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16 de febrero 2026
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OpiniónRoberto LafontaineRoberto Lafontaine

La red que no corre

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RESUMEN

Analizando noticia... por favor espera.

En una de sus promesas más recordadas, el Presidente afirmó: “Modernizaremos el sistema de salud dominicano para que responda con eficiencia y dignidad a cada ciudadano.”

El compromiso sonó firme, casi épico. Sin embargo, la vida cotidiana tiene una manera particular de desmontar lo solemne: lo hace desde el territorio, donde la movilidad sigue marcada por huecos, oscuridades y aceras inexistentes. Entre esa realidad y las inauguraciones oficiales, la brecha se hace evidente.

La narrativa institucional insiste en que la “Red Nacional de Trauma” podrá reducir hasta un 70 u 80 % de las muertes por accidentes. La cifra se repite como si fuera una verdad revelada. Pero la supuesta “red” no es más que una colección de edificios remozados, sin los procesos, sistemas ni datos que permitirían llamarla por ese nombre. Es una red que, en sentido figurado, no corre, porque no está hecha para llegar antes que la tragedia.

A las 6:40 de la tarde, en un tramo oscuro entre Haina y Quita Sueño, una guagua se detiene porque la luz delantera izquierda falló. Un motorista que vuelve del trabajo intenta esquivar un camión mal estacionado; el asfalto, roto y sin señalización, no le da margen. La frenada termina en caída. El golpe en la cabeza, en inconsciencia.

La familia llama al 9-1-1, pero la ambulancia más cercana atiende otra urgencia en Piedra Blanca. Finalmente, lo montan como pueden en la parte trasera de una camioneta.
La hora dorada ya pasó, aunque el reloj no lo anuncie.

Aquí no hay reducción del 70 %. Solo hay un territorio que no protege y una red que no llega a tiempo porque, sencillamente, no existe fuera del discurso.

El presidente no aparece como antagonista. Al contrario, es un protagonista atrapado por la fuerza de su promesa. Modernizar la salud exige resultados visibles, y la siniestralidad vial —que cobra ocho vidas cada día— no ofrece escenarios fáciles para lucir eficacia. Por eso, cada inauguración se presenta como un avance estratégico, aunque la estructura que produce los siniestros permanezca intacta.

La ironía se impone sola: se promete modernizar la respuesta al trauma sin haber modernizado primero las condiciones que llevan al trauma. Se declara eficiencia hospitalaria en un país donde la movilidad cotidiana es más una prueba de resistencia que un derecho ciudadano.

Los funcionarios del sector salud cumplen un papel clave: sostener con lenguaje técnico el relato presidencial. Hablan de “récord de cirugías”, “hora dorada garantizada” y “atención fortalecida”, como si las palabras pudieran reemplazar las rutas, los sistemas y los tiempos reales de traslado.
Es una retórica que recuerda a quien pule un cristal roto: brilla, pero no deja de ser frágil.

Y aquí aparece la segunda ironía:

los funcionarios hablan como si la realidad fuera su aliada, cuando es el primer testigo en desmentirlos.

La población sabe que la ambulancia no llega, que la luz falla, que el traslado es improvisado. La evidencia que ellos no mencionan, pero la gente vive, erosiona cada declaración.

Mientras el discurso oficial se repite, dentro de los hospitales un grupo de médicos sostiene el único registro confiable del trauma en el país. Lo hacen sin sistemas digitales, sin obligatoriedad de reporte, sin plataforma interoperable y con expedientes análogos que consumen tiempo y energía.

Ese trabajo clínico desmonta, sin confrontación explícita, la ilusión de una red funcional.
Aquí conviene recordar la voz de la tradición crítica latinoamericana en salud, que advierte que los problemas sanitarios no fallan por falta de técnica, sino por estructuras que producen daño y luego disfrazan sus efectos. En la República Dominicana, esas estructuras siguen intactas, aunque sus fachadas luzcan nuevas.

El estudio del Dr. Franly Vásquez, presentado en el Simposio Trauma RD, no busca polémica; busca precisión. Desde un estrado neutral, libre de conflicto de interés, muestra que en el país no hay sistema de trauma, no hay protocolo actualizado, no hay interoperabilidad, no hay vigilancia epidemiológica del trauma y no hay seguimiento longitudinal.

Es un espejo que devuelve la imagen que el relato oficial evita mirar.

Su estudio no desautoriza al Presidente ni a sus funcionarios: simplemente expone la distancia entre la palabra y el proceso, entre la obra inaugurada y la realidad operativa.

Una red de trauma no se inaugura: se construye.

Requiere datos, procesos, transporte prehospitalario, protocolos, territorialidad, articulación clínica y capacidad de cuidado antes, durante y después del impacto.

La pintura nueva no reemplaza la ausencia de sistema; la cinta cortada no sustituye la falta de información.

Y desde la tradición crítica latinoamericana en salud, la conclusión es inevitable:
no habrá disminución real de muertes sin intervenir los procesos que producen la siniestralidad y sin construir un sistema que opere más allá de la inauguración.

Hasta que eso ocurra, seguiremos asistiendo a la misma escena: el territorio produciendo cuerpos lesionados, la población resolviendo como puede y la red oficial esperándonos, irónicamente, después de que el tiempo ya pasó.


Por Roberto Lafontaine
Miembro del Núcleo República Dominicana – GT Salud Internacional y Soberanía Sanitaria CLACSO
Profesor universitario y exdirector de hospitales.

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