RESUMEN
Dicen que estamos más seguros, que los homicidios bajaron, que las estadísticas mejoran. Pero los muertos no saben de porcentajes, ni las viudas entienden de gráficos. La República Dominicana se está volviendo el país del miedo disfrazado de progreso: cifras maquilladas, ruedas de prensa ensayadas, y una población que ya no vive, se resguarda.
Esta semana, dos hermanos fueron ejecutados en Santiago como si sus vidas no valieran nada. En el mismo Santiago, un hombre apareció atado, con signos de tortura, y su esposa recibió dinero para el ataúd. En La Barranquita, once policías —sí, once— están presos por una masacre en una barbería. Once agentes que juraron protegernos. En San Cristóbal, una mujer fue encontrada calcinada en su patio. En Santo Domingo, un joven evangélico fue asesinado al salir del culto. Y en Boca Chica, un prestamista cayó frente a su casa, abatido como si fuera parte de una limpieza social no declarada.
¿Y cuál es la respuesta oficial? Que los números bajan. Que la percepción es el problema, no la realidad. Como si la sangre fuera percepción. Como si enterrar a un hijo, a un hermano o a un vecino fuera una ilusión colectiva.
El país de los comunicados y los entierros
El gobierno lanza operativos con nombres rimbombantes, patrullas con luces nuevas, drones para las fotos y conferencias para la prensa. Mientras tanto, la gente sigue durmiendo con miedo, encerrando los sueños detrás de barrotes.
Porque en esta República del miedo, la seguridad es un privilegio, no un derecho. Y la justicia, una lotería que casi nunca toca.
Nadie confía en nadie: el policía da miedo, el vecino desconfía, el juez negocia, y el político sonríe. Se habla de “mano dura” mientras las manos limpias escasean. Los barrios siguen siendo campos de batalla, los delincuentes patrullan mejor que la policía y las víctimas terminan siendo culpables por “andar en malos pasos”, aunque solo salieran a trabajar.
Un Estado ausente y un pueblo anestesiado
La inseguridad no solo mata con balas; mata con miedo, con impotencia, con silencio. Mata cuando la gente deja de denunciar porque sabe que nadie responderá.
La República del miedo no nació de un día para otro: la construyeron la corrupción, la impunidad y la indiferencia de quienes solo se indignan si el muerto tiene apellido conocido.
Cada cadáver sin justicia es una firma más en el fracaso del Estado. Y cada rueda de prensa con cifras maquilladas es una burla más al pueblo que sangra mientras escucha que todo va bien.
La verdadera pandemia
La verdadera pandemia no fue el virus: fue la violencia, el miedo, la desconfianza.
En este país, los cementerios crecen más rápido que las escuelas, y los discursos sobre “seguridad ciudadana” duran menos que la vida de quienes se atreven a salir después de las 9 de la noche.
Nos hemos acostumbrado a vivir con miedo y a morir sin justicia. A prender velas en vez de exigir respuestas. A compartir lamentos en redes sociales mientras los responsables siguen firmando contratos, inaugurando avenidas y ofreciendo condolencias vacías.
Un país que normalizó el horror
Cuando la muerte se vuelve rutina, el país ya perdió.
Cuando once policías pueden participar en una masacre y el gobierno todavía habla de orden, no hay orden: hay impunidad.
Cuando una mujer es incinerada en su propia casa y nadie se inmuta, no hay sociedad: hay un cementerio con himno nacional.
La República del miedo no se arregla con patrullas nuevas ni comunicados vacíos. Se arregla con justicia, con voluntad política, con consecuencias reales. Pero eso exigiría algo que el poder no conoce: vergüenza.
Porque aquí ya no se vive, se sobrevive.
Y cada día que pasa, sobrevivir también empieza a dar miedo.
Por Ann Santiago
