La República Dominicana ha demostrado, a lo largo de las últimas décadas, una notable capacidad de producción en distintos sectores de su economía. Desde la agricultura hasta la industria manufacturera y los servicios turísticos, el país se ha posicionado como una nación activa y trabajadora. Esa capacidad de generar bienes, alimentos y empleos la hace visible en el contexto regional e internacional. La producción, en esencia, es el rostro que un país muestra al mundo.
Sin embargo, la visibilidad que otorga la producción no garantiza por sí sola el progreso sostenido. El verdadero desafío radica en la productividad, es decir, en la eficiencia con que se utilizan los recursos para generar mayor valor. Ser productivo implica hacer más con menos: aprovechar mejor la tierra, el tiempo, la tecnología y el talento humano. Un país puede producir mucho, pero si lo hace con altos costos o baja eficiencia, difícilmente podrá competir con éxito.
En varias ocasiones, he escuchado al ministro de Agricultura referirse a la producción de distintos rubros agropecuarios, y ese mismo lenguaje ha sido adoptado por el presidente Luis Abinader, sin reparar en que la productividad debe ser el objetivo central de las políticas públicas en cada sector de la economía.
En el caso dominicano, sectores como el arroz, la habichuela y el maíz evidencian la necesidad de fortalecer la productividad. Aunque estos cultivos sostienen miles de familias rurales y garantizan parte de la seguridad alimentaria, sus rendimientos siguen siendo limitados frente a los estándares regionales. Factores como el bajo nivel de mecanización, la escasa innovación tecnológica y el uso ineficiente del agua reducen su potencial competitivo. En otras palabras, producimos, pero podríamos hacerlo mejor.
El arroz, principal cultivo del país, alcanza una producción anual de unos 14 millones de quintales; sin embargo, su rendimiento promedio es de apenas 6.5 quintales por tarea, muy por debajo de países como Chile y Uruguay, donde la media prácticamente se duplica. El maíz, de alta demanda mundial por su uso en la alimentación humana y animal, apenas rinde 4.5 quintales por tarea, mientras que México produce casi cuatro veces más. Algo similar ocurre con las habichuelas, cuyo desempeño también se mantiene por debajo del promedio regional.
La misma situación se observa en otros sectores. La industria, el turismo y las zonas francas han sido pilares del crecimiento económico, pero aún enfrentan amplias brechas de productividad. La dependencia de insumos importados, la baja inversión en investigación y la limitada formación técnica del capital humano son obstáculos que deben superarse para lograr una economía más competitiva y sostenible.
Para alcanzarlo, el país debe invertir más en educación, innovación y tecnología. Los avances en automatización, digitalización y capacitación laboral pueden marcar la diferencia entre una economía que solo crece y otra que realmente se desarrolla.
En definitiva, la producción ha hecho visible a la República Dominicana, pero solo la productividad podrá mantenerla en el mapa del desarrollo y la competitividad global. El reto no es producir más, sino producir mejor, con conocimiento, eficiencia y visión de futuro.
El autor es ingeniero civil, economista y docente universitario.
Por: Julio Sesar Mateo.
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