, cada vez más difusa.
Vivimos en una era donde la inmediatez digital borra cualquier margen de discreción. Una palabra fuera de lugar, una compañía cuestionable, un gesto malinterpretado en un evento social, puede convertirse en tendencia global antes de que uno pueda reaccionar. En segundos, lo anecdótico se vuelve titular; lo privado, escándalo; y lo insignificante, evidencia.
Los políticos, incluso aquellos con trayectorias consolidadas o con fortunas heredadas, enfrentan el reto de justificar cada gasto, cada compañía, cada gesto. Sus decisiones no solo repercuten en su imagen personal, sino también en la confianza hacia las instituciones que representan. En el mundo empresarial, la reputación se traduce en valor bursátil, en inversión o retirada de capital, en fidelidad o boicot. Para artistas y deportistas, basta una sola noche —un solo “story” filtrado— para echar por tierra años de ascenso profesional.
Robert Greene, en Las 48 leyes del poder, afirma que proteger la reputación es una prioridad estratégica. No es coincidencia. En una isla donde la distancia entre dos personas se mide en segundos y donde la mirada pública lo alcanza todo, la coherencia, la prudencia y el sentido de oportunidad no son virtudes opcionales, sino escudos imprescindibles.
Cuidar la reputación no significa vivir reprimido, sino comprender el nuevo ecosistema donde se juega la credibilidad. No se trata de fingir, sino de actuar con integridad incluso cuando nadie parece mirar. Porque en la economía de la atención, la confianza es la nueva moneda y la integridad, el único crédito que no caduca.
Proteger la reputación es, en definitiva, proteger el futuro. Porque hoy, más que nunca, el verdadero poder no reside en la visibilidad, sino en la coherencia entre lo que se dice, lo que se hace… y lo que se es.
Por: Rocío Regalado. Protocolo RD
