RESUMEN
• Porque la universidad es otra cosa
El estudio riguroso de los modos operativos del poder político —en cualquier latitud o época— revela un patrón inquietante: allí donde surge un pensamiento lúcido, capaz de iluminar lo que el poder prefiere mantener en penumbra, aparece también una maquinaria silenciosa orientada a neutralizarlo. Nada de esto es nuevo. El siglo XX lo dejó documentado con precisión quirúrgica, y quizá ningún nombre represente mejor esa pedagogía del exterminio que el de Iósif Stalin.
No se trata de discutir si Stalin inventó la purga. Probablemente no. Otros líderes, antes que él, habían ya comprendido que todo poder que no se somete al escrutinio crítico aspira inevitablemente a destruirlo. Lo que distingue a Stalin no es el origen, sino la sistematización metódica, fría y administrativamente organizada del miedo como política de Estado. Bajo su mando, la sospecha sustituyó a la prueba, la lealtad incondicional reemplazó a la razón, y el temor a desaparecer se convirtió en mecanismo de control psicológico colectivo. No bastaba con silenciar cuerpos; había que desactivar conciencias.
El rasgo más perverso de ese método no fue su violencia física, sino su capacidad de fabricar enemigos incluso donde no existían. Bastaba presuponer una disidencia, imaginar una amenaza, o simplemente temer la lucidez de otro, para que el aparato se activara con precisión matemática. Primero se borraba la reputación; luego, el acceso a la voz; finalmente, al sujeto mismo. La eliminación moral antecedía a la eliminación material. Era una pedagogía progresiva: quien no es refutado, es destruido.
Un ejemplo paradigmático fue el caso de Nikolái Bujarin, uno de los teóricos más influyentes del bolchevismo y cercano a Lenin. Bujarin fue considerado durante años el “hijo pródigo” del Partido Comunista, defensor de políticas moderadas y conciliadoras. Sin embargo, la paranoia estalinista no tardó en percibirlo como amenaza. Fue acusado de conspirar contra el Estado en un proceso lleno de torturas, confesiones forzadas y testimonios inventados. Su caída ejemplifica cómo la purga no necesita evidencia objetiva: basta el juicio del miedo y la manipulación institucional para que la historia se escriba con víctimas inocentes. La ejecución de Bujarin en 1938 y la inmediata reescritura de su legado demostraron que el poder absoluto no tolera contrapesos intelectuales.
Otro caso paradigmático fueron los llamados “médicos del Kremlin”. En 1952, un grupo de destacados médicos judíos fue acusado de conspirar para envenenar a los líderes soviéticos. Los procesos se basaban en testimonios manipulados y sospechas infundadas; muchos fueron arrestados, torturados y asesinados. Este episodio ilustra cómo el mecanismo de purga podía extenderse incluso hacia profesionales cuya labor consistía en cuidar la vida humana, mostrando que la persecución se vuelve especialmente letal cuando alcanza a quienes podrían preservar la verdad o la salud del sistema.
Finalmente, la caída de León Trotski es otro ejemplo paradigmático: exiliado y perseguido, fue víctima de un asesinato político cometido por un agente estalinista en México en 1940. Trotski representaba la posibilidad de un pensamiento alternativo al poder centralizado de Stalin. Su muerte no solo eliminó físicamente al opositor, sino que envió un mensaje global de que la inteligencia crítica podía ser suprimida, incluso lejos del epicentro del poder. La purga, entonces, no era local, sino internacional en su intención de consolidar hegemonía y miedo.
La década de los cuarenta fue el escenario extremo de esta lógica. Hitler y Stalin, irreconciliables en ideología pero idénticos en su pulsión de absoluto, protagonizaron los dos mayores genocidios del siglo. La historia los recuerda como polos opuestos; la ética los reconoce como gemelos operativos en la negación radical del otro. No se parecían en sus discursos: se parecían demasiado en sus métodos.
Lo verdaderamente alarmante es que, aunque el siglo XXI se jacte de civilizado, la purga no ha muerto. Solo ha mutado de forma. Ya no siempre exige campos de concentración ni juicios espectaculares. Basta un aparato discursivo sofisticado, una maquinaria de descrédito selectivo, un silenciamiento que no parezca censura. El exterminio ya no necesita de fuego; le basta con la sombra.
Y es precisamente allí donde el presente se vuelve inquietante: cuando la sospecha vuelve a ser argumento, cuando el miedo se ofrece como método, cuando la inteligencia libre se vuelve estorbo, la historia no regresa: nunca se fue.
Por Dr. Pablo Valdez
